FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | La guerra, la excusa, el relato | Francisco Pomares

Apenas un mes antes de que el PSOE, Unidas Podemos y un abanico de fuerzas nacionalistas, secesionistas y abertzales convirtiera a Sánchez en presidente, con una censura contra Rajoy, el entonces líder indiscutible del podemismo, Pablo Iglesias, denunciaba que las tarifas eléctricas eran abusivas: “Necesitamos un Gobierno que entienda que encender la luz es un derecho”, decía a gritos, megáfono en mano, en aquella concentración de Madrid, frente a la sede de la Comisión del Mercado de la Competencia, en la que exigía una inmediata investigación y acusaba a las eléctricas de haber cometido irregularidades para subir la luz. Podemos había iniciado esa campaña de movilizaciones en diciembre de 2017, pero la presión política contra Rajoy, acusando al PP de connivencia con las eléctricas -y las movilizaciones en la calle- fueron subiendo de tono cuando el mes de enero de 2018 el precio de la electricidad en el mercado mayorista alcanzó su pico más alto, casi 102 euros por megavatio hora. A mediados de diciembre pasado, cuando nadie daba siquiera crédito a la posibilidad de una guerra abierta entre Rusia y Ucrania, el precio del megavatio en el mercado mayorista se situaba en casi 270 euros. De ahí hasta los 700 que llegó a marcar hace unos días, sólo han pasado dos meses… Dos meses y una guerra.

Negar el impacto de esa guerra en la subida del precio del gas, el petróleo y la electricidad primero, y después en el inmediato aumento del precio de los alimentos más esenciales –cereales y aceite, pero también todo tipo de conservas, galletas, lácteos, pastas…- es vivir en la inopia. La guerra es la actividad humana que de forma más intensa, brutal y duradera interfiere en la vida de las personas, en su economía y en su seguridad. Y esta de ahora no es una guerrita de andar por casa, es una guerra a todo o nada en el granero de Europa, entre el segundo mayor productor de gas del planeta y el país por el que circulan sus gaseoductos, una guerra que iba a ser un paseo militar y se está convirtiendo en una matanza jamás vista en el continente desde que los ejércitos de Hitler lo asolaron. Esta guerra está teniendo y va a seguir teniendo consecuencias nefastas no sólo para la vida de los ucranianos y de los soldados rusos, también para la economía, la producción, la distribución y el comercio. Por supuesto que afecta al abastecimiento y dispara los precios.

Pero lo que es ridículo es intentar vender la idea de que las subidas de la luz comenzaron con la guerra. Eso es falso, y lo sabe hasta el último de los clientes de las eléctricas, 28 millones de familias y empresas españolas. Llevamos ya cinco años en una constante  escalada de los precios de la energía, que el Gobierno no quiso o no supo o no pudo parar. En esa subida influyeron muchas cosas: el aumento del precio del combustible, sin duda, pero también el sistema de penalización por emisiones de CO2, o un diseño de política de precios de las eléctricas inexplicable en términos asumibles por el común, que hace que se pague por la luz a todos los proveedores el precio que ofrece el proveedor más caro. A Sánchez le gusta simplificar y ha encontrado otra excusa –la guerra- para justificar todo, incluyendo la inflación que comenzó su galope tres meses antes, y que se disparó por la cantidad enorme de circulante disponible, no por la guerra. A Sánchez le gusta quitarse responsabilidades y piensa que la gente no tiene memoria. Desde el PP le han contestado negando la mayor y acusándole de tener siempre a mano una tragedia para explicar las dificultades económicas que sufren (y van a sufrir) la mayoría de los españoles. El relato es otra vez el enemigo exterior: ahora, Putin; como antes lo fue la pandemia. Pero la inflación, la crisis energética, el desbordamiento de la deuda y del déficit, el estancamiento de la producción, no son -aunque la guerra lo agrave todo- consecuencia de este conflicto, sino de políticas erráticas y equivocadas, de haberse dejado secuestrar por el discurso frentista de la izquierda radical y el secesionismo, de haber gastado el dinero público a espuertas en experimentos inútiles, en vez de aplicar sentido común para decidir cuáles son las verdaderas prioridades de un país cada día más agotado.

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