FIRMAS Salvador García

OPINIÓN | Jesús Quintero, el estrafalario | Salvador García Llanos

Eran los tiempos de radio nocturna, del final de la jornada con la dosis con su dosis de magia para prolongarla, una hora o un rato más hasta que el sueño venciera. Allí, en algún punto del dial, apareció Jesús Quintero, “El loco de la colina”, que tomaba el nombre de una canción de Lennon y MacCartney cuando The Beatles hicieron su ‘Magical Mistery Tour’ y nos esforzábamos los seguidores en obtener la mejor traducción.

De las sombras de las ondas salió Quintero y especulábamos qué aspecto tenía: si joven o no tanto, si un verso suelto en medio de la rigidez de los esquemas radiofónicos y, sobre todo, su estilo de hacer radio, innovador, original, con pausas de silencio inacabables pero provechosas. O simplemente, un loco, que “día tras día… ve ponerse el sol… pueden adivinar sus intenciones y él nunca muestra sus sentimientos”.

Quintero, cuando ya le pusimos rostro en la tele, pintaba de colores a los animales, perro verde y ratones colorados, rarezas que solo certificaban su condición de estrafalario. Vistiendo, hablando, riendo… y entrevistando. Desmenuzando aquellas pausas que servían para escrutar su propia personalidad y la de sus invitados, pausas silenciosas que invitaban al oyente a imaginar no solo el escenario sino también el pensamiento, los pensamientos.

Y el genio, el andaluz universal, el hombre capaz de hacer reflexionar a los demás, incluso saltándose los guiones. Lo de menos ya era el líder de las ondas cuando dábamos por bueno que a esas horas escuchábamos unos pocos o la cama también se hizo para reflexionar… escuchando, cuando el silencio dejaba de ser impenetrable. La vida, como que se paralizaba y él seguía allí, osado, audaz, único. La suya era una profundidad jovial en permanente proceso de búsqueda.

Un genio andaba suelto, por eso gentes de toda condición social, hasta los más jóvenes, le aguardaban, robaban tiempo al sueño para escucharle. Y para verle, que cuando el fenómeno también dimensionó en la televisión, su avance era incontenible. Siquiera para ver a El Risitas, al que convirtió en personaje, uno de los que iban desfilando ante los micrófonos y ante las cámaras para amenizar o atraer la atención de los radioyentes y los telespectadores.

Entrevistas largas, pausadas, reflexivas, diálogos envolventes… Y los silencios, las pausas convertidas en arte, el recurso característico e infalible para aportar magia, misterio e imaginación. Aquellos espacios aparentemente vacíos pero que se rellenaban solos, a la espera de que alguien, él mismo, rompiera eso que se dice mientras no se habla.

Jesús Quintero, en la colina mediática, marcó un estilo, fue un genio sobresaliente, viendo al mundo girar y girar, como dicen los versos que cantara Paul. Vio ponerse el sol y los ojos en su cabeza. Dicen que todo el mundo quería ir a su programa pero no sabían cómo iban a salir de allí.

Ahora, en estos tiempos tan pletóricos de ruido, se agradecerían los silencios de Jesús Quintero y el arte que confeccionó.

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