FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | En clave nacional | Francisco Pomares

Planteadas en clave nacional por los jefes de los dos partidos del bipartidismo, lo de Castilla y León al final sólo ha demostrado dos cosas: la primera y más importante, es que las políticas de la izquierda gobernante pasan factura a sus partidos, la segunda es que el PP no es ya el partido hegemónico de la derecha: con 13 diputados, habiendo subido 12 desde las pasadas elecciones, y casi un 18 por ciento de los votos emitidos, frente al 31 por ciento del PP, Vox es sin duda el gran triunfador de las elecciones en Castilla-León. Y también –junto a la eclosión de los partidos provinciales- la única sorpresa realmente destacable de unas elecciones en las que han acertado todos los sondeos, menos la coña marinera con la que nos obsequió Tezanos, convirtiendo al PSOE en partido ganador, cuando ha pasado de ser el partido mayoritario en la región a perder casi cinco puntos, 120.000 votos y siete diputados, convirtiéndose en la segunda fuerza política de Castilla-León, por debajo del PP.

Y luego están las cuentas para la formación del Gobierno: el PP ha logrado 31 escaños, ganando 2 –lejos de la mayoría holgada que querían- y necesitarán para poder gobernar a la ultraderecha, que ha pasado de 1 a 13 procuradores. Los socialistas han perdido su primer puesto, y hasta 7 diputados, bajando desde los 35 que obtuvieron en 2019 a 28. Ha sido un batacazo, sólo superado por el de Ciudadanos, que se derrumba desde los 12 a un escaño y apenas logra salvar por los pelos a su líder regional, Francisco Igea. Podemos pierde uno de sus dos escaños. Los partidos provinciales, un nuevo fenómeno en las zonas menos pobladas, alcanzan 7 asientos en el Parlamento. Las cosas quedan más o menos así: el bloque antisocialista –PP y Vox- suma 44 y se alza con una mayoría más que suficiente para gobernar. El bloque de la izquierda –PSOE y Unidas Podemos- suma en total 29 escaños. Todos los demás, que aún no habían definido sus posiciones, suman 8. Para que el PP pueda colocar a su candidato se necesita en primera vuelta 41 escaños, que sólo se pueden alcanzar con Vox. Y en segunda vuelta 30, uno más de los que tiene el bloque de las izquierdas. El PP tiene 31, pero tendría que conseguir la abstención de Vox (eso no es difícil, parece obvio que Vox no apoyaría en ningún caso al PSOE) y de al menos parte de los partidos provinciales. Ya veremos cómo se resuelve.

Pero ese es el problema de Castilla-León. A juzgar por las interpretaciones de ayer en la noche electoral, la única lectura que hoy importa es la que se puede realizar en clave nacional: un resultado muy malo para la izquierda, que sigue retrocediendo ante el avance de la derecha, decepcionante para el PP, que apenas logra avanzar, y catastrófico para Ciudadanos, que prácticamente desaparece. El único partido que puede hablar de una victoria clara es Vox, el partido de la ultraderecha.

La Transición había vacunado a nuestro país contra el surgimiento de fuerzas de ultraderecha. Pero la izquierda española decidió enterrar la Transición y reinventar la historia, convirtiendo el gran pacto nacional del 77 por la paz y la concordia en un fracaso histórico. Esa misma izquierda lleva ya tres años gobernando instalada en esas claves, y en esos años ha hecho todo lo posible por fraccionar el voto de derechas, contribuyendo a convertir Vox en el fenómeno electoral que es hoy. Si no cambian los modos y discursos del poder, es muy probable que el radicalismo de una izquierda colaboradora con el separatismo e instalada en el frentismo sea sustituido en un par de años por una entente frentista de derechas. Si seguimos instalados en el enfrentamiento y la polarización, si las cosas siguen como hasta ahora, la pregunta ya no será si el PP acepta gobernar con Vox, sino quien llevará entonces la voz cantante en ese Gobierno.

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