FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | Carta a la gata | Francisco Pomares

Gata: siento tener que decirte esto, pero ha entrado en vigor una ley nueva para cambiarnos la vida. No es que quieran hacerte la pascua, más bien la intención es la contraria: se te reconoce ‘ser sintiente’, y no voy a discutirle a nadie que te lo mereces: te conozco desde hace ya un chorro de años –ocho o quizá doce, he perdido la cuenta- y jamás he pensado que no sintieras. Te he visto defender con uñas y dientes a tus crías, pelearte con los otros gatos del vecindario para que nadie transite el espacio que tu dominas, incluso durmiendo, o comportarte como una princesa al sol cada vez que te has dejado –displicente- acariciar la barriga. Por supuesto que sientes. Incluso más intensamente de lo que sentimos la mayoría de los humanos: sientes la presencia de tu competencia, y lo haces a una distancia asombrosa: basta que un gato de otro jardín circule por el tuyo para que tú estires el cuello y las orejas y todos sepamos que pronto habrá gresca. Sientes antes que yo que ha llegado la hora de despertarme y levantar y –diez minutos después- dejarte un plato con pienso gatuno en la esquina del cuarto de herramientas. Si es domingo o festivo y me levanto más tarde, también lo sientes y maúllas hasta lograr que te maldiga. Sientes la noche de forma diferente: vives apalancada en lo doméstico durante el día, te acercas por la cocina a ver si hay algo que robar encima del poyo o de la mesa, a veces te cuelas por la ventana y te instalas como una okupa feliz en el sofá que yo uso –cuando tu consientes- para ver la tele. Y cualquiera te dice que ese no es tu sitio. Pero deja de serlo por las noches, cuando abandonas la docilidad del día y escapas a todo control, a recorrer como animal indomado las rutas del barrio. Algunas veces vuelves de tus correrías con medio lagarto o una musaraña que depositas en la puerta de mi dormitorio en homenaje a nuestra antigua relación. Es curioso que ese hábito del obsequio de tus presas se convierta en costumbre cuando acabas de parir. Quizá sientas que soy uno más de esos hijos tuyos que se estiran al sol para desesperación de Camila. Ella cree que ya hay demasiados gatos por este vecindario, y yo creo que nunca hay demasiados, porque ustedes se las componen para ser y estar los que caben y ni uno más, como el resto de las fieras del mundo. Porque eres, gata, ser sintiente, sin duda, pero también eres –la mitad del tiempo- ser salvaje.

Ahora dicen que eres de la familia, y que yo soy responsable de lo que te haga y lo que tú hagas. De lo primero, sin duda eres de los míos, con más mérito que todos mis cuñados juntos. Pero quien piensa que yo te puedo imponer hacer algo es que no ha compartido sofá con un gato. Pero están empeñados, gata, en que sin ser propiedad eres de mi propiedad, y sin ser una cosa, puedo obligarte a llevar un collar antipulgas, ir al veterinario, hacerte una histerectomía para que no haya gatos por aquí, o incluso graparte un chip en la oreja.

Y yo no puedo hacer eso. Siempre he creído que eres mi gata, pero en realidad, soy yo el tuyo, y apenas mientras viva aquí. Yo no te traje, viniste tú, un día de hace años, y te repochaste con belleza y dignidad bajo el sillón del porche, como una artista de cine en un anuncio de perfume. Nunca quise que entraras en casa, aunque eso a ti siempre te ha dado igual. Entras y sales cuando te da la gana, siempre haces lo que quieres… Y es verdad que me acostumbré a dejarte algo de pienso, pero no fue ni siquiera un gesto humanitario: estaba harto de encontrar por los alrededores restos de lisas y entrañas  de ratones.

Ahora, alguien ha decidido que respondo no ya ante ti y tus maullidos mañaneros, gata, sino de ti, y que cada vez que me divorcie –ya sabes que tengo costumbre- un juez tendrá que decidir que hacer contigo. Pensará que soy un desalmado porque no sabré qué contestar cuando me pregunte tu nombre. E imagino las manos y puñetas rasguñadas de Su Señoría, mientras intenta inútilmente sacarte de debajo del sofá con el palo de una escoba.

¡Ay, gata!, nos hacemos viejos. Los dos. Y este mundo nuevo no nos entiende…

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