FIRMAS Francisco Pomares

A babor. Se acabó la juerga. Por Francisco Pomares

El bochornoso espectáculo del Comité Federal del PSOE el sábado pasado, y la inevitable retirada de Pedro Sánchez, tienen al menos el efecto positivo de haber creado las bases para una pacificación interna, más allá del daño causado a la imagen del PSOE por las broncas e intentos de pucherazo en el comité federal y por el espectáculo de los holligans del sanchismo a las puertas de la sede del PSOE en Ferraz. Una casa donde -el nueve de diciembre de 1925, en los inicios de la dictadura de Primo de Rivera- falleció el tipógrafo e impresor Pablo Iglesias Posse, fundador del PSOE. Un edificio restaurado donde el sábado estuvo también a punto de morir el PSOE.

Sánchez resistió durante doce horas, pero no logró frenar la rebelión montada contra su empecinamiento. Al final se impuso la mayoría del Comité Federal, una mayoría que aceptó incluso que votaran los miembros de la ejecutiva disuelta, a sabiendas de que ni esos 18 votos de más alterarían un cómputo favorable a un cambio de rumbo. Sánchez intentó hasta el último minuto vincular su suerte personal y la de los suyos a la oposición socialista a que el PSOE pueda permitir que España cuente con Gobierno sin necesidad de acudir a nuevas elecciones, con la abstención de alguno o de todos sus diputados. Sánchez sabía que la opción de un Gobierno de izquierdas era inviable. No solo por problemas con la matemática parlamentaria, sino porque las dos terceras partes del muy mermado grupo parlamentario socialista no habrían permitido un gobierno apoyado por los secesionistas catalanes o fuerzas como Bildu. Aún así, por seguir al frente del cotarro, Sánchez prefería enfrentar al país y a su propio partido a unas terceras elecciones, condenando al socialismo español a convertirse en testimonial dentro de la izquierda.

En política se hacen muchas cosas sin decir por qué o para que se hacen. Una parte importante de quienes decidieron conjurarse para frenar el dislate al que Sánchez y Luena llevaban al PSOE no ha asumido públicamente que el PSOE debe permitir que gobierne el PP, y que eso es lo que va a ocurrir, con unas fórmulas o con otras. Porque -después de unas segundas elecciones que casi repitieron los resultados de la primeras- los españoles necesitan que la política dé una solución al Gobierno. Movilizar al electorado cada vez que surge un problema es una mala receta. Los ciudadanos no sostienen la costosa superestructura política para que los políticos no se pongan de acuerdo, sino para lo contrario. El Gobierno que surja de estos penosos acontecimientos será un gobierno con las dificultades propias de no contar con una mayoría estable, y quizá tenga fecha de caducidad adelantada. Pero también puede ser un Gobierno con actores nuevos -la gente de Ciudadanos, algún independiente- que permita suavizar la pesada crispación que ha contaminado la política y las redes sociales (que no el país), mientras unos incompetentes con ínfulas se tiraban los trastos a la cabeza. Un gobierno de minoría, que se sostiene con apoyos parlamentarios externos y concedidos a regañadientes, puede ser una oportunidad para hacer las cosas mejor. Es verdad que a algunos les divierte -y los periodistas nos ganamos la vida contándolo- que los gobiernos se destrocen, que los políticos se enmierden unos a otros y que la ideología solo sirva para llenarlo todo de líneas rojas.

Pero la gente no vive mejor por ello.

Y en relación con lo que nos pasa aquí abajo… quizá resulte un exceso de sincretismo asegurar que «todo guarda relación», pero es lo que hay: poco antes de empezar la ejecutiva regional del PSOE -el pasado miércoles-, Susana Díaz habló con José Miguel Pérez. Esa ejecutiva decidió ganar tiempo y evitar una ruptura inmediata del Gobierno regional. Es probable que ahora sea todo un poco más fácil.

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