FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | El cielo sobre nuestras cabezas | Francisco Pomares 

Un Falcon 9 de SpaceX, la empresa de Elion Musk, transporta una carga de satélites Starlink para situarlos en una órbita baja.
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El viernes pasado, un bólido (otro) sobrevoló inesperadamente el espacio aéreo español pasando por Gerona y Barcelona, el oeste de las Baleares y acabó hundiéndose en el mar al sur de Valencia. Ocurrió justo en el último minuto del día, siendo masivamente grabado y fotografiado por espectadores y algún astrónomo aficionado, y registrado por media docena larga de las estaciones de la red de videoseguimiento del CSIC.

La primera reacción fue suponer que se trataba de un misil balístico. El Instituto de Ciencias Espaciales planteó esa hipótesis, y en internet se atrevieron a aventurar que se trataba de un misil balístico francés, porque su trayectoria discurría desde Francia hasta el Mediterráneo. Uno de los profesores del CSIC pidió incluso explicaciones a las autoridades francesas por realizar pruebas balísticas sin avisar previamente. Pero el sábado, el CSIC se la envainó, dio como más probable que se tratara de una reentrada en la atmósfera de algún objeto, y ayer la Luftwaffe informó con precisión germánica que el bólido era un satélite Starlink, de los 5.600 que Elon Musk mantiene en órbita geoestacionaria a 550 kilómetros de altura.

El proyecto de Musk comenzó planteando colocar 12.000 satélites en órbita, al parecer para poder garantizar la conectividad con banda ancha en todos los territorios del planeta. Ya ha solicitado lanzar 30.000 más. Es poco creíble pensar que el propietario del rebautizado twitter pretenda colocar a 550 kilómetros de altura 42.000 satélites operativos para que en el Polo Norte, Mongolia o en una aldea de Cuenca, puedan recibir Netflix en HD. Nadie había logrado encontrar la rentabilidad del proyecto visionario de este hombre, pero su utilidad práctica quedo más que demostrada en abril de 2022, cuando Musk donó a Ucrania las dos terceras partes de sus terminales de recepción de información vía Starlink, 3.670 de un total de 5.000, que el ejército de Estados Unidos llevó hasta Ucrania. Su empresa apostó generosamente por no cobrar a los ucranianos la cuota por el servicio de banda ancha prestado, que no sólo sirvió para evitar que Rusia destruyera las comunicaciones militares de Ucrania, sino para mejorarlas extraordinariamente. La operación de Musk dejó a todo el mundo perplejo: ¿Se trataba de una contribución al esfuerzo de guerra ucraniano o de una brillante operación propagandística para convencer al Pentágono?

Lo cierto es que desde entonces, las críticas -muy numerosas- a su proyecto SpaceX, que ha de convertir a Musk y sus empresas en dueños de Marte, bajaron el tono: a día de hoy, la red Starlink de Musk es ya propietaria de más de la mitad de los satélites que orbitan la tierra, y ha disparado una carrera sin precedentes, en la que compiten multinacionales y países. China, por ejemplo, mantiene un proyecto muy avanzado -la red Guowang-, que prevé poner en la estratosfera 13.000 satélites de comunicación. Pero quienes se llevan la palma son las grandes multinacionales: Boeing y OneWeb, con proyectos más modestos, pero también Astra Space –que desplegará 13.600 satélites- o el proyecto Kuiper del dueño de Amazon, Jeff Bezos, también con miles de minisatélites a punto de ser lanzados. Todos ellos compitiendo para situar cantidades ingentes de satélites en orbitas bajas, una autentica constelación de maquinaria flotante en el espacio, con riesgo cierto de colisiones inesperadas –ya estuvo a punto de producirse una entre la estación espacial china y un satélite de Musk-, sometida además al efecto Kessler.

¿Y qué es el efecto Kesller? Los aficionados a las peripecias espaciales que hoy saturan la oferta de series sobre astronautas de las plataformas, habrán visto en películas como ‘Gravity’, de Alfonso Cuarón, el destrozo que una pequeña pieza metálica de basura espacial, moviéndose a velocidad supersónica –una tuerca, un tornillo-, puede causar a una estación espacial. Un astrofísico de la NASA, Donald J. Kessler, demostró en 1978, que la densidad de desechos en la órbita terrestre baja, era ya tan grande que las colisiones podrían llegar a provocar a la larga un efecto parecido al de una reacción en cadena. La comunidad científica se tomó muy en serio el asunto y bautizó esa hipótesis como efecto Kessler.

En 2009, trece años después de retirarse de la NASA y especializarse en el tratamiento de la basura espacial, Kessler demostró que las colisiones generan ya desechos y escombros más rápidamente de lo que la resistencia a su reentrada en la atmósfera los elimina.

Lo que se vio la noche de este viernes –un satélite Starlink ardiendo en contacto con la atmósfera y cayendo al mar- es la mejor noticia posible. Pero probablemente en los próximos años no sea necesariamente la noticia más frecuente: si llenamos la órbita terrestre de decenas de miles de satélites, es probable que durante generaciones no podamos saltar al espacio.

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