FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | Esa maldita bendición | Francisco Pomares

La consejera Yaiza Castilla, se atrevió ayer a profetizar la normalización del turismo este año, aventurando que el 2022 se cerrara con cerca de 15 millones de visitantes a las islas. Si se cumplen esas previsiones, adelantadas en una comparecencia parlamentaria solicitada por los socialistas,  habrá que reconocer la extraordinaria capacidad de recuperación de nuestro mayor sector productivo, la pujanza que sigue y seguirá teniendo durante décadas como motor de la economía regional, y el dinamismo de las empresas que operan para garantizar que el sector funcione. Entre ellas, las aeronáuticas, que este año de 2022 aumentarán su capacidad de transporte por encima de los 18 millones de plazas.

Frente a lo que debiera ser considerado una magnífica noticia, y un alivio para las miles de personas que han visto su trabajo y sus ahorros en grave riesgo por la crisis turística consecuencia del Covid y las restricciones, el diputado Francisco Déniz esgrimió las tradicionales reticencias podemitas, advirtiendo que no es aconsejable para las islas que el turismo vuelva a las cifras prepandemia, a los 15 ó 16 millones de viajeros anuales a las islas. Déniz cree que el problema al que hay que enfrentarse es a la capacidad de carga que Canarias puede soportar –se trata de un concepto con muchos matices, éste de ‘capacidad de carga’-, y ha pedido un ‘plan estratégico’ para que vengan menos turistas y a cambio se distribuya mejor la riqueza que genera el sector. Déniz es de esos políticos que ante los problemas de las sociedades, creen en la fórmula de Fierabrás de los planes, ya sean estratégicos o quinquenales.

Lo cierto es que cada vez que en las islas nos enfrentamos a un debate sobre nuestro modelo, surgen voces que reclaman la reducción del sector turístico, al que se responsabiliza de las desigualdades y el subdesarrollo en las islas. Es curiosa esa obsesión por culpar al turismo de los males económicos de nuestra tierra, cuando en realidad, sin turismo, nuestra economía sería mucho más dependiente y tercermundista. El turismo fue la clave de la modernización producida en el sistema económico regional, y del crecimiento desde 1960 hasta la actualidad. La mejor prueba de que el turismo es insustituible para nuestra economía, es el desastre que hemos soportado tras producirse un parón brutal en la actividad. Lo que nadie dice es cómo se puede dejar de depender de un sector que en las islas representaba en 2018 más de la tercera parte del PIB –16.000 millones de euros–, y más de un cuarenta por ciento del empleo –casi 350.000 trabajos–, y que en los últimos diez años ha pasado de suponer el 25 a ser el 35 por ciento del PIB. Y eso sin contar la capacidad de arrastre de la actividad que genera un sector, que por cada cien euros de valor económico de efectos directos, genera 50 euros más en actividades vinculadas.

Por descontado que deben corregirse los aspectos menos favorables del turismo, el primero y más grave, su actual ineficacia para disminuir la desigualdad. Pero con todas las deficiencias derivadas de la terciarización económica y de los bajos salarios, las actividad turística es irreemplazable como motor de muestra actividad económica, empleo y riqueza. Canarias no puede tener una industria pesada, ni podemos generar empleo suficiente con una agricultura que ya no atrae a los trabajadores locales, ni vamos a convertirnos en el centro financiero del Atlántico Sur. Todo eso son delirios, que nos hacen olvidar que en Canarias sí hay espacio para más tecnología de la información, más industria verde, más investigación, más servicios sanitarios que atraigan pacientes de fuera, más comunicaciones aéreas y marítimas, más comercio con África, más talento, más universidad y más inversión productiva de las administraciones.          En vez de plantear sistemáticamente que el turismo genera necesariamente injusticia y nos lleva a la pobreza –algo que es falso– deberíamos trabajar por una fiscalidad menos blanda ante los grandes beneficios y por una legislación –acompañada de mecanismos de inspección– que impidan la precarización y explotación laboral en el sector. Esa es la tarea, no soñar con planes quinquenales.

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