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OPINIÓN | Efecto Messi | Pablo Zurita

Foto: Blog de Pablo Zurita.

Lágrimas. A moco tendido. Desde los trece en el club, veinte años de dedicación exclusiva. Títulos, goles y muchas tardes de fútbol excelente. Gran cantidad de emociones, muchos años de profundas emociones: cada gol, cada pase de gol, cada victoria. Una relación asimétrica entre miles de personas que aman al ídolo y pagan por verlo jugar, y el ídolo que tenía un contrato. Un contrato por dinero, claro, tantísimo dinero que ni los hijos ni los nietos ni los bisnietos del astro argentino tendrán que trabajar para llevar una vida padre. Lo cual es admirable, producto del funcionamiento eficiente de la oferta y la demanda, nada que objetar. La confusión alcanza al interfecto que patina y vierte lágrimas de tristeza por su partida inminente en lugar de llorar de alegría por la oportunidad que le dio el club, la admiración de los aficionados y el enorme peculio recibido.

Rebaja. Al final de la rueda de prensa un avezado periodista -en correctísimo catalán de Cataluña- le pregunta si no planteó bajarse la ficha (el sueldo) lo suficiente para sortear la restricción de La Liga y de paso aliviar el sufrimiento por tanto desconsuelo, aunque esto último no lo dijo de manera explícita. Y acabó la magia. Un segundo de pausa, un sutil cambio de registro, vaya, jodido dinero que lo contamina todo. Ofreció un cincuenta por ciento de rebaja, confesó, pero nada, ni equilibra el presupuesto ni la fidelidad es gratis. Aplausos y hasta siempre.

Confusión. Es habitual. Las emociones ayudan a justificar las decisiones pero manda la pasta. El trabajo no deja de ser un intercambio de tiempo por dinero y, algunas veces, de mucho talento por muchísimo dinero, como es el caso. Aunque, por lo general, el amor en lo laboral es muy poco fiable para ambas partes. La legislación no ayuda, define el tándem trabajador/empresario como matrimonio canónigo con elevados costes de divorcio. Para quienes no somos estrellas del deporte el mecanismo oferta/demanda no va bien del todo lastrado por ese compromiso leonino. Ni el trabajador renuncia al derecho adquirido ni el empresario suele estar dispuesto a soltar pasta ni a asumir el desgaste del conflicto.

Premio. No, no trabajamos por amor, ni en las empresas familiares. El ejemplo de Messi ilustra a la perfección el fenómeno. Trabajamos porque no nos queda otra. Desconfíe cuando reciba halagos y palmadas en la espalda como único premio por su dedicación o eficacia. Aunque a usted el dinero no le importe demasiado. Una cosa es tomarse el curro en serio, asumir retos o cumplir objetivos y otra bien distinta pensar que su jefe le quiere y usted a él.

Sufrimiento. Cuando la relación laboral acaba -cualquiera que sea la causa- todo vale, con lágrimas o sin ellas. El trabajador despechado y la empresa ofendida, no falla. Con sufrimiento asimétrico, además: el trabajador siempre pierde, cuanta más bronca, más pierde. Recuerde que aunque no sea capaz de meter más de treinta goles por temporada, siempre hay una oportunidad en la competencia. Todos tenemos un PSG encantado de recibirnos con los brazos abiertos.

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