FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | Vergüenzas compartidas | Francisco Pomares

Las imágenes de una administración inflada durante dos décadas por una ayuda masiva de EEUU, que se derrumba en una semana; o la de un ejército alimentado con paladas de dólares y miles de asesores militares, que deserta en masa para pasar al enemigo; o la del presidente Ashraf Ghani huyendo de Kabul con cuatro coches y un helicóptero cargados de efectivo… son una vergüenza. Pero no deberían servirnos para construir una interpretación de lo ocurrido en Afganistán basada en los viejos prejuicios occidentales sobre las debilidades de Oriente.

La toma de Kabul tras unas pocas jornadas desde el inicio de la retirada de las tropas estadounidenses, ratifica no solo la corrupción y debilidad de la administración afgana, o la inutilidad de su ejército (un ejército dopado artificialmente con más de 83.000 millones de dólares en ayuda militar directa desde que empezó la guerra, en un país cuyo PIB no alcanza los 20.000 millones), sino -también- otras vergüenzas: las nuestras.

La incompetencia de la inteligencia militar de EEUU que había previsto que el gobierno y el ejército afgano resistirían la ofensiva talibán al menos de seis meses a un año; o el fracaso absoluto de la intervención estadounidense en Afganistán; o la total inutilidad de una guerra -la más larga de la historia de los EEUU- que ha durado 20 años y que no ha servido absolutamente para nada.

Bush empezó esta inútil guerra, con el apoyo entusiasta de una comunidad de naciones conmocionada por los atentado del 11-S, amparándose en la excusa de acabar con el terrorismo.

En veinte años, lo que se logró fue desatar una gigantesca conmoción en todo Oriente Próximo que ha afectado a una decena de países, provocado 200.000 muertos afganos entre civiles y militares, varías guerras, el desastre de Irak, la creación del ISIS, la catástrofe de Siria… por no hablar de Guantánamo, la ley Patriótica y 2.000 soldados occidentales muertos para nada. En el haber, la bárbara ejecución de Bin Laden, en una operación que será recordada como absolutamente ajena a la legalidad internacional.

El balance obligó a Estados Unidos a plantearse una retirada, decidida por Donald Trump en su estilo brutal, con un acuerdo firmado unilateralmente con los talibanes, sin contar con el gobierno títere de Ghani. Un acuerdo basado en el compromiso de que los talibanes iniciarían negociaciones de paz con el Gobierno de y de que no permitirán a una casi inexistente Al Qaeda o a otros grupos terroristas utilizar Afganistan como base para atacar a los EEUU. Las negociaciones no prosperaron y la violencia se disparó en el país, precipitando el anuncio de la retirada de tropas para el pasado mes de mayo, que Biden decidió primero retrasar a septiembre, para adelantar después nuevamente a agosto.

Ahora, con los talibanes ya en Kabul, tras un avance imparable por el territorio del país que aún no controlaban, menos de la mitad, la administración Biden y los gobiernos occidentales están cometiendo un gravísimo error, que es el de no facilitar la salida del país a los miles de afganos que colaboraron con Estados Unidos y con sus gobiernos aliados durante la ocupación.

Será el último error cometido por occidente en Afganistán: volveremos a ver ejecuciones de personas que aceptaron colaborar con los ejércitos de la OTAN, que creyeron en la posibilidad de un gobierno no teocrático en el país, o que lucharon por los derechos humanos o la educación y la libertad de las mujeres. Otra tragedia de la que también seremos culpables, otra soportable vergüenza para Estados Unidos y la vieja, civilizada y progresista Europa que ahora se lava las manos.

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