FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | Calor | Francisco Pomares

Nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena. Con la ola de calor de estos días, la gente vuelve a hablar del ‘cambio climático’, un término inventado hace ya una decena de años, e impuesto como de uso normal, para evitar referirse a lo que de verdad está sucediendo en el planeta, que no es un cambio del clima –eso ha ocurrido a lo largo de la historia de la Tierra en muchas ocasiones- sino un calentamiento continuado y global que hace peligrar la vida y avanza a velocidad vertiginosa.

El calentamiento comenzó con la revolución industrial, ya en las primeras décadas del siglo XIX. El calentamiento de la Tierra se inicia tras el aumento en la concentración de gases de efecto invernadero consecuencia del uso del carbón y más tarde los derivados del petróleo. A partir de 1830, se produce ya un aumento de las temperaturas, primero en el Ártico y en los trópicos marinos, que se extiende después a Europa, Asia y Norteamérica. A finales del siglo XIX, comenzó a ser evidente en parte del hemisferio sur, donde llegó retrasado como resultado del efecto benéfico de las corrientes marinas.

Hoy son discursos residuales los que cuestionan el impacto humano en el calentamiento del planeta y de sus mares. Por eso, el Acuerdo de París de 2015, respaldado por casi 200 naciones, incluyó como objetivo principal evitar que el aumento de la temperatura media mundial supere los dos grados centígrados en relación a los niveles preindustriales. Un informe publicado a finales de 2018 por el Grupo Intergubernamental de Expertos reafirmó después la necesidad urgente de situarnos en un escenario del 1,5 por ciento antes de 2050. La comunidad científica considera que si no se logra estar sensiblemente por debajo del aumento de dos grados antes de finales de este siglo, la vida en la tierra sufrirá un impacto terrible, que afectará no sólo a la biodiversidad del planeta, sino a la propia civilización humana.

 

Mediciones de la temperatura de la tierra por distintas organizaciones

Pero para limitar el calentamiento global a 1,5 grados se precisan transiciones rápidas y profundas que van a modificar sensiblemente nuestros hábitos de uso de la energía, y del transporte, el consumo, la productividad de las industrias, la alimentación, la gestión de las ciudades… se trata de gastar menos, y de cambiar hábitos y sistemas de producción energética. China, principal consumidora hoy de carbón en el planeta, prevé haber completado la instalación de 150 centrales nucleares tradicionales capaces de producir 147 gigavatios quince años antes que los estadounidenses. China será autosuficiente en 2035, y este siglo se convertirá en el principal productor de energía de la Tierra. Estados Unidos, que va con retraso, quiere disponer de 300 pequeñas centrales modulares en 2050, capaces de generar 90 gigavatios, energía suficiente para su población, pero muy por debajo de lo que va a hacer China. Europa –con la excepción de Francia- estudiaba cerrar nucleares, hasta que la guerra de Ucrania y el próximo invierno han disparado las alertas. Europa está más adelantada en renovables, aunque su desarrollo y producción no puede aún resolver el problema. Si todo el planeta aplicara la formula europea, llegaríamos tarde a la descarbonización.

Por desgracia, nuestros dirigentes parecen más preocupados por decirle a la gente lo que quiere escuchar que por decir la verdad. Y la verdad es que la transición hacia un futuro sin emisiones precisa del gas durante al menos 20 años –el gas emite un tercio menos de CO2 que el petróleo-, y sobre todo precisa de energía nuclear, a pesar de sus evidentes riesgos. Y hay muchas más cosas que hacer.

Algunas podemos hacerlas nosotros: consumir pensando con la cabeza, comer menos carne, sobre todo de grandes animales, mejorar la eficiencia de nuestras casas y oficinas, instalar sistemas domésticos para producir energía renovable, plantar nuestras azoteas, cambiar todas las bombillas a leds, utilizar transporte eléctrico, mejorar el rendimiento de nuestros electrodomésticos, caminar más…

Otras deben hacerlas las grandes empresas energéticas y las administraciones. El sector eléctrico tiene que ir más deprisa en la transformación: todo lo que está ganando con el disparo de los precios debería invertirse en renovables o nucleares. Y las administraciones tienen que aplicar políticas de acceso justo a la energía. Y aunque no nos guste un pelo, la fiscalidad y el principio de que ‘quien contamina paga’ debe prevalecer e imponerse. Funciona.

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