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PSICOLOGÍA | El psicólogo José González señala que “vivimos en una sociedad tanatofóbica en la que evitamos transitar nuestros propios duelos”

EBFNoticias | 

“Vivimos en una sociedad tanatofóbica, en la que se impide una conexión con las emociones desagradables y en la que evitamos transitar nuestros propios duelos, porque nos crían, educan y forman de espaldas a la muerte”, valora el psicólogo y psicoterapeuta José González Fernández.

“Es una postura evasiva, en la que aparentemente se habla de la muerte, como cuando celebramos Halloween, pero solo como una diversión, no para conectar con mis sensaciones”.

Los propios profesionales del ámbito de la salud, como los psicólogos, no están exentos de la misma dificultad, advierte. Es lo que justifica el curso de especialista en acompañamiento en el duelo que actualmente imparte para más de un centenar de colegiados y colegiadas del Colegio Oficial de Psicología de Santa Cruz de Tenerife. La alta cifra de asistentes al curso explica el interés por esta materia. Un curso en el que los profesionales aprenden herramientas para desarrollar intervenciones con personas que están atravesando un proceso de duelo, los distintos tipos de duelo, las fases y su duración.

Sobre esto último aclara que “cada uno elabora el duelo como puede, no como quiere, lo importante es que cada uno entienda la fase en la que está, porque ayuda a ponerle nombre y entender el proceso, porque hay que transitar esas fases y tareas”.

Los duelos desautorizados

En el curso da a conocer las características de cada duelo: duelo infantil y cómo tratar la muerte con los niños; el duelo por ruptura de la pareja, por suicidio, incluso el duelo tras el Covid.

Luego el duelo no es único, sino que presenta características especiales dependiendo de las circunstancias, con lo que el acompañamiento no puede ser igual en una ruptura de pareja que tras la muerte de un hijo.

Lo novedoso, destaca, es hablar de los duelos menos visibles o los desautorizados, aquellos que la sociedad no permite visibilizar o elaborar. Ocurre con el duelo perinatal, en la muerte por suicidio, por la pérdida de una mascota o en el caso de que la persona sea muy mayor.

“Todo lo que tiene que ver con el volcán en La Palma es un duelo desautorizado”, agrega. “Una vez atendido lo institucional y lo pragmático, no se atiende lo emocional (algo así como de qué te quejas si ya tienes techo y comida). Cuando lo que hay que hacer es legitimarlo, darle visibilidad”. Utiliza el paralelismo con lo que ocurre “cuando tenemos a un paciente en paliativos: se atiende a la familia, pero una vez la persona fallece, desaparece ese apoyo”.

Son numerosas y variadas las situaciones en que este experto expone la falta de naturalidad a la hora de hablar o afrontar la muerte. “Es muy llamativo que en las plantas de oncología no se permita la entrada de menores, cuando es patente el beneficio –además de para el propio paciente- para una mejor aceptación del proceso, si ha tenido la oportunidad de acompañarlo, ver también su deterioro (no de repente) y de despedirse”.

“Suelo decir a los médicos que inviten a despedirse de la persona, porque deja más paz en el sistema familiar”. De hecho, prosigue, “en los cursos y en las sesiones de acompañamiento en el duelo suelen salir conversaciones no tenidas que se podrían haber mantenido en vida del fallecido”.

Explica también algo muy normal, y es que el duelo propio nos conecta con el duelo de otros: “existe la pérdida principal, los duelos secundarios y los duelos concurrentes, que me hacen caer en que el primer duelo no estaba elaborado”.

Duelos complicados

En un duelo complicado, añade, “te irrita todo. No entiendes que el mundo continúe sin la persona fallecida. Sabes que es un duelo patológico cuando empiezas a odiar a todos, que la gente siga feliz”. Aquí, explica, “les digo que hay que ajustar las expectativas del tratamiento psicológico del duelo. Porque tras la muerte de tu ser querido, tu mundo va a cambiar, seguro”.

Curiosamente, en una sociedad que reniega del sufrimiento y de la muerte, las redes sociales son altavoz del dolor de muchas personas, que tuitean casi en el momento mismo de fallecer un familiar o un amigo. “Recibir el mensaje de afecto te calma, pero a las semanas ya no hay ese apoyo. Es como una anestesia o como en las adicciones, que calman nuestra angustia”.

Pero en el duelo se necesita un apoyo constante, aunque lo pueda rechazar en ese momento. Y es que compara al doliente con la postura del adolescente que no nos contesta o nos puede incluso contestar mal, pero “al que hay que seguir llamando a su puerta y hacerle saber que, si nos necesita, nos tendrá”.

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