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EL UNGÜENTO. Los impuestos crean civilización. Por Guillermo Núñez

Una de las manifestaciones más genuinas de que vivimos en un país civilizado es nuestro natural estado de malhumor cuando llega la época de la declaración del IRPF y hemos de hacer frente al pago de este impuesto directo. El estado de malhumor, sin embargo, es de auténtico pánico fundado cuando lo que puede llegar es un aviso de ETA exigiéndonos el “impuesto revolucionario”, o lo que recibimos es la visita de algún matón de un grupo mafioso que nos exige el pago del correspondiente canon para contribuir al sustento del mismo. Es la diferencia entre la civilización y la barbarie medida en términos tributarios.

Es sabido que a muy pocos les agrada tener que hacer frente al pago de impuestos a favor del Estado u otros entes públicos, pero lo cierto es que gracias a cumplir con ese deber básico, gozamos –y padecemos- lo bueno y -lo malo-  de un sistema de convivencia que en su formulación básica está basado en la libertad y en el objetivo de alcanzar el máximo grado de equidad en la distribución de la riqueza en el seno de la sociedad civilizada.

El Sr. Rosell es el Presidente a nivel nacional (de España, claro, a pesar de que es catalán) de la CEOE. Le he seguido últimamente en sus actuaciones y, sobre todo, en sus declaraciones a los medios de comunicación, y la verdad es que me parece una persona inteligente y con auténtica mentalidad empresarial. Dice el Sr. Rosell  que en este duro período de crisis que estamos viviendo, España necesita que entre todos hagamos un duro esfuerzo por “arrimar el hombro” y así tratar de superar las dificultades, y en esa línea, afirma que ya está bien de que en nuestro país las leyes vayan por un lado y la realidad por otro, que no condenemos –y que nos lo creamos de verdad cuando lo hagamos- el fraude de todo tipo que existe,  tributario y no tributario y, sobre todo, que cambiemos nuestra mentalidad colectiva con relación a los impuestos y concibamos a estos como expresión genuina de civilización.

En los últimos años, y por influencia de una ideología contraria al pago de impuestos por considerar a los mismos como un obstáculo al crecimiento económico, se ha llegado a afirmar la estupidez de que “bajar los impuestos es de izquierdas”. En realidad, si lo pensamos bien, bajar o subir impuestos no son signos distintivos de la derecha o la izquierda política, aunque así pueda parecerlo en la dialéctica del siempre poco fundamentado debate político partidista,  máxime si además están próximas unas elecciones generales. Los impuestos pueden ser o no excesivos, y puede que sea necesario modularlos en función de diversos criterios, y entre estos últimos está el de delimitar qué prestaciones y con qué calidad queremos los ciudadanos recibir determinados servicios que realizan los entes públicos.

En el camino hacia mayores cotas de civilización, la cuestión no sólo  puede quedar reducida al debate relativo a subir o bajar impuestos, sino más bien, a cuál es el uso que nuestros representantes políticos hacen del los ingresos que se obtienen de la ciudadanía vía impuestos. Es en este ámbito donde aún nos queda camino por recorrer en España, y parece, agraciadamente, que uno de los efectos positivos de la presente crisis es ese, nuestra exigencia de acabar con la “alegría del gasto” en finalidades espurias e injustificadas desde el punto de vista de las auténticas necesidades sociales.

Guillermo Núñez

www.guillermonuñez.com

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