FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | Exegénisis curbelita | Francisco Pomares

Uno, que lleva en esto ya cuarenta años, desistió hace un par de décadas de intentar comprender por qué ocurren la mayor parte de las cosas que suceden. En plena histeria desatada en el Gobierno de Canarias por los últimos acontecimiento monclovitas, y con todo tipo de rumores pandémicos, jurisdiccionales, políticos y no tanto, Casimiro Curbelo abrió el viernes en la SER la caja de Pandora con una catarata de declaraciones aparentemente sin motivo ni agenda.

¿Por qué las hizo? Es difícil esbozar siquiera una respuesta acertada sin dejar claro que las hizo porque pudo y le plujo.

Curbelo es un superviviente de la política canaria, un tipo blindado aún a sus sesenta y cinco años –ya es mérito– contra la apatía y el desencanto, un hombre moderado y muy poco dado a la desmesura, pero es también un ser humano. Un ser humano bastante cabreado de un tiempo a esta parte. Y eso lo sé de buena tinta: no puedo asegurarles que todo lo que voy a contarles ahora no sean más que ocurrencias mías, pero conozco bien a Curbelo desde hace esos cuarenta años que les dije al principio de la tira, y se cuando está cabreado. He seguido su trayectoria todo ese tiempo muy de cerca. Le critiqué cuando ejercía sin oposición alguna como dueño y único señor de La Gomera, y también le defendí públicamente las dos veces que sus pupilos hicieron por lincharle, la primera con una trama mal urdida de acusaciones sin cuento bautizada como ‘caso telaraña’, y la segunda lo convirtieron en rijoso protagonista de una historia inventada sobre él y su hijo en una casa de perdición. No recuerdo caso más sonado de estúpida saña y mentiras hilvanadas al pespunte, pero sí recuerdo la cobardía de los que se decían sus amigos y le dejaron tirado en la cuneta del PSOE, con un tiro de honor en la bragueta. Pensaron que lo habían acabado, pero Curbelo es un resistente y quienes intentaron quedarse con los restos de su reino, una panda de giles, vividores y señoritos que presumen de ser de izquierdas, de esos que piensan que ser de izquierdas es pasear en coche oficial y hablar de cómo se cambia el mundo con el Presupuesto. Curbelo, un político socialista y social, preocupado por su gente y con sentido común, fue desahuciado por el que fuera su partido, pero se reinventó con ayuda de cuatro gomeros jóvenes, y se hizo imprescindible en la política canaria. Lo fue en la pasada legislatura sosteniendo con sus tres votos un Gobierno de minoría, y lo está siendo ahora en este Pacto de las Flores que prometió cambiar Canarias y apenas ha logrado que las cosas sigan exactamente igual (de mal) que siempre.

Por eso mismo, Curbelo está harto. Harto de incumplimientos, harto de ninguneos y harto sobre todo de incompetencia. De todo el ruido de sus declaraciones –lo de que piensa en la Presidencia, lo de plantar su partido por las otras islas, lo de que habrá sorpresas importantes antes de fin de este año– lo único que realmente cuenta son dos mensajes perfectamente medidos para que los entiendan quienes deben. Uno para el presidente Torres, al que le ha dejado claro que puede tirar aún más de él –y de lo que él mueve en la oposición– si Torres se decide a asumir el mando. Es un mensaje de lealtad, no exento de cierta dosis de reproche. Curbelo cree que Torres debe dejar de ser el primus inter pares de un Gobierno con bicefalia, abandonar los ejercicios de equilibrio, sentirse seguro y pasar a la acción. Actuar como jefe. Mandar. Eso le está pidiendo que haga.

El otro mensaje es para Román Rodríguez, que ese si lo ha entendido a la primera, de tonto no tiene un pelo. Le ha dicho que aproveche lo que queda de legislatura.

Lo que a él –a Román– le queda.

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