FIRMAS

El espejo. Por Irma Cervino

El último pelo entró en la maquinilla de afeitar donde se reencontró con el resto de la barba que ahora ya no era suya. Abrió los ojos y se miró al espejo. Hubiera deseado que no fuera su reflejo lo que estaba enfrente sino otra persona que se asomaba para ofrecerle ayuda. Sonrió por si a quien estaba mirando no era él pero vio que le devolvía la sonrisa al unísono. Uno y otro eran el mismo hombre triste y abrumado por los problemas.

Cogió el peine y se arrastró el pelo hacia el lado contrario al habitual. Anhelaba no parecerse tanto al de siempre y menos ahora, que había decidido emprender una nueva vida. Se quitó las gafas y se peinó las cejas presionándolas con el dedo índice, algo que le hacía su madre cuando era pequeño y que él tanto detestaba. “¡Mamá ya!”, le gritaba revolviéndose para zafarse de sus manos.

La casa olía a una mezcla de miseria y nostalgia. Echaba de menos a su madre, a sus hermanos, a sus amigos. Echaba de menos la vida. Todas las mañanas, desde aquel fatídico día, regurgitaba el maldito momento en que aquel viejo arisco se dirigió a él con desprecio y le dijo: “Fernández, aquí tiene su carta”. En ese instante, el nudo de la garganta se le enredó con el de la corbata pero fue capaz de aguantar hasta llegar a casa para juntar las letras que decían que estaba despedido.

Dejó el peine en la repisa del baño y, de camino a la habitación, se colocó las gafas. Se dio cuenta de que uno de los cristales estaba roto: “Como yo”, pensó. Recostado sobre la silla, encontró su viejo pantalón gris y la camisa a cuadros que hacía dos años le había regalado su hermana cuando hizo limpia después del divorcio. Siempre que se la ponía, pensaba que los efluvios de su cuñado se habían quedado impregnados en ella para siempre y que, en algún momento, empezarían a saltar contra su pecho hasta asfixiarle. “Esto por la mala vida que me dio tu hermana”, creía escuchar, a modo de susurro, a través del cuello de la camisa.

El sol estaba empezando a pintar la habitación. Solo le faltaba ponerse los pantalones y estaría listo para su nueva tarea. Todavía no sabía si debía estar contento o simplemente era cuestión de aceptar lo que le había tocado. Sentía que había perdido parte de su vida su vida el mismo día que le perdieron su trabajo. Después de más de treinta años, lo único bueno que le había quedado era que ahora no tenía que madrugar, ni vestirse con corbata, ni sonreír a sus clientes, ni a sus compañeros, ni a su jefe. Todo había sido muy rápido pero también doloroso, como aquella vez cuando le arrancaron la muela del juicio antes de que la anestesia hubiera entrado en su cuerpo. La diferencia era que la muela aun la conservaba en una diminuta caja de metal y, sin embargo, su empleo se había quedado tirado en algún lugar de aquella oficina.

Volvió a mirar el espejo para cerciorarse de que su aspecto era el adecuado. No quería defraudar en su primer día. Era consciente de que no iba a tener muchas más oportunidades para salir de aquel angustioso hoyo. Esta vez, su reflejo le hizo dudar de si quien estaba al otro lado era realmente otra persona. Estiró los labios intentando dibujar una sonrisa pero le salió mal y decidió intentarlo a la vuelta.

 

 

En la calle hacía fresquito y se lamentó de no haber cogido una chaqueta pero ya no podía regresar a casa. Era casi la hora y no quería llegar tarde en su primer día. Durante el trayecto, su cabeza no paraba de dar vueltas, como minutos antes habían hecho los pelos de su barba en el interior de la maquinilla de afeitar. Eran las ocho menos un minuto. Le obsesionaba la puntualidad y, sin darse cuenta, ya había llegado al lugar. Allí empezaba su nuevo trabajo. No tuvo que esperar mucho. Enseguida llegó su primera cliente.

 

 – Buenos días señora, saludó empujando las gafas contra la nariz.

 – Buenos días -le respondió la mujer que caminaba agobiada y suspirando a trozos como si fuera a llegar tarde.

 – Por favor, ¿me puede dar todo lo que tiene? -le pidió Fernández.

 

La mujer, que ya había pasado de largo, se detuvo en seco y giró la cabeza.

 – ¿Cómo dice? –preguntó desconcertada.

 – Que si por favor me da todo lo que lleva –repitió él.

 – Mire, le aconsejo que lo intente con otro -y se dio la vuelta para proseguir su camino.

 

Fernández le gritó: “No me lo haga más difícil, por favor” y le agarró bruscamente del brazo.

 

La mujer se detuvo en seco, hundió sus ojos en las ojeras y dio un suspiro más.

 – Si eso es lo que quiere… muy bien.

 

Agachó la cabeza y metió la mano que le quedaba libre en el bolsillo de donde sacó un par de céntimos. Luego abrió el bolso y volvió a mirar a Fernández

 – Tomé aquí tiene tres recibos del piso sin pagar, mi hipoteca, la factura de cinco semanas del supermercado y espere… sí aquí está… una deuda por estafa que me dejó mi ex marido. Todo suyo. No tengo nada más. Lléveselo, no lo quiero. Me hará un favor.

 

Fernández le soltó el brazo para poder agarrar todo lo que le había dejado la mujer que se marchó de allí sin decir ni suspirar nada más. Se sintió avergonzado y estuvo a punto de atragantarse de tanta pena y rabia que se le estaba acumulando en el pecho. Miró el reloj. Marcaba las ocho y siete minutos.

 Cuando entró de nuevo en casa, el sol le dio una cachetada en toda la cara. Pensó que se la merecía. Se desabrochó la camisa tirando de la pechera y se dirigió al baño para refrescarse; se sentía sucio por dentro y por fuera. Al mirarse al espejo percibió que la figura que se reflejaba al otro lado ya no era él. Estaba seguro de que esta vez era otra persona. Un hombre mustio y apenado, sin color. Aunque Fernández intentó sonreír, la imagen se quedó inmóvil con un gesto inalterable de decepción.

Desde aquel día, cada mañana cuando se levantaba, se dejaba abofetear por el sol y, luego, se iba en busca del espejo del baño donde le esperaba aquel hombre sobrio, seco y desencantado que ya no era él.

Así ocurrió durante días, meses y años. Fernández nunca más volvió a encontrarse. Se perdió aquel maldito día que había decidido cambiar. Se perdió para siempre como antes había perdido su vida y su trabajo. Nunca más supo quién de los dos hombres del espejo era realmente él.

 

 

2 Comentarios

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  • Muchas gracias. Sí es un poco triste pero a veces la realidad, también lo es. Lo bueno es que que las cosas también pueden cambiar a mejor