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El PERDIGUERO. El ocaso de Chávez… tal vez. Por Fernando Fernández

Si algo caracteriza a la poliédrica personalidad del ciudadano Hugo Chávez Frías es su capacidad de supervivencia, su habilidad para superar los muchos reveses que ha sufrido a lo largo de su dilatada carrera. Ahora se enfrenta a una grave enfermedad, cuya exacta naturaleza pertenece al género de los secretos de estado propios de los regímenes autocráticos, en los que no brilla la transparencia informativa. Ante un previsible próximo final, conviene recordar algunos hechos de su larga trayectoria.

Sin ser exhaustivo, en 1992 protagonizó un fracasado golpe de estado y dio con sus huesos en la cárcel, de la que salió amnistiado por el presidente Rafael Caldera. Jaleado por la opinión pública y con la ayuda de algunos medios de comunicación,  ganó las elecciones en 1998 e hizo aprobar una nueva constitución que llamó bolivariana. A finales de 1999 Venezuela sufrió unas graves inundaciones en Vargas y otras localidades del litoral, con miles  de muertos y desaparecidos.  Allí encontré por primera vez a un Chávez abatido y superado por la magnitud de la tragedia. Desde entonces la hostilidad de los medios de comunicación aumentó, se enfrentó con la prensa, con los empresarios, con la iglesia y con las clases medias que le habían votado. Comenzó un periodo de agitación social que culminó con un paro petrolero de dos meses, protagonizado por los técnicos y operarios de PDVESA, seguramente alentados desde otras instancias. Sorprendentemente, según un ex dirigente de la petrolera, en poco tiempo logró recuperar la extracción del crudo y alcanzar una producción no tan alta como decía el gobierno, pero en todo caso estimable.

Hugo Chávez con Fernando Fernández / Foto: Ffernando Fernández

En 2002 un golpe de estado colocó en el Palacio de Miraflores al presidente de la patronal FEDECÁMARAS, Pedro Carmona. Chávez fue conducido  a un establecimiento militar en la isla de Orchila.  He podido hacerme una idea de los acontecimientos en aquellas horas decisivas después de escuchar la versión del propio Chávez, de algunos miembros de la jerarquía católica venezolana y algunas fuentes políticas y  diplomáticas. En aquellas horas, Chávez temió ser fusilado y solicitó la presencia del difunto Cardenal Velasco, con quien estuvo charlando y, al parecer, solicitó su perdón en confesión. Fidel Castro realizó personalmente algunas gestiones ante el gobierno de España y pidió que lo exiliaran a Cuba. Entre los militares presentes en Orchila, se produjo una discusión entre dos generales, partidario uno de proceder a un juicio sumarísimo por alta traición y el otro de darle salida hacia el exilio. Chávez había firmado un documento de renuncia a raíz de la muerte de unos manifestantes que se dirigían hacia Miraflores, pero al trascender que no lo había hecho por decisión propia, el General Baduel, al mando de una fuerza militar con base en Maracay, lo repuso en la presidencia de la republica 48 horas más tarde. Pedro Carmona huyó a Colombia, donde solicitó y obtuvo asilo político.

Por entonces me encontré con Chávez en dos ocasiones.  En una de ellas me invitó a comer en su comedor privado de  Miraflores, austero, sin lujos y un menú  sencillo y frugal. Un rancho cuartelero, una carne con papas y alguna fruta. Bebimos agua y no se sirvió vino. Charlamos, es un decir, porque fue él quien habló durante horas. Estaba obsesionado con la idea de que los Estados Unidos buscaban matarlo.

Mientras, la oposición fragmentada pero muy ruidosa, presionaba para la celebración de un referéndum revocatorio, celebrado tras muchas dilaciones y sin finalmente lograr desplazar a Chávez del poder. Cuando volví a verlo en junio de 2005 era otra persona. Me recibió en su despacho de Miraflores  y delante de un gran mapa de Venezuela y de América Latina por primera vez le oí hablar no de sus problemas sino de sus proyectos. Explicó la construcción de una gran vía de comunicación que cruzaría el país de oeste a este a través del altiplano, con lo que, dijo, se detendría la emigración hacía las regiones costeras, evitando  la progresiva despoblación del interior.  Habló del creciente precio del petróleo, de la construcción de un gasoducto que uniría Venezuela con Argentina a través de Brasil. Su cabeza estaba llena de proyectos y su imaginación me pareció desbordante. Habló del ALBA, su alternativa bolivariana para América, de Telesur, del Bancosur. Citó las relaciones con Colombia, mencionó a las FARC, la narcoguerrilla colombiana, con la que negó cualquier relación. Acosadas por la política del presidente Álvaro Uribe, se decía que las FARC contaban con un santuario en territorio venezolano, lo que Chávez negó. Me pareció, y Uribe me lo confirmó posteriormente, que la relación entre ellos era relativamente fluida. Ambos me hablaron de algunos proyectos comunes para dar una salida al mar a algunas producciones del occidente venezolano a través de territorio colombiano.

Foto: Fernando Fernández

En diciembre de 2005 asistí invitado al nacimiento de UNASUR, la Unión Suramericana de Naciones, en Cuzco, Perú, con la asistencia de los jefes de estado del subcontinente. De ese acontecimiento mencionaré dos hechos. Chávez llegó deliberadamente tarde al Templo Korikancha donde se celebraba la solemne sesión inaugural y fue el principal foco de atención mediática. Recuerdo la cara del presidente chileno Ricardo Lagos, entre irónico y sorprendido, observando al personaje rodeado de micrófonos y cámaras de televisión. En aquella ocasión, según me relató un dirigente colombiano presente, durante la comida se produjo una discusión entre Chávez y Lula a propósito de la firma del protocolo para la construcción de una vía transoceánica entre el Atlántico y el Pacífico a través de la Amazonia brasileña y peruana. Chávez defendió que la integración suramericana debería lograrse con una revolución de las ideas y no con infraestructuras como aquella, que causaría un grave daño ambiental.

No fue  el único choque de Chávez con Lula. En el presidencial Palacio de Planalto de Brasilia,  escuché al propio Lula decir «he recomendado a Chávez que sea prudente» o «dedico más tiempo a Chávez que a mis hijos». Menos amables fueron las palabras que escuché a algunos colaboradores de Lula, en Planalto y en el Palacio de Itamaratý, sede del Ministerio de Asuntos Exteriores; vehemente, iluminado, demagogo, son algunos de los calificativos que le dedicaron. No fueron los únicos problemas de Chávez con sus pares latinoamericanos. Antes de sus más sonados encontronazos con Uribe, había tenido problemas con Chile a propósito  de su apoyo a la salida al mar que Bolivia busca a través de una franja en el norte chileno, incidente que zanjó con un machista «flores y un beso para Michelle», en referencia a la presidenta Michelle Bachelet. Con Perú y con su presidente Alan García chocó reiteradamente por su intromisión en la política peruana apoyando a Ollanta Humala, igual que con México a propósito de su apoyo al ex candidato presidencial López Obrador. Con Rafael Correa mantenía una curiosa relación; coincidiendo en el fondo de sus respectivos proyectos nacionales, Correa es un economista de sólida formación y aunque Ecuador es un país casi tan pobre como Bolivia, Correa representa una contrafigura de Evo Morales. A mi pregunta sobre las reiteradas visitas de Chávez al Ecuador me respondió «yo sólo lo he invitado una vez».

El ALBA, la unión del Sur, el gasoducto del que la brasileña PETROBRAS se desligó inicialmente, Telesur, el Bancosur y su proyecto de una fuerza militar del ALBA, todo financiado con petrodólares bolivarianos. Grandes proyectos con magros resultados. No era mejor la situación interna venezolana, donde la población aún hoy padece el desabastecimiento de alimentos esenciales y una criminalidad creciente. En las encuestas Chávez tiene las peores expectativas en sus largos años de mandato y en esa situación debe enfrentarse a unas próximas elecciones. Desde el famoso «¿Por qué no te callas?», hasta el rechazo en diciembre de 2007 de su proyecto de constitución que le permitiría su reelección indefinida, Chávez ha cambiado una historia de éxitos electorales  por una senda de contratiempos y fracasos. Acaso, tal vez… estemos ante el comienzo del fin. En mi próximo comentario adelantaré algunas ideas sobre cómo veo el futuro venezolano en el escenario del post-chavismo.

Fernando Fernández

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