FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | La fiesta de los salvajes | Francisco Pomares

El Ayuntamiento de La Laguna ha decidido volver a activar las medidas de seguridad que ensayó en octubre pasado para vigilar los alrededores del Cuadrilátero –la zona de bares nocturnos frecuentados por estudiantes- tras los muchos incidentes registrados el fin de semana pasado, a los que se convocó por internet a menores, invitándoles a participar en peleas. Hoy todo el mundo tiene teléfonos con capacidad de grabar imágenes, y es difícil que ocurra cualquier cosa sin que sea registrada por un móvil, y después subida a las redes. Este lunes y martes, el guasap era un hervidero de videos de violentas peleas, acompañados de comentarios indignados y horrorizados del personal. De entre las grabaciones más llamativas que llegaron a mi teléfono el domingo y el lunes, remitidas por amigos y conocidos, me impresionó la escena casi cinematográfica de un escultural mandingo semidesnudo, paseando por el Cuadrilátero con dos palos afilados que pretendían pasar por catanas japonesas. Yo soy ya un viejo dinosaurio en vías de extinción, instruido en códigos de conducta prehistóricos. Quizá por eso, también me impactó una brutal pelea de dos jóvenes –un muchacho y quien parecía ser casi un crío- revolcándose y pateándose con fiereza en el suelo mientras sus colegas, una turbamulta de bestias, un timbal de energúmenos sin remordimiento alguno, contemplaban el espectáculo sin molestarse en intervenir o propinando una patada de vez en cuando a los combatientes. Es cierto que casi al final de la pelea, cuando ya había pasado medio minuto de filmación y una docena de brutales golpes intercambiados, alguien intentó separarlos. Pero aún me estremece recordar esa imagen de una pelea en el suelo y a puñetazos entre dos menores mientras una decena de compañeros y amigos jalean el intercambio de trompazos.

No sé qué puede haber pasado en estos años de intenso debate sobre género y violencia de los hombres, para que un grupo de chicos –probablemente instruidos en la importancia del lenguaje inclusivo- sean capaces de permanecer impávidos contemplando un intercambio brutal de golpes, que concluye con la huida de un joven probablemente maltrecho.

La respuesta del Ayuntamiento ante lo ocurrido es repetir –aumentando su intensidad- el operativo puesto en marcha el pasado mes de octubre, que se saldó con casi un centenar de detenciones, parte de ellas por consumo de alcohol, o por no portar mascarillas –ahora eso no importará- y sólo en un mínimo porcentaje por agresiones, concretamente a las fuerzas policiales. El operativo comenzará mañana jueves a las ocho de la tarde, blindando los accesos al Cuadrilátero, con sólo cuatro accesos controlados policialmente, para evitar la entrada de menores con alcohol o drogas, y durará de momento dos semanas, porque –según dijo el concejal responsable, Alejandro Marrero “no se puede mantener un operativo tan amplio si no es necesario”. Marrero tiene razón. Pero es un poco iluso pensar que esto va a cambiar en dos, tres o cuatro semanas. La violencia salvaje como parte de la fiesta, como desahogo bárbaro en las juergas de alcohol y drogas, no va a desaparecer porque La Laguna monte ese dispositivo de vigilancia –que debe montarse- durante un par de semanas o un par de meses…

Sinceramente, la violencia festiva que se ha enseñoreado en los últimos tiempos de nuestras calles, mientras los Gobiernos destruían el sistema educativo, la autoridad de los profesores en las aulas y fuera de ellas y la responsabilidad de los padres en la educación de los hijos, no va a mitigarse con más vigilancia o más policía. Seguirá latente bajo esa mayor vigilancia. Porque hemos falseado el imaginario de esta juventud a la que le hemos dicho que se merecen todo, por el mero hecho de existir, eximiéndoles de su propia responsabilidad en la gestión de su futuro, regalándoles primero el oído con promesas y negándoles al mismo tiempo el acceso a la abundancia prometida.

Esta fiesta de los salvajes que hemos deseducado a conciencia, hablándoles únicamente de sus derechos, no de sus obligaciones, aturdiéndolos con un ejemplo de palabras sin valor, es la violencia desparpajada que surge de la rabia contenida. Y no va a parar.

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