FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | El móvil en guerra | Francisco Pomares

En las facultades de periodismo se explica que Vietnam fue la primera guerra retransmitida para todas las audiencias. También que probablemente se perdió por eso: los ciudadanos estadounidenses estaban acostumbrados a las imágenes documentales y a veces épicas que el Ejército encargó a los grandes cineastas del país, o que las agencias se encargaban de rodar para colocar en los noticieros antes de proyectar comedias románticas o pelis del oeste.

La televisión cambió eso: la tele se acercó mucho más sus objetivos al objeto sufriente de la guerra, y llevó la guerra directamente, sin intermediación y con poco edulcorante heroico al espacio privado, íntimo, de los comedores y las cocinas. Decenas de miles de padres y madres y novias y amigos pudieron imaginar a sus hijos y novios y amigos muriendo quien sabe por qué en las lejanas selvas de un perdido país del sudeste asiático. Y fue entonces cuando todo el romanticismo que había acompañado los relatos de la Segunda Guerra Mundial se desvaneció como un terrón de azúcar en agua caliente. La tele destruyó para siempre la imagen valerosa y leal del guerrero, tan mimada por el cine, y zarandeó el patriotismo belicoso con imágenes próximas de horror y muerte, hasta dejar tocado para siempre el imaginario de sacrificio y victoria.

Si algo quedaba de todo el juego de sentimientos ambivalentes y contradictorios que despierta la guerra, el uso masivo del móvil vino a rematar la faena que empezó la tele. La destrucción y la muerte no precisan ya siquiera de una lectura privada pero compartida por miles y miles, se han convertido en un asunto íntimo: vemos lo que ve un hombre que graba al enemigo detrás de un contenedor de basura antes de morir de un disparo. Vemos lo que él ve y escuchamos lo que oye alguien a quien le cae un misil encima, o el ruido sordo del cañonazo de un tanque, desplomando literalmente el cielo sobre su cabeza. Vemos los muertos filmados por el mismo matador, justo después de la escaramuza o la batalla, abrasados, destripados, despanzurrados en la cuneta de una carretera del Dombas, mientras suenan los disparos de parabellum, rematando a los que aún se arrastran en un vano intento de vivir o lo que sea unos segundos más. El móvil nos coloca dentro de la guerra, pero no como observadores ajenos, apostados frente a la pantalla en una sala oscura, ni como espectadores compungidos de masacres lejanas. El móvil nos mete de lleno en la barbarie, como haría el ojo que contempla la guerra y la muerte sin intermediación y sin distancia. Aquí mismo, justo al lado, salpicándonos de polvo y sangre. No hay censura previa, ni filtro amortiguador, ni control del daño emocional, el asco o el dolor descarnado entre el móvil de un hombre muerto o un asesino y el móvil mío. Por eso, el éxito del móvil en guerra consiste en presentar la esencia destructiva y temible de la guerra, su lógica interna, su misión última, que es la muerte del otro, el homicidio de las palabras que pudieran parar una contienda, el ansia de imponer el triunfo propio sin límite alguno.

Pero todas esas realidades absolutas del móvil tienen también su constructo y su falacia: cuando la imagen grabada llega hasta nosotros saltando por las redes desde las tierras castigadas y lejanas, es sólo porque el horror, la furia, la muerte y las explosiones son tales que aún pueden sacudirnos en un mundo saturado de imágenes de muerte, de gritos del miedo y ruido de desgracias. El cine nos vendía la guerra, la tele nos la metió en casa, y el móvil nos la presenta como un aluvión de disparos, explosiones y cascotes.

Pero la guerra no es sólo y únicamente eso. La de Ucrania, por ejemplo, es también una pelea perdida ente el hijo de David y el padre de todos los Goliat. Un conato –probablemente suicida- de ganar un combate imposible. No se entiende lo que ocurre allí sumando sólo imágenes de desolación y derrota. Hay también un poderoso relato de resistencia y valor, que pugna por superar la imagen banalizada de la destrucción. Cuando eso ocurra, Goliat habrá perdido esta guerra, aunque gane en ella todas las batallas. Y habrá entonces mil millones de móviles que lo contarán, para recuerdo de la historia.

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