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OPINIÓN | El canario en la mina | La movilidad en Tenerife | Nilo García

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La presidenta del Cabildo de Tenerife, Rosa Dávila, ha declarado que «el primer desafío es mejorar la movilidad dentro de la isla, un problema histórico en el que no hay medias tintas, o se le pone todo el empeño tomando decisiones valientes, como hemos hecho y seguimos haciendo, o se entierra la cabeza a ver si se soluciona solo».

La verdad es que no tengo ni idea de cuáles son esas decisiones valientes que ha tomado y sigue tomando la presidenta. Ni siquiera sé a qué se refiere exactamente con decisiones valientes. Para mí, serían decisiones impopulares que pueden cabrear a sus votantes. Pero eso sería una cosa tan extraordinaria en política, que, si ocurriera, habría un estremecimiento en la fuerza. Por si acaso, yo le sugiero una: llevar el tranvía hasta el aeropuerto del norte. El marcador actual es Cabildo 0, taxistas de La Laguna 1.

Sin duda la movilidad en esta isla es un reto complicado. Por una sencilla razón: la gente no para de moverse. No lo digo para hacerme el gracioso. La clave de una política de movilidad es reducir la necesidad de movimiento.

Vayamos unos años atrás, cuando no todo el mundo se podía permitir un automóvil. ¿Cómo se las arreglaban nuestros abuelos? Viviendo cerca de donde trabajaban. Y cerca de donde vivían también tenían los servicios básicos. Pero se popularizó el automóvil y a la gente le empezaron a salir las cuentas para irse a vivir más lejos: chalet adosado (los más afortunados) y coche hasta para comprar el pan.

Después de unas cuantas décadas con esta tendencia, el resultado es un modelo de dispersión de la población que ya es estructural. Un modelo que, por cierto, genera muchos otros problemas además del de la movilidad. Primera conclusión: estamos ante un problema de modelo social y urbanístico. Creo que es bueno saberlo.

También hay que saber que el gran culpable de este (nefasto) modelo es el automóvil. Ningún otro invento ha influido tanto en la configuración de nuestros pueblos y ciudades como el automóvil, incluso relegando a las personas a un segundo plano. Si tiene alguna duda, puede darse una vuelta por el camino de Las Mercedes. Aberrante no, lo siguiente. Y solo es un ejemplo entre miles en esta isla.

Entiéndame bien con esto. El coche es como el teléfono móvil: es una herramienta muy útil, pero hay que usarla con cabeza para no caer en la adicción. Y eso, ¡ay!, es justo lo que nos ha ocurrido. Nos hemos convertido en una sociedad automovilcéntrica. Hemos caído en la trampa de creer que el coche es un símbolo de estatus social, en lugar de un simple medio de transporte, y lo hemos convertido en el nuevo becerro de oro. Seguro que se ha fijado en que los anuncios de coches se basan en apelar a las emociones (a mí ya me dan risa).

Segunda conclusión: el mayor enemigo de la movilidad es, paradójicamente, nuestra principal herramienta de movilidad, es decir, el automóvil. A los que antes les salían las cuentas han dejado de salirles (por el precio del combustible y los atascos) y ahora se quejan y exigen más carreteras. Pero si pretendemos solucionar los atascos con más carriles, estamos favoreciendo al enemigo. ¿Se da cuenta del círculo vicioso? Es igual de absurdo que pensar que el taxi y el tranvía están en competencia, cuando en realidad juegan en el mismo equipo.

Otra solución de eficacia limitada, aunque no queda más remedio que intentarla, es la «logística»: ajustar horarios y aplicar tecnología para mejorar el flujo de vehículos y optimizar el uso de la infraestructura. Aquí pasa como con los aeropuertos: gracias a la tecnología se pueden gestionar más operaciones y mover más viajeros (aunque los aviones vuelan a la misma velocidad que hace cuarenta años), pero cualquier fallo desata el caos.

Bueno, ¿y entonces qué soluciones hay? La verdadera, cambiar el modelo social y urbanístico, queda descartada. Es a demasiado largo plazo, las fuerzas a vencer (principalmente relacionadas con el turismo) son demasiado poderosas, y nuestros políticos (con todo el cariño) no sabrían cómo hacerlo y, si lo supieran, no se atreverían. La otra posibilidad, que no deja de ser un parche, es desincentivar el uso del vehículo privado. También tiene sus dificultades. La principal es precisamente el modelo social y urbanístico, que no favorece las alternativas viables. Además, hay muchos intereses en juego y los incentivos (y los desincentivos) los carga el demonio.

Así que estamos metidos en un buen lío. Pero bueno, ya ha dicho la señora Dávila que aquí no hay medias tintas. Estaremos atentos a sus valientes decisiones. Solo espero que no se le ocurra intentar concienciar, personalmente y con una silla, a los conductores que utilizan el coche hasta para ir a la vuelta de la esquina.

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