FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | Un PP enralado | Francsico Pomares

La gente que vive de la política, que se la juega en la política y con la política, tiene una muy desarrollada capacidad para olfatear los cambios más minúsculos en el termómetro del poder. Es como una sensibilidad especial para percibir por dónde van los tiros, que no se basa necesariamente en lo que aventuren encuestas y sondeos (aunque eso ayuda), sino en ese instinto de oler poder que define a cualquier aspirante a hacer carrera partidaria.

En las últimas semanas, y a pesar de la machacona insistencia de José Félix Tezanos por ningunear al PP en los informes del CIS, las huestes conservadoras viven en una constante hiperactividad, convencidas de que la llegada de Feijóo es una apuesta sólida, un valor seguro. Los fastos, conciliábulos y celebraciones de la convención del PP canario, iniciados esta semana, y aún pendientes de concluir, confirmar esa percepción de los afiliados y aspirantes populares de que el país vive un cambio de ciclo político, de que por fin los vientos que soplan permitirán a la gaviota levantar vuelo. La confianza en un cambio de mayorías a partir de las próximas elecciones es lo que está llenando sedes, escenarios y plazas al paso de Feijóo, y en Canarias, ese fenómeno se ha manifestado con extraordinaria fortaleza estos últimos días. El mitin del presidente nacional conservador, acompañado por Manuel Domínguez en un arranque de campaña lleno hasta la bandera, apunta con claridad a la recuperación de un espacio electoral jibarizado desde 2011, cuando tanto el PP como el PSOE fueron acorralados por el movimiento 15-M y por la posterior aparición de nuevas opciones decididas a acabar con el bipartidismo. El ciclo político que hoy parece estar agotándose comenzó con miles de manifestantes tomando las calles y las plazas y exigiendo la liquidación  de una casta política incapaz de representar a la ciudadanía, y cada vez más alejada de los problemas de la gente de a pie. Esa política, heredera de los tiempos de la Transición, que fue incapaz de hacer  frente a la crisis económica de 2008 sin castigar a los más débiles y vulnerables, fue rechazada por millones de ciudadanos, comenzando entonces otro ciclo político, caracterizado por una crisis profunda del sistema español de partidos y por el rechazo a toda política tradicional.

Sin embargo, a pesar de la aparición fulgurante de nuevos partidos -Podemos, Ciudadanos y finalmente Vox- los viejos partidos resistieron, a pesar de perder fuelle y legitimidad. Una parte importante de la ciudadanía no se sentía representada por los viejos partidos, pero el aventurismo de los nuevos líderes, su egoísmo y falta de escrúpulos, o su incapacidad real para ofrecer soluciones viables, han acabado por devolver a los partidos del pasado a primera línea. Hoy nadie duda de que las próximas elecciones generales se dirimirán nuevamente -como ocurría hasta la aparición de Podemos y Ciudadanos- entre el PSOE y el PP, y en esta ocasión el PP está mejor colocado para ganar las elecciones.

Eso ha envalentonado a un partido apático y acomplejado ante el discurso populista de Vox. La impresión es que el PP se recupera del ostracismo al que fue sometido tras la derrota de Rajoy en la censura y la caótica gestión política de aquel señor llamado Casado del que ya nadie se acuerda.

En seis meses, hay elecciones municipales y regionales, y sin duda serán un ensayo, una prueba de lo que puede ocurrir en las legislativas, si Sánchez no decide adelantarlas y hacerlas coincidir en un superdomingo de infarto.

En realidad, es poco probable que Sánchez sacrifique su presidencia de la UE para hacer coincidir las elecciones. Quienes le conocen bien opinan que antes optaría por renunciar a presentarse y mandaría a su segunda Calviño al sacrificio. Solo son conjeturas: Nadie puede estár en la cabeza de ese superviviente sin compromisos ni lealtades que es el presidente. Pero mientras, el PP se rearma, activa a los suyos, se sacude complejos y parece cada día que pasa más decidido y más seguro de ganar.

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