FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | La coherencia | Francisco Pomares

Acabo de terminar de leer el último libro del periodista Fernando Jáuregui, La foto del Palace, de Felipe a Pedro y viceversa, un recorrido por los cuarenta años de socialismo en España desde aquella noche de octubre de 1982 en la que Felipe y Guerra se asomaron al balcón de la primera planta del Hotel Palace de Madrid para festejar la victoria del PSOE. Ha llovido muchísimo desde entonces, y además se ha cumplido la profecía de Guerra: este país no lo reconoce ya ni la madre que lo parió, y en parte –lo mejor, probablemente- por los primeros años de transformaciones auspiciadas por los sucesivos gobiernos de González, que acometieron la asombrosa modernización de un país atascado en los usos y costumbres del franquismo. El libro de Jáuregui no es exactamente un libro de Historia, sino de historias, de historias trascendentes, de historias conventuales y de chismes, incluso: pretende –y con frecuencia lo consigue- ofrecer una panorámica no sólo sobre los cambiantes acontecimientos de estos convulsos años, sino también sobre la compleja personalidad de tres de sus protagonistas más importantes: Felipe, ZP y Sánchez. La obra –crítica en algunos momentos y en otros benévola, escrita por un periodista que las ha visto de todos los colores y está de vuelta de todo, empieza y acaba con Sánchez, con quien a veces resulta demoledor: “El cesarismo absoluto logrado, tan a duras penas, por Pedro Sánchez, había transformado al PSOE en un partido sumiso, callado, aplaudidor…”. Jáuregui se refiere también a las continuas incoherencias de Sánchez, a sus cambios de opinión o de criterio o de discurso o de posición.  Pasar de la bandera gigante del circo Price al indulto a los líderes secesionistas, de no poder dormir si Iglesias estuviera en el Gobierno, a encamarse con él, de defender hoy una cosa y mañana la contraria…

Traigo esto de las contradicciones sanchistas a colación por el extraño episodio de Sánchez en Naciones Unidas, esa intervención en la que no hizo la más mínima referencia a su carta a Mohamed VI, considerando el plan marroquí sobre autonomía saharaui bajo soberanía alauita la “base más seria, creíble y realista” para resolver el conflicto del Sahara. En un sorprendente cambio de registro, Sánchez defendió ayer en su diserto la tradicional posición española de buscar una solución política bajo el auspicio de la ONU, apoyando además “la labor fundamental del Enviado Personal del secretario general” Staffan de Mistura, que lleva ya casi un año intentando desatascar la incapacidad de Marruecos y el Polisario para avanzar en ninguna dirección que no sea una absurda guerra de baja intensidad.

Hay quien se preguntará porque Sánchez, en su mención obligada a la cuestión del Sahara durante el discurso anual de España en la Asamblea General, decidió no mencionar el radical cambio de postura que obligó a adoptar en marzo a su Gobierno. A mi juicio, la respuesta es bastante sencilla: defender la ocupación del Sahara por Marruecos en el marco de Naciones Unidas no era una opción de recibo. Sólo Marruecos lo hace. Y Sánchez prepara todas sus intervenciones para agradar a quienes le escuchan. En cada ocasión, Sánchez dice lo que su auditorio quiere escuchar, y eso exactamente es lo que ha vuelto a hacer en Naciones Unidas, pasándose su propia coherencia personal por el arco de triunfo.

Donde antes decía que la de Marruecos es la base más seria, creíble y realista… ahora ha pedido respeto a la legalidad internacional, y ha presumido del apoyo de su gobierno a los refugiados de los campamentos, recordando que España es el país del mundo que más dinero gasta en ayuda humanitaria para los saharauis.

No sé qué cara se le habrá quedado a Zapatero y Bono al escucharle, mientras ellos seguían en Las Palmas con el discurso de marzo, vendiendo marroquinería fina: explicando que la postura de Sánchez sobre el Sahara es “valiente” y “acertada”. Si, vale. Pero… ¿cuál de las dos?

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