FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | Es la economía, tontito | Francisco Pomares

La ocupación de los hospitales crece de forma constante: se ha disparado hasta superar en toda España la cifra de 13.000 personas, de los que dos mil están ingresados en UCI. En la mayor parte de los casos, se trata de personas con padecimientos menos graves que en anteriores oleadas de contagios, pero las cifras son preocupantes, con centenares de muertos diarios. Sin embargo, hoy no se pone el énfasis informativo en los que mueren, o en las personas que sufren en las UCI. Hasta hace poco nos decían que la salud estaría siempre por delante de la economía, y creímos que iba a ser verdad, porque parecía verdad y también porque durante un tiempo lo fue. Pero eso no podía durar siempre: a pesar de la enormidad de los contagios, el descenso de los casos de gravedad severa en la sexta ola, ha permitido al Gobierno reducir de manera considerable la dureza de las limitaciones a la interacción social. Sobre todo de aquellas que tienen una repercusión negativa en la situación económica. Empezando por las medidas de carácter sanitario. El coste de evitar contagios supone un maltrato constante a la economía. Y se ha empezado a aceptar como ‘razonables’ o ‘asumibles’ ciertas cantidades de muertes o porcentajes de bajas. No se habla de ello con demasiada claridad, pero la mayor parte de las últimas medidas apuntan en ese sentido, en el de hacer todo lo que se pueda hacer para evitar muertes, pero colocando el dinero como una constante en la toma de decisiones: no se reduce el tiempo de aislamiento de diez a siete días  porque siete días sean tiempo suficiente para evitar contagios –eso no es cierto-, se reduce porque el sistema no puede soportar un nivel de bajas –bajas cubiertas por la Seguridad Social- tan excesivo. La reducción de tres días de aislamiento supone de facto una reducción del 30 por ciento del coste de mantener a la gente en sus casas, aunque no sé quién habrá calculado –si es que lo ha hecho alguien- el impacto que podrán tener esos tres días sin aislamiento en la extensión de los contagios y la proliferación de nuevas bajas.

Más medidas: con decenas de miles de personas contagiándose todos los días, el crecimiento oficial de la curva epidémica se ha frenado porque también se ha frenado por decreto el de test que se realizan. Hasta en un 20 por ciento. ¿Tiene eso sentido cuando los contagios se disparan? La respuesta es que sólo si de lo que se te trata es de ir orillando los casos leves para centrarse en los graves. Es lo que en Canarias –y en otras regiones- se viene haciendo desde finales del pasado año: se realizan menos pruebas diagnósticas, porque el nuevo protocolo lo permite. Quien quiera hacerse la prueba y no sea persona de riesgo o se encuentre fatal, que se compre un test de antígenos y se lo haga o acuda a un laboratorio privado. La sanidad pública no da para más y tiene que priorizar la atención en los que más lo necesitan. ¿Más indicios? Pues otro: las cadenas de supermercados y tiendas de alimentación han pedido el alta automática de los enfermos cuando pasen los siete días del nuevo protocolo. Es probable que eso aumente los contagios, pero la economía no puede parar. Tampoco los colegios se libran de esta tendencia: Sanidad y los gobiernos regionales, aprobaron ayer no aplicar la cuarentena obligatoria en las clases hasta que haya al menos de cinco casos por aula, o esté infectado el 20 por ciento de los niños. La medida será efectiva desde el lunes, cuando empiecen las clases.

Después de casi dos años, y aunque no nos lo han dicho, ha cambiado el paradigma: ahora de lo que se trata ya no es de reducir contagios (y sus consecuencias), sino de evitar que el país pare y acabemos en la bancarrota. Antes íbamos a ganar la guerra al virus, erradicarlo, sacarlo de nuestras vidas. Ahora ya se admite lo de quedar en tablas.

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