FIRMAS Salvador García

OPINIÓN | Spencer, a un volante pegado | Salvador García Llanos

Robert Patrick Spencer. FOTO: Motor 2000

Érase un hombre a un volante pegado… si me permiten la licencia. Su yerno comunicó la mala nueva al mediodía de ayer domingo.

-Robert is died (Robert falleció). Tenía 92 años.

Era admirable ver a Robert Patrick Spencer conducir su pequeño monoplaza eléctrico para superar la diversidad funcional y escuchar su relato natural de cómo lo utilizaba en el interior de su vivienda, cercana al refugio pesquero portuense.

Era admirable que aquel corredor que conocimos en la década de los sesenta y al que vimos competir en las avenidas de Martiánez y de los polígonos, en circuitos urbanos, subidas y pruebas exigentes, siguiera igual de lúcido, atento, amable, observador, haciendo gala de su flema británica y honor a la generación de los “gentlemen drivers” que competían por amor al vehículo, si nos aceptan la expresión. Hasta nos permitía que practicásemos el inglés en conversaciones que versan sobre asuntos domésticos o sobre pequeños accidentes en alguna carretera tinerfeña que no pasaron a mayores por la eficaz intervención del servicio de mantenimiento del Cabildo Insular y de algunos conductores solidarios.

Spencer -el inglés, como decíamos los jóvenes de la época- fue un excelente corredor pilotando el célebre ‘Sumbean Tiger’ perteneciente al no menos célebre Team Fraser que comandaba Alan, un lujo para el concesionario de la marca en Tenerife, entonces ‘Hernández Hermanos’. Si nuestra memoria no es infiel, Alan Fraser terminó vendiendo a la citada firma sus “joyas”, dos ‘Hilmann Imp’ y dos ‘Sumbeam Tiger”, 280 y 260.

Fue uno de los protagonistas, por tanto, de la edad de oro del automovilismo canario, cuando miles de aficionados se concentraban para seguir las carreras que despertaban muchísima expectación en medios automovilísticos peninsulares y extranjeros. Al lado de Chicho Reyes, Robert T. Waid, Rosendo del Toro, Pedro Cruz, Paco Borges…, Spencer destacó con luz propia: seguro en la conducción, diestro en las curvas, respetuoso con los adversarios. Fue primero en el IV Gran Premio de Tenerife, en 1968; y tercer clasificado en la sexta edición, dos años después.

Ahora era un placer verle haciendo accesible lo que no parece. Puede que sea una obviedad y que, por tanto, es preferible no escribirla, pero la pericia de entonces tenía que servirle para recorrer calles y cuestas y para entrar en establecimientos (‘Columbus’, por ejemplo, en el Puerto) donde cada fin de semana hacía gala de su amabilidad y donde contaba sus experiencias con un cierto aire didáctico que encandilaba incluso a los profanos del motor y de la dependencia.

Conversar con Robert era hacerlo con soltura: su memoria era una fiel consejera. Su capacidad analítica le impulsaba a hablar con sosiego y ganas de encontrar una salida constructiva, como cuando derrapaba tras una curva difícil o cambiaba de marcha en las rectas para explotar al máximo su automóvil. Lo dicho: un caballero, un ganador entonces y un ganador reciente, en los últimos años de su vida, cuando las barreras físicas y las vías urbanas sobreocupadas requieren de prudencia y habilidad para sortearlas.

A fe que lo hizo. No en vano seguía siendo un hombre a un volante pegado.

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