FIRMAS Salvador García

OPINIÓN | Prevención y resiliencia | Salvador García Llanos

Unos cuantos huecos se han ido abriendo en la tierra a lo largo de las últimas fechas en distintos lugares, uno de ellos en un bloque de viviendas del barrio de Ofra en la capital tinerfeña, motivado, según parece, por una fuga de agua. Por fortuna, no hubo que lamentar víctimas y ahora se está a la espera de los informes técnicos correspondientes.

En la era del COVID-19, estos sucesos llaman la atención. En seguida pensamos en desastres naturales pero no reparamos en que son consecuencia de fallos sociales que, reiterados o agravados por cualquier otra circunstancia, producen resultados lamentables. Por eso, vuelve a hablarse de la prevención como factor determinante para tratar de impedir la aparición o la expansión de variantes y contagios subsiguientes. Y se hace hincapié en la resiliencia que consiste, sencillamente, en no dejar de mejorar.

Sin querer establecer relación entre los huecos en la tierra y los estragos de la pandemia, hay que prestar atención a las que pueden sobrevenir. Sobre todo, porque de algo tendrá que servir la experiencia acumulada para superarla. Nunca más fácil de emplear el mejor prevenir que curar. No deberíamos ser ajenos a nada, mucho menos cuando se dispone de elementos empíricos. El profesor del departamento de Salud y Desastres de la Universidad de Agder, en Noruega, Ilan Kelman, ha escrito que “la recuperación pospandemia mediante la resiliencia significa seguir esforzándonos para prevenir pandemias y otros desastres inculcando una ética de responsabilidad. Esta responsabilidad admite y reconoce que las elecciones de la sociedad generan desastres “naturales” al tiempo que nos brinda distintas alternativas que han de servirnos de ayuda. De lo contrario, estamos garantizando que vendrá otro desastre devastador, mundial y claramente no natural, junto con otros muchos más pequeños”.

Kelman pone como ejemplo de lo que debería hacerse para recuperarnos el apoyo y la implementación de una vigilancia internacional de enfermedades que permitiera contar con mejores sistemas de detección y respuesta ante la extensión de nuevos patógenos. Pensemos no solo en los tres millones y medio de muertos sino en las dificultades para producir y administrar vacunas para todos y en las secuelas que a medio y largo plazo se están generando en la convivencia cotidiana y en el funcionamiento de los sectores productivos.

Hablamos de experiencia acumulada y ahí habría que situar el compromiso colectivo para implicar a todo el mundo en la prevención de desastres. Hay que unirse y ser eficaces para superar las brechas identificadas. Hay que practicar la prevención, siquiera esa elemental y sobradamente repetida: respetar la distancia intersocial, lavarse constantemente las manos y cubrirnos nariz y boca cuando compartamos espacios cerrados o estemos entre muchas personas. Lastimosamente, algunas de estas cosas no se cumplen. Y entonces, preparémonos para cualquier efecto negativo, quinta ola, restricciones indeseadas o lo que sea, decisiones judiciales incluidas.

Es una cuestión de ética y civismo.

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