FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | El futuro de Europa | Francisco Pomares 

Foto: El anillo de Moebius.
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El sistema de segunda vuelta, el acuerdo entre izquierdas y macronistas para renunciar a presentarse en las circunscripciones donde tenían menos posibilidades, y facilitar la concentración del voto en el candidato antilepenista, más una participación inédita en Francia desde hacía cuatro décadas, lograron darle ayer la vuelta a los resultados. De ser RN la primera fuerza política nacional en las últimas elecciones, hace una semana, ha pasado a ser la tercera en número de diputados en la Asamblea, y en número de votos. ¿El milagro francés? Más bien otra vuelta de tuerca a la política de la V República, donde frenar a la ultraderecha siempre ha sido más importante que otras consideraciones.

Aún así, la situación francesa no es fácil. Lo que en los últimos días adelantaban los sondeos y ayer se confirmó en las urnas no supone sólo un frenazo a las aspiraciones de Marine Le Pen y Jordan Bardella, también implica un probable bloqueo en la Asamblea, que hará imposible el funcionamiento del Gobierno, porque lo que hay en Francia hoy es una polarización con tres polos. Hasta la victoria de RN hace una semana, para las izquierdas el enemigo era Macron. Y para los macronistas era Mélenchon. Lo que ha ocurrido no apunta a un Gobierno de gran coalición entre la izquierda y el centroderecha, que sería considerado una traición por los votantes de izquierda y los macronianos (Mélenchon ya ha reclamado un gobierno en solitario del Nuevo Frente Popular), sino al bloqueo de la Asamblea. Al contrario que en España, en Francia tiene que pasar un año antes de que haya nuevas elecciones, por lo que es posible que Macron opte por alguna fórmula atrevida, como ofrecer el gobierno a un independiente de la izquierda moderada, o intentar un gobierno técnico, al estilo italiano. Sería la primera vez en la historia francesa, y no hay garantías de que eso frene el malestar de una sociedad que gasta el sesenta por ciento de su presupuesto en políticas sociales, y precisa adelantar recortes para no acabar colapsando.

Probablemente los resultados de Francia sean considerados como un enorme éxito del discurso radical de Mélenchon por nuestra izquierda local. No lo es. La izquierda unida ha ganado las elecciones, pero ha sido el PS -y no Francia Insumisa- quien ha rentabilizado el crecimiento de las izquierdas, duplicando sus resultados.

La tentación es realizar un análisis parecido al que ya se hizo con ocasión del triunfo del laborismo británico sobre los toris. En realidad, llevamos años viviendo una descomposición clara del sistema de partidos en toda Europa: el Frente Popular francés no ha logrado superar un tercio de los votos, como tampoco lo logró –a pesar de su aplastante victoria- el laborismo británico. Los sistemas electorales europeos se construyeron en épocas de claro bipartidismo para garantizar la representación de las minorías, y con el desgaste creciente de los partidos tradicionales, Europa se ha instalado en una larga etapa de desgobiernos, polarización creciente, crisis de la capacidad de negociar con los adversarios, acoso partidario a los sistemas institucionales, creciente populismo y confusión política. Con apenas el tercio de los votos emitidos, lo que representa poco más de un veinte por ciento del censo, aplicar políticas extremas, que no se basan en el consenso y no son aceptadas por el resto de la sociedad, provocan malestar y rechazo a las mayorías gobernantes. Lo hemos visto en toda Europa, donde los gobiernos parecen vivir una crisis permanente, ocupando casi toda su energía y tiempo en garantizarse la supervivencia, forzando las leyes o montando alianzas injustificables y difícilmente sostenibles. Lo hemos visto también en España en estos últimos años, en los que gobiernos construidos con muy distintos mimbres ideológicos, llevan a cabo políticas muy radicalizadas, que son ampliamente contestadas, y debilitan la autoridad gubernamental, y –peor aún- la credibilidad social y la integridad de nuestra democracia.

Las políticas que permiten avanzar, las que realmente funcionan, las que contribuyen a crear una ciudadanía atenta, crítica y exigente con el funcionamiento de nuestros sistemas de gobierno, son las políticas que persiguen el acuerdo y no la confrontación, las que se construyen sobre el compromiso y no sobre la imposición ideológica. Europa sigue siendo el principal criadero de esas políticas moderadas, preocupadas por lo real y cotidiano, lo que atañe a sus ciudadanos. Una política ajena a los grades experimentos y la voluntad de ingeniería social.

Pero también en Europa se está cediendo a la tentación del conflicto y la imposición. No es muy científica la idea de que la historia se repite, pero lo que estamos viviendo se parece cada vez más a una repetición de lo que se vivió en la Europa de entreguerras, hace ahora poco menos de un siglo… Aquellos errores y desastres deberían servirnos para prevenir los errores y desastres del futuro.

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