FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | Ironías | Francisco Pomares

Victoria Rosell

A Vicky Rosell no la hicieron ministra porque no había cama para todos los de Podemos, pero le tocó el premio de consolación de una delegación del Gobierno para la Violencia de Género, creada ex profeso para ella. La señora delegada se estrenó con unas declaraciones a la SER, en las que planteaba la posibilidad de cascarle al Gobierno de Murcia el 155 por imponer el pin parental y negarse a retirarlo.

Las declaraciones de la Rosell provocaron una monumental bronca en las redes -¡ay, las redes!-, entre otras cosas por entrar en flagrante contradicción con las de la ministra de Educación, que el viernes envió un ucase al Gobierno murciano exigiendo la inmediata retirada del «veto parental», para «restaurar la legalidad» y evitar así que desde el Gobierno de España se recurra la medida ante los tribunales. Tras conocerse las declaraciones de Celaá, Rosell matizó inmediatamente sus propias palabras, asegurando en Twitter que ella no había dicho lo que dijo, que se trataba de una ironía.

No dudo que Rosell tuviera intención de ironizar con el 155, lo que pasa es que hay que tener cuidado con cómo se ironiza. Es verdad que empezó con un «¿se imaginan??» bastante irónico, pero concluyó asegurando literalmente que la aplicación del 155 «sería el camino similar al de Cataluña con la actuación unilateral para quebrantar el ordenamiento jurídico por parte de quien nos ha machacado y han ganado las elecciones en determinados sitios probablemente con su discurso antidiversidad y anticatalanista (sic)». Esa afirmación pésimamente construida no parece muy irónica, aunque en materia de ironías hay que ser tolerante. Lo que a la Rosell le parece una ironía puede no serlo para mí, y -viceversa- lo que a mí se me antoja irónico a ella puede resultarle faltón o machista.

Yo creo que la delegada se lanzó en sus declaraciones -ironizara o no-, y que después de hacerlas recordó de ahora manda. Ya le ha pasado otras veces, que se precipita: le ocurrió cuando Dulce Xerach Pérez, en la ola del Me too, acusó a un político tinerfeño al que no identificó de haber intentado abusar de ella, y la Rosell le puso inmediatamente nombre y apellidos: «Ricardo Melchior». Entonces ejercía la Rosell de magistrada, y aún así tardó un buen rato en darse cuenta de lo que había hecho y borrar su tuit, que sigue circulando a sus anchas por internet.

Soy absolutamente contrario al linchamiento, aunque sea virtual: por muy dilatada experiencia sé que uno puede equivocarse y hablar o escribir sin pensar, o tirar de ironías que otros pueden considerar ofensivas. No creo que el asunto tenga importancia, ni merezca una respuesta tan exagerada como la de la Delegada: «No es verdad, aunque os gustaría [a los que la critican] para seguir despreciando a las mujeres y al feminismo?».

Sinceramente, no creo que haya que pedir la cabeza de alguien por opinar que hay que aplicarles el 155 a los panochos, lo diga irónicamente o no, o porque defienda el pin parental, la marcha atrás o el desayuno continental. Lo que creo es que hay que respetar las opiniones de los demás, y perder el miedo a expresar lo que se piensa. Evitar ser masacrado por las redes por descolgarse de lo que es socialmente aceptado, nos está convirtiendo en unos cobardicas de cuidado. Aplicar el 155 a Murcia por el pin parental me parece un exceso, para eso están los tribunales. Pero no sé porqué habría que lapidar a alguien porque piense lo contrario. Y lo que vale para el 155 y Murcia vale -yo creo que con mucha más razón- para el 155 y los alzados de Cataluña.

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