FIRMAS Juan Velarde

Malala y el Nobel de la Paz: caminos divergentes. Por Juan Velarde

Lo del Premio Nobel de la Paz es para hacérselo mirar. Desde que hace no muchos años se lo dieran a un señor que en modo alguno evitó las guerras o cerró la base de Guantánamo, es decir el señor Obama, el desprestigio de este galardón ha ido en franca decadencia hasta el punto que para el Nobel de 2013 se ha optado por dárselo a los inspectores de la ONU que están haciendo el paripé en Siria con el tema de localizar y destruir las armas químicas. Pese a que en todas las quinielas se postulaba la pequeña Malala como referente universal para la paz mundial, una menor que en su valentía de pedir educación para todas las niñas de Pakistán estuvo a punto de perder la vida ante el salvajismo de una sociedad talibanizada, la academia sueco-noruega hizo honor a su primera nacionalidad para concederle el galardón a unos mascachapas al servicio del Tío Sam.

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No obstante, y pese a quien le pese, para todos nosotros Malala es ya un símbolo de paz y tiene el reconocimiento más importante, el de la gente de a pie, el de personas que están alejadas de la contaminación del comité encargado de decidir quién se hace acreedor al Nobel. A todos nos llamó la atención el coraje y la madurez de esta niña de tan solo 11 años, capaz de plantarse delante de toda la asamblea de la ONU y reclamar lo que es justo y lo que es de ley, una educación para todas las niñas en un país como el suyo, Pakistán, en el que el valor que tiene la vida de las mujeres es, desgraciadamente, inferior que el que aquí le podemos dar a una moneda de 1 céntimo de euro.

Insisto en que el Premio Nobel de la Paz lleva años errando el tiro de manera espectacular, como si, de repente, el buen criterio de los infalibles nórdicos se hubiese ido a hacer gárgaras o como si anduvieran aún encandilados, tiempo después, tras la elección de Obama como exponente de la paz mundial. El único miedo que tenemos respecto a Malala son sus intenciones de regresar a Pakistán y hacer una vida centrada en conseguir meterse de lleno en la política y aspirar a ocupar algún día el puesto de primera ministra de su país. ¿Cuántos amantes de la libertad de su pueblo no se han visto pasados a cuchillo o bombardeados por adeptos a las dictaduras? Ojalá que en el caso de Malala no se cumplan los malos presagios.

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