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OPINIÓN | Slow living hotel | Momo Marrero

Hace un tiempo escribí un artículo sobre los destinos slow, aquellos que se caracterizan por una marcada política de respeto al medio ambiente, que potencian la sostenibilidad, protegen el territorio de la ocupación irracional y desmedida, y promueven la hospitalidad, el respeto a las tradiciones y a la cultura popular, una tendencia que no es pasajera y que el sector alojativo debería considerar y desarrollar bajo el concepto de slow living hotel.

Según un artículo firmado por Roya Zeitoune (directora de Cultura y Tendencias de Google) y Nicolas Szmidt (director de investigaciones sobre Tendencias Internacionales en YouTube) en el blog www.thinkwithgoogle.com bajo el título Slow living: una nueva tendencia en crecimiento entre los consumidores, una de las secuelas que nos ha dejado esta pandemia ha sido una reducción considerable de nuestro ritmo de vida, que nos ha llevado a adoptar una rutina denominada slow living o slow life. Al parecer las visualizaciones de vídeo asociadas a las keywords ‘slow living‘ se multiplicaron por cuatro durante el año 2020 respecto al año anterior. Y una de las conclusiones más interesantes que recogen los autores está en reconocer que ha habido un cambio en el comportamiento de los consumidores y este cambio refleja nuevos deseos y necesidades.

Pero ¿qué es realmente el slow living? Según diversos autores consultados y enlazándolo con el concepto ya comentado de los destinos slow, podríamos definirlo como una corriente cultural que promueve un estilo de vida centrado en disfrutar de lo que nos rodea, de los pequeños detalles de lo cotidiano, con un ritmo pausado, sin prisas, sin estrés, sin agobios, con el fin de gestionar en propiedad nuestro tiempo. Se trata por tanto de disfrutar del aire libre, de la naturaleza, de una buena comida, de un buen libro, de una buena conversación… pero hacerlo de forma relajada, disfrutando de cada instante, desconectando digitalmente y ganando tiempo al tiempo.

El slow living fomenta en todos los ámbitos de la existencia el descanso, el bienestar, la salud, el sosiego, pero también la comunicación entre los individuos que lo practican.

Como ya hemos comentado no se trata de una tendencia pasajera y por tanto deberíamos plantearnos si nos interesa dar respuesta a esta creciente demanda, adaptando para ello nuestro modelo de negocio, nuestra estrategia, nuestra comercialización y nuestra comunicación.

Personalmente creo que un slow living hotel no necesariamente ha de ser un hotel rural, sería demasiado simple; esta corriente cultural también se puede y se debe adaptar en hoteles de ciudad o de sol y playa. Se trata de una oportunidad de negocio que nos permite aportar valor añadido. Pero requiere un cambio de mentalidad en la gestión de la cadena de valor del establecimiento como producto, mediante la elección del valor (conjunto de aspectos tangibles e intangibles diferenciales asociados al producto/servicio por los que el cliente está dispuesto a pagar), la comercialización del valor (puesta a disposición del cliente del producto/servicio) y la creación del valor (consumo del producto/servicio y fidelización). Todo ello con el fin de generar ventajas competitivas y lograr que éstas sean percibidas, valoradas y den respuesta a la demanda insatisfecha del cliente.

En mi opinión el slow living hotel se ha de sustentar en cuatro soportes básicos – entorno, espacio, ambiente y servicio – que giran en torno a tres principios fundamentales – bienestar, salud y sosiego. El resto está por definir y por aplicar… sin prisa pero sin pausa.

Infografía: Momo Marrero

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