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OPINIÓN | El fin del mundo | Óscar Izquierdo

Si seguimos al pie de la letra, lo que se escribe o se oye, estamos a las puertas del fin del mundo. Hay un interés particular o mejor, podríamos denominar global, en inundar de mensajes agoreros cualquier actividad, especialmente todas aquellas relacionadas con el territorio. Es una verdadera inundación de avisos, recados, notas, comunicaciones, anuncios, de autodenominados expertos, que, por cierto, granan por todos los campos, de una manera extraordinaria. Aunque muchas veces, su experiencia o lógica profesional, sea más que dudosa. Pero, aunque son muchos, por todos los países, el mensaje es el mismo, sencilla y simplemente, la imposición autoritaria del pensamiento único, por cierto, el de ellos. No es que valga la discrepancia, es que no se admite, porque cuando alguien o alguna entidad, se posicionan en contra de sus criterios infalibles, enseguida son, literalmente, escachados, vilipendiados o denigrados. Se entra por el redil, aunque sea a la fuerza, para vivir tranquilo o por el contrario, se está en disposición de ser machacado, para que la voz contraria, no se oiga, por si acaso, pueda tener influencia.

Estamos rodeados de agoreros de catástrofes, autodenominados progres, ecologistas de mil denominaciones diferentes, salvadores de causas varias, noistas empedernidos, por cierto,  bastantes casinos y aburridos, ecosocialistas, globalistas, seguidores acérrimos de la Agenda 2030 de la ONU, donde no ven sino un color, que es el negro, diciéndonos todos los días, a través de los medios de comunicación, redes sociales, libros, televisiones, que el mundo se acaba antes de ayer. Es meter el miedo en el cuerpo de los ciudadanos, porque el temor paraliza y así es más fácil un control político de la sociedad. Insistentemente machacan con la monserga de la destrucción del planeta de forma inmediata, se parecen a una verdadera secta milenarista, donde ellos son o pretender convertirse en salvadores de la humanidad y si no se les hace caso todo se irá al garete. Quizás si leyeran un poquito de historia universal, se percatarían, que las edades del hombre sufren crisis periódicas, cambios climáticos o catástrofes naturales o personales, con las que desgraciadamente siempre se ha convivido.  Pero también, es cierto que, estamos vivos y si Dios quiere, saldremos también de las crisis presentes, como ya ha sucedido en épocas pretéritas.

El cambio climático es real y hay que actuar inmediatamente para revertir la situación actual y futura que podría producirse. Lo que está fallando, son las medidas propuestas y puestas en ejecución por el pensamiento único, porque no están sirviendo, a los hechos nos remitimos. Después de décadas, afrontando el problema con sus remedios, lo único que se ha conseguido es retroceder, estar peor y lo que es más dramático, con una agenda incumplible por demagógica e ideológica. El diagnóstico es certero, pero las medicinas que se han puesto no son las correctas, en cambio, eso no impide, que sigan emperrados en su famosa agenda ecosocialista, que ni ellos mismos saben cuál es y mucho menos los ciudadanos, porque es tal la confusión en sus planteamientos, que es imposible acertar a descifrar el jeroglífico que representa.

Con publicidad apocalíptica, en casi todos los medios de comunicación, en las redes sociales e incluso en la enseñanza reglamentaria, desde primaria hasta la universidad, intentan aborregar a todos, para que vean en los representantes del pensamiento único, a los mesías del presente. El historiador romano Gayo Suetonio, en el siglo I,  ya dictaminó que “en un estado verdaderamente libre, el pensamiento y la palabra deben ser libres.” Es precisamente lo que se cercena actualmente, a saber, la libertad de expresión, discrepancia o pensamiento alternativo, para imponer la censura. Frente a este atropello a la libertad individual, vale la resistencia activa, sin miedo, con valentía, nunca hay que dejar de practicarla, es un deber y a la vez, un derecho ciudadano.

 

Oscar Izquierdo es presidente de FEPECO   

 

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