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OPINIÓN | Insularismo canario | Óscar Izquierdo

Hay una especie de complejo escénico en Canarias, al referirnos a la isla como la base autentica de nuestra verdadera identidad. La realidad física de un archipiélago en el Atlántico medio nos condiciona, también nos identifica de forma total, para bien o para mal, porque indudablemente tiene sus ventajas, aunque acarrea algunos inconvenientes, que sólo los conocemos y padecemos los isleños.  Con el comienzo de la Transición política y la puesta en marcha de la Comunidad Autónoma, aparece la necesidad de integración completa, como manera de conformar una objetividad política única. La diferencia evidente entre las ahora ocho islas había que borrarlas del mapa, a fuerza de un ejercicio artificial de ingeniería publicitaria, electoral y de marketing, para que no se hablara sino de Canarias, una, grande y autonómica.  Al comienzo se buscó insistentemente el equilibrio regional, entre las dos provincias, las dos islas capitalinas y entre las ciudades de Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas de Gran Canaria, como la forma más certera de mantener una convivencia pacífica. En este momento histórico, se ha demostrado que ha sido una utopía que no se ha cumplido, sino que, al contrario, el desequilibrio interinsular se ha agravado, creando inestabilidad política, económica o social y por encima de todo desconfianza, acompañada de resquemor.

Ser isleño tiene unas connotaciones específicas, que vienen marcadas por el aislamiento que produce vivir en una isla, con un territorio limitado. Los poetas canarios de antes y contemporáneos, siempre han cantado al mar como vínculo de unión, eso es verdad en la lírica, pero ciertamente, no podemos obviar que nos divide, separándonos geográficamente. De ahí, parten las peculiaridades de cada una de las islas, que son verdaderamente una riqueza que engrandece al conjunto. No hay que tener miedo, por lo que dirán, al defender a ultranza la ínsula donde uno ha nacido, vive o quiere de forma particular.

La rivalidad es buena, porque sirve para engendrar fortaleza interna por mejorar y adelantar si se puede al rival que tenemos enfrente, detrás, arriba o abajo, que da lo mismo su posicionamiento. Competir, pugnando para una misma cosa o por superar aquella es sano, así se demuestra en cualquier medio o entorno de la vida, traduciéndose en esfuerzo, hacer todo bien y buscar la excelencia. Pero hay puristas, siempre arropados al poder, viviendo como parásitos gordos, simples estómagos agradecidos, que lo ven peligroso por las divisiones que pueda engendrar, que sólo existen en sus cabezas calenturientas y sobre todo, por las prebendas que puedan perder, si no defienden a ultranza un autonomismo artificial. Hay que dejar soberanamente claro, que separa quien lo hace adrede o con intenciones malévolas.

Tenemos que quitarnos el miedo a defender la isla en singular, a que te llamen insularista de manera despectiva, por querer lo mejor para tu terruño. Es una gran equivocación. Por lo tanto, hay que dejarse de denominaciones vacías, como canarismo u otros sinónimos, que sólo encierran intereses electoralistas. Canarias, se fundamenta desde abajo, como tiene que ser, es decir, desde cada una de las ocho islas, porque defendiendo las peculiaridades, demandas e intereses de cada una de ellas, estamos engrandeciendo al conjunto, que es nuestra Comunidad Autónoma. Por eso, hay que volver a sentir el orgullo del insularismo canario, sin temor, al contrario, con orgullo. Desde el hecho insular, es como podemos avanzar, porque cada isla compone el cimiento indestructible, que nos hace fuertes. Por lo cual, sentirse insularista, es la mejor manera de ser canario. El aspecto peyorativo que se le ha dado a esta palabra identificatoria de nuestra idiosincrasia, no tiene que mantenerse más en el tiempo, porque es inexacto, al contrario, la satisfacción, honra y dignidad que conlleva, es para decirla y ejercerla con satisfacción. Si al insularismo canario, porque es lo genuinamente nuestro.

Oscar Izquierdo

Presidente de FEPECO

 

 

 

 

 

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