FIRMAS Salvador García

OPINIÓN | Kabul, érase una vez el casos | Salvador García Llanos

De Afganistán llegan imágenes y testimonios que ríanse ustedes de situaciones bélicas en otras latitudes. Qué espanto, qué horror. Y lo peor está por venir, es fácilmente deducible. Pobres mujeres y niñas afganas, en medio de la barbarie y la sinrazón. Otra vez las víctimas, las peor paradas: ha retornado la invisibilidad, de vidas condenadas tras la rejilla de un burka, condenadas a carecer de derechos, sin estudiar, sin cantar, sin aire libre…

Es el momento de volver a acordarse de Emma Bonino, senadora italiana y comisaria europea que destacó en el ejercicio de sus resp0nsabilidades políticas por la defensa de los derechos humanos de las mujeres. En la década del 2000 trabajó especialmente en campañas contra las mutilaciones genitales femeninas, los derechos de las mujeres afganas y la lucha contra la prostitución infantil. En 2001 luchó por la incorporación de mujeres en el nuevo gobierno de Afganistán pos talibán y apoyó la «carta afgana de los derechos de la mujer» que debía proponerse a la asamblea de jefes tradicionales encargada de escribir la nueva constitución.

Era un triunfo anunciado el del fundamentalismo talibán. Qué desastre, qué caos tendría que ser la estructura interna de un país que no hizo falta un disparo para llegar al palacio presidencial de Kabul que ya había abandonado el presidente Ashraf Ghani. Un espectacular avance, provincia a provincia, sin oposición. Tremendo.

La de Afganistán es la crónica de un fiasco de la comunidad internacional, principalmente de Estados Unidos, cuyos gobiernos, durante dos décadas mantuvieron sus tropas en el país para proporcionar la estabilidad necesaria que propiciara la reconstrucción. No se escatimaron inversiones para ello. Pero entre opio, incultura y desidia, más la actitud de algunos dirigentes interiores y vecinos a los que no faltó tiempo para contentar al talibán, el fracaso es palpable. El presidente estadounidense, George Biden, dijo en su mensaje a la nación que las tropas no iban a intervenir en una guerra en la que los propios afganos estaban dispuestos a no disparar.

Ha sido la gran oportunidad perdida. Si se quiere, un ensayo estéril. Tal como evoluciona el mundo, no se volverá a dar. Ahora todo se desmorona y los llantos y lamentos no servirán de nada. El afgano es un pueblo cansado y derrotado. Según el Centro para la seguridad y la Cooperación Internacional de la universidad estadounidense de Stanford, los talibanes «son islamistas sunitas extremadamente conservadores cuyo objetivo es establecer un auténtico gobierno islámico, un estado y una sociedad basadas en una interpretación muy estricta del Islam». No tienen objetivos internacionales, «el único objetivo de su lucha es Afganistán», según la profesora Ashley Jakcson, del Overseas Development Institute, un grupo de reflexión independiente con sede en Londres. Los integristas aseguran que si llegan al poder «las mujeres tendrán derecho a trabajar y a estudiar, y la prensa será libre». Pero, como recuerda otro investigador francés, Karim Pakzad, “cada vez que lo talibanes anuncian medidas de apertura terminan con la frase ‘en el marco de la charia’.

Los talibanes de hoy «son incluso peores que los de los años noventa. Saben negociar con la población, saben hablar con los periodistas, saben utilizar Twitter para expandir su propaganda». Pero sus objetivos siguen siendo los mismos. Según los especialistas de la universidad de Stanford, no se conoce el número exacto pero se calcula que cuentan con más de setenta y cinco mil combatientes, y en el plano económico se han hecho con numerosos recursos.

Solo queda esperar que atrevidos o intrépidos reporteros dentro de unos meses se infiltren en la nueva vida afgana y hagan llegar al mundo imágenes de su desenvolvimiento. Aunque ya queda escasa capacidad de asombro, volveremos a palpar el desastre.

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