FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | ¿Quién manda? | Francisco Pomares

Una de las cosas que más llaman la atención del actual sistema de partidos es que la mayoría de las decisiones importantes que han de adoptarse en las agrupaciones y comités locales, insulares o regionales –sobre todo las vinculadas a la selección de liderazgos-, se deciden ahora en las sedes centrales. Supongo que habrá quien diga que siempre fue así, que las direcciones de los partidos nacionales siempre han tenido mucha influencia en los acontecimientos y decisiones políticas de sus federaciones locales. Sin duda, esa influencia ha existido siempre, pero se ejercía –incluso en partidos menos preocupados por el respeto a la democracia interna- por liderazgo, por recomendación o por debate político. El matizactual es que hoy ni existe ese debate, ni se oculta que la decisión ya no corresponde a las bases del partido, sino todo lo contrario: se señala claramente que la decisión en todos los ámbitos corresponde en última instancia a la dirección central.

​El caso del congreso insular del PSOE grancanario es paradigmático: después de muchos años en la dirección insular de Chano Franquis, actual consejero de Obras Públicas, y uno de los hombres fuertes del sanchismolocal, el alcalde de Las Palmas de Gran Canaria, Augusto Hidalgo, articuló una opción alternativa para hacerse con la dirección insular del partido, que parecíacontar con posibilidades. La decisión de Ferraz, planteada en ukasse, consistió en ordenar el retraso de la celebración del Congreso para forzar un necesario acuerdo entre ambas partes, evitando así el conflicto interno. Esa decisión fue defendida públicamente en nombre de la necesidad de unidad, y presentada estratégicamente como un intento de evitar la ruptura del partido en Gran Canaria.

Las preguntas surgen una tras otra: ¿Se rompe un partido porque se produzca la alternancia entre candidaturas diferentes? ¿La unidad implica que se renuncie a confrontarla selección democrática de las direcciones? ¿Y cómo se garantiza la participación libre de los afiliados en los procesos de selección, si al final ese proceso se decide desde la dirección nacional? ¿Dónde queda la democracia interna?

La respuesta a todas esas preguntas –y a muchas otras de similar enjundia- es que los partidos han dejado hace tiempo de ser realmente democráticos, que vivimos un retroceso evidente en la democracia interna partidaria. De hecho, hace tiempo que los partidos no cumplen la mayor parte de las funciones que establece el artículo 6 de la Constitución, en lo que se refiere a sus sistemas de selección de dirigentes. El sistema de elección de los líderes por primarias y no por congresos –importado de Estados Unidos- reproduce un modelo donde la participación política se limita a ejercer el voto una vez cada cuatro años, y ese voto es controlado masivamente por las propias direcciones. Se trata de un voto vicario, cautivo, condicionado por mecanismos de dependencia y vasallaje. La selección de personal no se produce por el apoyo a un proyecto común, a un programa político, o por afinidades ideológicas, sino atendiendo a criterios de conveniencia personal, garantía de empleo, o marketing electoral, en lo que lo importante es que el candidato garantice la continuidad de las prebendas de quienes le votan, y no sus condiciones para el liderazgo, lo que piensa o propone. Los partidos han renunciado a impulsar la participación organizada de sus bases, aquel tradicional modelo socialdemócrata, implantado en Europa durante años en la mayoría de los grandes partidos, excepto los populistas. Antes la democracia interna se considerabauna ventaja, un magnifico sistema para elentrenamiento de cuadros. Ahora se ha optado por un modelo petrificado, centralista, que en la derecha tiende a organizarse copiando los peores defectos del populismo, y en la izquierda combina ese populismo con un hiperliderazgo impostado, basado en aceptar el no discutir las decisiones del que manda, que al final es el que decide –directamente o por delegación- quien debe gobernar una agrupación local, ir en una lista o recibir una canonjía. Por eso los partidos no eligen ni nombran a los mejores para ser concejales o directores generales. Eligen a quienes controlan más votos y están más dispuestos a servir al que manda. Y estos los eligen después a ellos. Es un sistema circular y cruzado, en el que la democracia pinta poco.

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