FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | Yolanda nuestra de cada día | Francisco Pomares

No voy a decir que el procedimiento de selección de liderazgos en Unidas Podemos me recuerde al de Corea del Norte, no sería justo, porque lo de la sucesión digital lo inauguró en este país Aznar con Rajoy, un sucesor que más que sucesor parecía su cuñado gallego.

Lo que ocurre es que no debería sorprender a nadie que la derecha resulte monárquica en cuestiones sucesorias, incluso en estos tiempos en que si eres emérito volver a casa por Navidad se convierte en un asunto de Estado. Lo chocante, a mi juicio, es que los problemas de herencia se resuelvan también en la izquierda por soberanía testicular. Desde el día que Palo Iglesias decidió que la elegida para defender el futuro de la izquierda a la izquierda del PSOE era ella, yo me hice mi propia composición de lugar: Iglesias había decidido sustituir Vistalegre por Dedoerecto, y tiro porque me toca. Nadie le ha discutido (públicamente, quiero decir, sospecho que doña Irene Montero no estaría conforme con lo de ‘nadie’) que esta señora rubia sea la encargada de encabezar las listas de la gauche e incluso de diseñar “un proyecto de país”, que es como ahora se llama a aquello que el califa Anguita definía como “¡programa programa programa!”. Pero que nadie se lo hayas discutido tampoco quiere decir que le haya salido muy bien: si Iglesias esperaba contar con la vicesegunda entre su grupo de acólitos y fans, el tiro le ha salido por la culata.

Pues es ya la segunda la que gobierna a su antojo y sin la más mínima demostración de agradecimiento, el nuevo round de la izquierda por alcanzar el cielo, esta vez no desde los adoquines de la rue, sino desde las alfombras persas y la caoba de los despachos de los Nuevos Ministerios, que están probablemente más cerca del cielo (unos metros más, al menos) que las losas de la Plaza Mayor madrileña y alrededores. Que yo sepa, lo que ha hecho la vicesegunda desde que fue signada por el que esperaba ser su mentor, ha sido declararse de nuevo transversal (vaya usted a saber que quiere decir exactamente eso según qué contexto), reunir en Valencia a una parte de su grey  (sólo a una parte, ni la ministra Montero ni la secretaria Belarra, ambas podemitas de la primera generación, fueron invitadas al ágape) y pasear su palmito por las revistas dominicales de los medios conservadores, vestida como Sandy, la chica de Grease, pero ya no tan chica, como en una segunda parte en las que saliera un Travolta con canas y algo de alopecia.

Supongo que los ivanesredondo que asesoran transversalmente a doña Yolanda la han convencido de que ser de la izquierda monda y lironda no mola lo suficiente para atraer votantes más allá de los que –con desigual fortuna- lograba el PCE, se pusiera como disfraz las siglas que se pusiera. Doña Yolanda no quiere pasar a la historia sólo por sus portadas glamurosas, ni quiere situarse en la esquina tradicionalmente destinada a la izquierda que hace la calle, sino devorarle los higadillos al PSOE, o al menos una parte de esos higadillos. No está claro si la política española está preparada ya para los formatos europeos de partidos pret-a-porter que tanto se han llevado en las últimas temporadas, pero si está más que claro que la segunda va a hacer la prueba para reinventar (por enésima vez) el discurso de la izquierda.

No tengo muy claro que la mejor apuesta del aggiornamento de la zurda pase por irse a ver al Papa Francisco en audiencia pública y hacerse unas fotos en actitud recatada. El Papa es un señor bastante simpático, que calza zapatos de proletario porteño, da muy bien por la tele, y le resulta cool a todo el mundo, menos a la carcundia más tiñosa. Pero empezar la construcción del relato de la nueva izquierda con una inclinación de cerviz y un intercambio de sonrisas con el obispo de Roma resulta incluso un poco demasiado transversal. Quizá hasta confuso.

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