FIRMAS Salvador García

OPINIÓN | En la órbita de los ingleses (I) | Salvador García Llanos

El vigésimo sexto de ciclo de Conferencias de Historia Local que promueve el Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias (IEHC) y que forma parte del programa de las Fiestas de Julio incluyó este año la intervención titulada «En la órbita de los ingleses’, cuya primera parte de reproduce a continuación.

Agradezco, en primer lugar, a los promotores la oportunidad de contribuir a la prolongación de este ciclo en el marco de las Fiestas de Julio.

En la órbita de los ingleses, comenzamos a estar los chiquillos portuenses cuando bañándonos en el muelle o en San Telmo, exclamábamos “¡penny, penny!”, un valor de cambio monetario usado en el Reino Unido, la centésima parte de una libra esterlina y la doceava parte de un chelín, una pequeña moneda, que pedíamos a los turistas que arrojaran al agua para rescatarla de las profundidades, muchas veces sin gafas, y convertirnos en buceadores de primera. Era el penique antiguo, expresión utilizada en el ya declinante Imperio para describir la unidad monetaria antes de la adopción del sistema decimal en 1971.

Años después, otro grito popular, “¡no turista, no peseta!”, se impuso entre jóvenes y adolescentes, a propósito del enfado que solía coger un británico, casi anciano, al que pedían monedas, no quería pasar como uno más de los miles de visitantes y terminó afincándose entre nosotros.

Puede que muchos de esos mismos chicos se recrearan en la recogida de los denominados ‘dátiles ingleses’, en las inmediaciones del Sitio Litre (‘Little place’, ya que estamos) y alrededores del parque Taoro, donde buscaban algún chorro de agua con el que lavar aquellos frutos que parecían un manjar cuando se trataba de merendar de una forma espontánea y desenfadada.

Estamos en la década de los años sesenta del pasado siglo. Cuando eso, Guillermina Minita Carmona ya enseñaba el idioma universal a los escolares; y a la espera de cursar el bachillerato, también lo hacía en su casa junto a la clínica Tamaragua, miss McDonell, también conocida por ‘miss Macky’, una británica que había sobrevivido milagrosamente, refugiándose en los subterráneos del metro, al bombardeo de Londres en diciembre de 1940 por parte de la Luftwaffe, uno de la serie de cincuenta y noches consecutivas que padeció la capital londinense.

En esos mismos años –unos aprendiendo el idioma y otros castellanizando algunas voces- a los adolescentes nos mandaban a Casa Reid, en los alrededores de la Plaza Concejil, o junto a los Agustinos. Íbamos a comprar artículos exclusivos, como la mantequilla, un jamón delicioso cortado en lonchas muy finas y, por supuesto, las galletas inglesas. El nombre quedó inmortalizado con un dicho del habla coloquial:

-¿Inglés? No, don Thomas Reid.

Pero para frase popular, aquella atribuida a un administrativo ocurrente del sector agrícola, de costumbres fijas, incluida la de su atuendo, en los alrededores de la plaza del Charco:

-¿No fumas, inglés?-, respondía reiteradamente Juan Francisco, aunque le preguntaran por el resultado del Puerto Cruz.

Por esas fechas, los fumadores encontraron sus marcas preferidas (las cigarette brand) y que entrarían en su particular historia del consumo: Rothmans, Peter Stuyvesant, Kent o Dunhill.

Es decir, los ingleses estaban ahí, en el consumo, en los modismos lingüísticos, en la manera de acceder a la información (escuchar la BBC de Londres en los viejos aparatos o en los primeros modernos transistores era todo un toque de distinción) y seguir el ritual de los extranjeros comprando los periódicos ingleses en los expositores de la librería de Fernando Luis.

Para nosotros, los ingleses eran los extranjeros con los que aprendimos a convivir y a relacionarnos. Su presencia en el ámbito local, estudiada y documentada a fondo, entre otros, por el profesor Nicolás González Lemus, autor de varios libros dedicados al conocimiento histórico de un auténtico proceso social y económico, fue creciendo durante siglos para resultar determinante en la evolución del municipio hasta que fue palideciendo, bien es verdad que algunas huellas aún se conservan y explican por sí mismas la dimensión de esa órbita que da título al presente trabajo que no tiene pretensiones historicistas sino más bien relatar, con inevitable estilo periodístico, algunos vínculos que han jalonado una relación cultivada durante años, impregnada de hechos y personajes para fortalecer ese espíritu cosmopolita y multiculturalista que ha caracterizado a la ciudad.

En los albores del siglo XVI, en efecto, llegan los primeros ingleses a las islas, atraídos por el desarrollo de actividades comerciales que adquieren especial relevancia en el XVII. Escribe el joven historiador realejero Javier Lima Estévez que la presencia de la comunidad fue adquiriendo una importancia cada vez mayor en el archipiélago. En efecto, a lo largo de los siglos XVIII y XIX, las Islas Canarias aparecen “en innumerables relatos de diversos viajeros y viajeras que no dudaron en relatar, criticar o destacar todos aquellos aspectos que consideraban significativos”. Precisamente, González Lemus publicó un trabajo en el Anuario de Estudios Atlánticos del año 2012, titulado “De los viajeros británicos a Canarias a lo largo de la Historia”, en el que los más interesados pueden acceder a una información pormenorizada de quiénes fueron, por qué vinieron y qué cometidos desempeñaron.

Promovieron, a finales del siglo XVII, la disposición de un espacio digno donde dar sepultura a sus compatriotas, dicen que el primer cementerio protestante de España. En el tránsito de las centurias del XIX y XX, edificaron sus iglesias protestantes en las dos capitales canarias y otra aquí, en el parque Taoro del Puerto de la Cruz, aprovechando las opciones de la libertad de culto de la Constitución de 1876. Establecieron espacios culturales y de ocio destinados a fomentar hábitos sociales y aglutinar afanes comunes donde defender sus intereses.

Pensemos, por ejemplo, en que el capital británico fue determinante para impulsar el desarrollo de cultivos como la cochinilla, el plátano y el tomate. Se afincaron empresas y compañías inglesas que controlaron las exportaciones fruteras del archipiélago: Yeoward Brothers, Miller and Company, Fyffes and Hudson… En ese contexto, sobresale la labor del empresario David J. Leacock quien dejó su multimillonaria herencia a once trabajadores. Por otra parte, siguiendo la investigación de Lima Estévez, durante el siglo XIX, “encontramos una participación activa y fundamental de los británicos en el desarrollo de la incipiente actividad turística. En ese sentido, es importante destacar la creación de la Compañía de Hoteles y Sanatorium del Valle de La Orotava, con un significativo capital británico; el hotel ‘Santa Brígida’, en Gran Canaria, construido por emprendedor británico Alarico Delmar; o la función del comerciante inglés Henry Wolfson en la puesta en funcionamiento del hotel ‘Quisisana’.

En la órbita de los ingleses, pues, la influencia en los órdenes social, comercial y cultural fue notable en el Puerto de la Cruz. Históricamente, la suya constituye una aportación sustantiva, como lo prueba el asentamiento en el municipio de familias y entidades de origen anglosajón; el que algunos de nacionalidad inglesa e irlandesa ejercieran como alcaldes; la habilitación de espacios funerarios y religiosos; haber sido durante unos cuantos años la sede del Consulado del Reino Unido y que destacados personajes de la ciencia, la cultura y las artes de origen británico se alojaran en el pueblo. Aquí convivieron, entre otras familias de postín, los Cologan, White, Lavaggi, Yeoward y Reid.

El Martiánez fue el primer hotel, antes que los antiguos establecimientos Taoro o Metropol, en Las Palmas de Gran Canaria, en acoger a los turistas ingleses. Los puertos –un alarde de generosidad considerarlos así, pero bueno- de Garachico y Puerto de la Cruz tuvieron su relevancia en la comercialización y distribución de las producciones de frutos y vinos a Inglaterra, como se cita, en numerosas ocasiones en la obra del mismísimo William Shakespeare, bien es verdad que no con la palabra malvasía, según el investigador lanzaroteño, autodidacta, Bruno Perera, quien traduce de la obra Enrique IV (Segunda parte, acto II, escena IV):

Mistress Quickly dice a Doll Tearsheet: “Por mi fe que habéis bebido demasiado vino canario, un vino maravilloso y penetrante que perfuma la sangre antes de que se pueda decir: ¿qué es esto?”.

El catedrático de Filología Inglesa y Alemana de la Universidad de La Laguna, Pedro Nolasco Leal Cruz, ha elaborado un estudio sobre “El término Canary en inglés. Análisis del uso de canary, sack y malmsey en William Shakespeare” y que fue publicado en el número 61 del Anuario de Estudios Atlánticos, en 2015.

Sus conclusiones: El término Canary (bajo distintas formas) aparece en inglés desde la época medieval. Se recoge en muchos autores conocidos de lengua inglesa, bien como vino, bien como baile o bien como tipo de pájaro.

La voz Canary es utilizada ocho veces por Shakespeare, cuatro para referirse al vino canario y cuatro para referirse a una danza de origen prehispánico muy conocida en Europa. No aparece la voz Canary para hacer referencia al pájaro canario en este autor.

El uso de sack en la obra de W. Shakespeare hace referencia evidentemente al vino malvasía canario, pues hemos detectado que en casi todas las obras donde aparece sack se cita a su vez Canary, bien como vino canario, bien como danza (el canario), o bien se cita el azúcar y/o las conservas (hechas de azúcar).

Y lo demuestra obra por obra.

En la órbita de los ingleses hay que situar la centenaria existencia de The English Library, aún en funcionamiento, ubicada en los límites del parque Taoro, muy cerca del colegio británico Yeoward, y de la iglesia anglicana de Todos los Santos (culto protestante), ubicada en el mismo parque, recientemente reformada. También funcionó hasta hace una década el Club Social Británico, de los primeros donde se jugó al tenis en la isla y donde la colonia inglesa pudo desarrollar durante décadas sus usos y hábitos sociales. El Sitio Litre (Little Place), acogedor espacio aún abierto, conserva la tipología constructiva del mejor estilo inglés.

Una obra de consulta, analítica y reflexiva, profusamente documentada –más de quinientas páginas y ciento diecisiete ilustraciones- con indudables valores de investigación, los cuales proporcionan una visión muy rigurosa de nuestra historia, vinculada al hecho turístico desde antes de ser industria, resulta determinante para comprender la trascendencia de la aportación británica a nuestro proceso social.

Hablamos de Historia del turismo del Puerto de la Cruz, a través de sus protagonistas, escrita por Nicolás González Lemus y Melecio Hernández Pérez, prologada por Isidoro Sánchez García y editada por Escuela Universitaria Iriarte. Es una de las fuentes primordiales de nuestro principal sostén productivo y de una parte sustancial del municipio que ha luchado para abrirse paso, sortear las dificultades y ocupar un sitio destacado en el concierto de las ciudades que disponen de una oferta turística y son, en sí mismas, un destino.

Más de diez años se han cumplido de la publicación, tiempo que ha servido para esclarecer muchos porqués, las razones de algunas decisiones y la dimensión de personajes que intervinieron, en mayor o menor medida, en la conformación, en los avances sociales y en los momentos de zozobra.

Con motivo del décimo aniversario, escribimos: “Toda historia tiene su principio. Hay nombres que, por derecho propio, ganaron su puesto y hasta hundieron sus raíces en la tierra agraciada por su clima y por su geografía. El súbdito alemán Osbert Ward, el británico míster Harris, el doctor inglés Ernest Harts, el coronel Wethered, el científico Edward Beanes son, entre otros, nombres vinculados a la historia turística del Puerto de la Cruz, de la que tanto saben González Lemus y Hernández Pérez que, naturalmente, se habrán familiarizado con ellos. Nosotros hemos indagado en la documentación que acopió el que fuera cronista oficial del municipio, Nicolás Pestana Sánchez, a quien el hecho turístico, cuando no había Internet y apenas se manejaban algunas publicaciones, fotos y grabados, el hecho turístico -decíamos- no le fue ajeno.

Así, Ward publicó en 1903 el libro The Val of Orotava, en el que habla de los intentos de escalar el Teide con fines científicos o geológicos y de los beneficiosos efectos climáticos. En esa obra se fija 1866 como principio de la arribada de extranjeros a las islas.

El tal míster Harris se da cuenta del “sitio ideal para la explotación de un buen hotel”. Logra fundar una compañía, arrienda la casa y jardines anexos, propiedad de doña Antonia Dehesa, viuda de García, ubicada en el que hoy estaría el antiguo y cerrado hotel ‘Martiánez’, víctima de la dañina fórmula del ‘time-sharing’ ya en los ochenta del pasado siglo. Allí se abren las puertas del denominado ‘Gran Hotel’, del que Harris sería el director. El Puerto empieza a ser conocido en el extranjero.

Un médico, Ernest Harts, disfrutó de un período de siete semanas entre nosotros. Se fue encantado y al regresar a Londres publicó varios artículos en Pall Mall Gazette British Medical Journal, elogiando las bondades del valle y “los lugares como el mejor sitio para extranjeros veletudinarios” para pasar el invierno por curiosidad o placer. El efecto fue inmediato: subió el número de ingleses en la temporada invernal del año siguiente, 1887.

Coronel Wethered, promotor de la mansión denominada “El Robado” (destruida hace unos pocos años en un pavoroso incendio), en una zona de malpaís, fruto de las erupciones volcánicas de 1430 de las que surgieron los tres conos conocidos por Montaña de Las Arenas, Montaña de Los Frailes y Montaña de La Gañanía, estas dos últimas en el término municipal de Los Realejos. Según el testimonio de Pestana, para sortear los problemas de movilidad, se dispuso la utilización de hamacas y carritos para transportar a los inválidos de hotel a hotel y hasta para algunas salidas nocturnas.

Otra de las adiciones al Grand Hotel Company fue la del Marquesa cuyo edificio fue acondicionado para recibir un mayor número de turistas. Empezaron a pensar entonces en empresas de más altas aspiraciones, aunque se dividiera la iniciativa empresarial: por un lado, el capitaneado por míster Harris; y por otro, una nueva sociedad denominada “The English Grand Hotel Company”. Harris, siempre según Pestana, rompe con el Gran Hotel Company, del cual había sido manager. Él había defendido la posibilidad de edificar un nuevo hotel en terrenos de La Paz, sobre el promontorio situado al este del antiguo hotel Taoro y el Jardín Botánico. La idea no prosperó y míster Harris desaparece de la escena.

Estamos en la primavera de 1888. Llega al Puerto de la Cruz míster Edward Beanes, un científico dotado de un alto talento comercial. Era íntimo amigo del doctor Víctor Pérez, quien le pone en antecedentes del proyecto de construir un nuevo establecimiento hotelero. La iniciativa entusiasmó tanto al señor Beanes que prestó toda clase de ayuda, incluso la económica, con el fin de que los proyectos se materializaran a la mayor brevedad posible. Establecidos los ideales de la nueva sociedad, varias aportaciones de casas y firmas con residencia en Santa Cruz de Tenerife hicieron viable la actuación de un nuevo hotel que se empieza a construir en donde fue levantado el Gran Hotel Taoro, un lugar elegido por Víctor Pérez con arreglo a los planos de un arquitecto francés, de Lyon, Adolph Coquet.

En 1890 se inaugura la primera parte construida. El relato del cronista Pestana merece ser reproducido: “Abriéronse carreteras -señala- a través de los enormes terrenos destinados a jardines y lugares de esparcimiento, a través de una verdadera montaña de escorias y cenagal volcánicos, por cuyo motivo estos terrenos eran conocidos por Malpaís, ocupando estos jardines una extensión superior a las once hectáreas, en las cuales se plantaron unos doce mil árboles de todas clases”.

(Continuará mañana).

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