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ECONOMÍA FAMILAR | Cómo los hogares españoles pueden ahorrar pese a la inflación

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Mientras que los españoles ahorraban en 2021 un 8,3 % de su renta disponible, en el segundo trimestre de 2022, según el Instituto Nacional de Estadística, su tasa de ahorro está en -0,8 %, lo que significa que gastan más de lo que ingresan. El 98 % de las personas afirman estar preocupadas por la subida de precios, y no es para menos: la inflación acumulada en lo que va de año ya es superior al 5 % en España, de más del 7 % en Europa y más del 6 % en Estados Unidos. El índice de precios al consumo que engloba alimentación, bebidas, tabaco, ropa, alquiler de viviendas, menaje de hogar, medicinas, transporte, comunicaciones, ocio y cultura, enseñanza, hostelería y otros bienes y servicios estaba en septiembre en nuestro país en un 9 %. A estos malos datos del IPC hay que sumar la situación de incertidumbre en la que se encuentra el mundo y que amenaza a las economías de todos.
Con la inflación disparada, es evidente que el carro de la compra no se llena al mismo nivel por el mismo precio de antes, que pagamos más por los suministros de luz, agua y otros servicios y que echar combustible al depósito del coche alcanza cifras insólitas. Sin embargo, pese a esta situación, el ahorro, aunque sea en pequeñas cantidades, no solo permite hacer frente a imprevistos (que surgirán, sin duda), sino que es un factor de bienestar psicológico, ya que reduce la ansiedad y el estrés, evita situaciones de dependencia y, por tanto, mejora nuestra salud. Por ello nos dan una serie de consejos:
1. Reducir los gastos fijos
El primer consejo para ahorrar es ponerse a revisar con calma la cuenta de gastos fijos. Hay que ver a qué dedicamos los ingresos, incluyendo las pequeñas cosas. Tengamos en cuenta que unos extras de solo 50 euros al mes suponen 600 euros al año. Es necesario analizar si podemos reducir o suprimir algunos pagos mensuales: suscripciones, peluquería, transporte, ocio… Cada uno debe evaluar cuáles son sus prioridades, a qué no está dispuesto a renunciar y de qué podría prescindir. También es el momento de sustituir un producto caro de uso habitual (maquillaje, bebida, galletas gourmet…) por otro más barato.
2. Ser pesados
Todos lo sabemos: llamar a una compañía y decir algo así como «estoy pensando en cancelar la cuenta de telefonía con ustedes y pasarme a…» es una frase mágica que, en 7 de cada 10 casos, consigue descuentos. Las empresas tienen ofertas que suelen aplicar a las personas que reclaman; ocurre en las eléctricas, en las alarmas, en los seguros… En ocasiones, la promoción solo dura unos meses, pero eso ya es importante; luego habrá que anotarse en la agenda la fecha final para volver a llamar y preguntar qué pueden darnos de nuevo.
3. Regatear
No hay por qué aceptar sin rechistar el precio que nos ofrecen. Mucha gente que pide descuentos los consigue. Puede ser con el dueño de la casa si vivimos de alquiler, en el banco que nos cobra intereses por todo, con el albañil que va a hacer una obra… Regatear es un arte en muchos países y, en los tiempos que corren, lo del «precio fijo» no tiene por qué ser literal. Además, siempre que se vaya a contratar lo que sea, encargar un catering, etc., hay que pedir varios presupuestos y no conformarse con el primero.
3. Volverse más sociable
La inflación afecta a todos. Así que salvo que uno forme parte de esos aproximadamente 250.000 españoles que declaran grades fortunas, el resto necesitan rebajar gastos. La economía colaborativa brinda iniciativas como cuidar a los niños de los vecinos a cambio de que ellos hagan los recados, cocinar para dos hogares si uno compra la materia prima, hacer reparaciones pagadas con un planchado de camisas, etc. También es posible compartir algunos gastos con amigos, como la gasolina del coche. Ser más sociables para compartir gastos es bueno para el bolsillo y también para tener más relaciones y, por tanto, mejor calidad de vida.
4. Seguros sí, pero más baratos
Los seguros de hogar, vehículos, mascotas… son imprescindibles. A menudo es posible conseguir rebajas simplemente contratando varios al mismo proveedor o suscribiendo la póliza a través del banco. Es importante anotar la fecha de vencimiento porque la contratación se hace de forma anual y, un mes antes del vencimiento, se podrá cambiar de compañía o reajustar las coberturas y los precios. Existe una tremenda competencia entre empresas, por lo que la fidelidad es absurda: conviene apuntarse a la que ofrezca mejores prestaciones por menos dinero, y si hay que hacerlo cada año, se hace.

5. Acondicionar la casa
El precio de la energía no está para desperdiciar ni un grado. Invertir en cerramientos de calidad resulta rentable a largo plazo y es importante tener un hogar convenientemente aislado, sobre todo conforme se cumplen años y se pasa más tiempo en casa y con menor actividad. Periódicamente, se ponen en marcha subvenciones para cambiar ventanas por otras más aislantes o calderas obsoletas por unas más eficientes, pero si no es posible hacer un gran gasto, se puede recurrir a acciones baratas que reducen el consumo, como poner burletes y faldones en las puertas para sellar las habitaciones o instalar termostatos.
6. Ahorrar en suministros
Además de no desperdiciar calor, hay que controlar el sol que entra en la casa según la estación del año para bajar persianas o levantarlas.  Se recomienda también:
– Reemplazar las bombillas incandescentes por otras de led.
– Cambiar el viejo pulsador de la cisterna por uno que gaste menos agua y que tenga dos opciones de descarga.
– Instalar una alcachofa de ducha de bajo flujo de agua.
– Si se friega a mano, poner previamente a remojo platos y cubiertos; si se hace en el lavavajillas, quitar los restos con papel, no con agua, antes de introducir la vajilla en el electrodoméstico.
– Poner lavadoras y friegaplatos solo cuando estén completos, con programas ecológicos, y mejorar el rendimiento limpiando los filtros regularmente.
– Bajar la temperatura del calentador de agua.
-Utilizar el calor residual de la placa de cocina para terminar de hacer la comida.
– Cocinar para varias veces y congelar en raciones.
– Cambiar las plantas que necesitan mucho riego por otras adaptadas a la zona en la que vivamos, y recordar que una instalación de riego por goteo ahorra agua.
– Evitar la energía inactiva que consume el televisor o algunos aparatos eléctricos que están teóricamente apagados mediante regletas con interruptor de corriente.
7. Comer igual de bien por menos dinero
Una compra inteligente y un almacenamiento adecuado pueden suponer un gran ahorro mensual.
– Aprovechar las ofertas para almacenar productos no perecederos como conservas, congelados y otros alimentos de larga duración.
– Tener tarjetas de fidelización de puntos y no olvidarse de consumirlos.
– Comparar precios, especialmente de los productos de mayor consumo como leche, huevos, pan…, donde unos céntimos diarios suponen muchos a fin de mes, y comprar marcas blancas.
– Fijarse en el precio por kilo o litro que debe figurar en las estanterías del supermercado y no solo en el precio del envase.
– Comprar los alimentos frescos cada pocos días, para evitar el desperdicio.
– Cambiar de fuentes de proteínas: si el solomillo de ternera resulta caro, se puede sustituir por carne de pavo o por unas judías pintas con arroz, que también tienen un alto valor proteico.
– Pasarse por las secciones de alimentos con fecha próxima de caducidad para pagar bastante menos por ellos.
– Gestionar las sobras de forma inteligente: aprovechar los restos de un pollo asado para hacer una ensalada César al día siguiente o un wok, el caldo de cocer verduras para elaborar una sopa, etc.
– Congelar lo que sobre, como el pan, los guisos…
– Anotar en un lugar bien visible las fechas de caducidad de lo que tengamos almacenado: las obleas para empanadillas, las anchoas… Hay que evitar el desperdicio.
– Ir a la compra con la lista hecha de casa.
– Si no se controla bien el gasto, pagar en efectivo y no con tarjeta.
– Comprar a granel los productos que salen más baratos.
8. Ser ecologistas
Quienes se preocupan por el medioambiente ponen en práctica ideas que, además de ser beneficiosas para el planeta, lo son para la economía personal. Estas son algunas:
– Cambiar el café de cápsulas por el que se utiliza en cafeteras corrientes.
– Usar pilas recargables.
– Si se toma agua con gas, comprar una máquina para carbonatar el agua del grifo, que cuesta poco y no requiere plásticos de un solo uso.
– Cultivar en macetas las hierbas que utilicemos, como la albahaca, o lo que sea posible según las condiciones de cada vivienda.
– Echar poco detergente a la lavadora: está comprobado que se necesita menos de lo que recomiendan los fabricantes.
– Cuidar lo que tenemos: por ejemplo, dar la vuelta al colchón de vez en cuando, lavar la ropa con programas no agresivos, etc.
– Elegir productos de calidad que duren y duren.
– Renunciar al coche. El transporte público es lo único que ha bajado de precio, y en las ciudades puede que no sea necesario tener un vehículo, que es caro de mantener; bastará con alquilar uno para viajes.
– Desplazarse en bici o andando cuando sea posible, utilizar coches compartidos, quedar con personas que hagan el mismo trayecto para ir a trabajar, al cole, al gimnasio, a la compra o al médico.
– Consumir menos, intercambiar, prestar, reutilizar…
9. Recurrir a la segunda mano
Los electrodomésticos tienen una vida de entre 8 y 14 años y la electrónica de unos 4 o 5. Las tiendas suelen ofertar este tipo de productos reacondicionados, que son artículos devueltos al fabricante, revisados y puestos de nuevo a la venta por mucho menos dinero. También hay que estar atentos a los días sin IVA o las campañas de Black Friday y otras rebajas para proveerse de lo necesario en estos aparatos que requieren garantía. Para otras compras, las aplicaciones de venta entre usuarios pueden proporcionar verdaderas gangas.
Información elaborada en colaboración con TK Home Solutions

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