FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | Patriotismos | Francisco Pomares

Cataluña corre el peligro de convertirse en un ente imaginario, un pisto de clichés y fastasmagorías que no tienen nada que ver con lo que de verdad hay y lo que se siente. Un puré pasado por Esquerra y sus derivados y asociados, por la túrmix del patriotismo catalán más mustio, y por el Gobierno Sánchez por el chino de los lugares comunes sobre el diálogo, la asimetría y el indulto considerado como un derecho del Gobierno, no como una herramienta que requiere de mucho sentido común.

Si el nuestro fuera un país más civilizado, como antes del brexit se decía que era el Reino Unido, quizá habríamos encontrado hace tiempo y entre todos la forma se convivir con este entuerto histórico. Pero en vez de hacer caso de las recomendaciones de Ortega sobre la necesidad de aprender a ‘conllevarse’ con los del Principado, lo que hicimos fue permitir que se alimentaran las diferencias hasta hacerlas insalvables.

Ahora nos hemos metido en un berenjenal sin salida, porque la única salida que aceptan los que hoy mandan en Cataluña es hacer lo que ellos quieren. Hace diez años, eso probablemente se habría parecido mucho a lo que los escoceses dijeron que querían. O no. Pero esa no es la cuestión. La cuestión es que la negativa a buscar cauces para un entendimiento, ha convertido el escaso atractivo de una idea tan rancia y viejuna como la independencia, en un asunto por el que media Cataluña está ahora dispuesta a jugarse su futuro.

Nos encontramos, pues, ante una nueva demostración de que en la política española lo importante acaba siendo siempre quien la tiene más larga. El Govern tendió una trampa al Gobierno de España que al final se convirtió en una trampa a sí mismo. La campaña secesionista, la convocatoria de una consulta que no podía producirse en el marco de las leyes actuales, el traslado al pueblo catalán de la ofensa que supuso no permitirle un derecho a decidir que no está en nuestro ordenamiento constitucional, dio como resultado el inicio de un proceso revolucionario y la combustión en absoluto espontánea de la convivencia entre catalanes.

Pero fue la necesidad de Sánchez de sumar apoyos para su censura a Rajoy la que ofreció a los independentistas la oportunidad de pesar en política nacional lo que jamás habían soñado, y de vender su apoyo a precio de solomillo. Ahora, a pesar de la palabrería cada vez más rimbombante y el ridículo juego de patriotismos impostados que ha contaminado todos los discursos, a pesar de las mesas de negociación, los gestos en el Palau y los millones y millones del Presupuesto nacional y los fondos europeos entrando a chorros en una región donde nadie controla nada, la política está muerta y sus líderes cubiertos hasta la coronilla de porquería, con la pequeña ayuda de ese grupo de aventureros descomplejados que realmente creyeron que el Estado era tan fácil de ganar como el cielo.

Por eso, cuando se desdibuje el efecto catártico de los indultos, toda esta operación de celebración de lo imposible sólo va a tener dos beneficiarios: el patrioterismo catalán más radical, que rentabilizará la representación del martirio de ese pueblo que se envolvió en las estelada con la misma devoción con la que la Pantoja se envolvía en la roja y gualda, y el patrioterismo español, que va a vender la rendición de Sánchez frente a Cataluña como el mayor éxito de las derecha en este mandato de pandemia y sombras.

Hay un público en España dispuesto a aplaudir que a Cataluña se la embride con mano dura: es el mismo que estaría dispuesto a aplaudir la mano dura en cualquier otra circunstancia, con el añadido de todos esos jacobinos de buena fe que creen que la Autonomía –cualquier autonomía– sólo es despilfarro, desvergüenza y disolución del patrimonio común. La derecha va a pasar la bandeja y recoger concienzudamente –como ya ha hecho en Madrid– los frutos del órdago catalán: mientras, la izquierda se mira en el ombligo perfecto que Iván Redondo le ha dibujado a su señorito y el país se deshace, la derecha volverá a gobernar. Y acabaremos teniendo no una, sino dos Cataluñas irredentas: la de los independentistas catalanes y esa otra patria asalvajada que antes era la nuestra.

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