FIRMAS Salvador García

OPINIÓN | Varapalo a la ultraderecha francesa | Salvador García Llanos

Fiasco, lo que se dice todo un fiasco.

La ultraderecha en Francia, donde no le da vergüenza porque la identifiquen o nombren así, ha sufrido un auténtico varapalo en las urnas, donde más le duele. Porque en las urnas es donde se miden las fuerzas, democráticamente hablado.

El resultado interesa en España, donde la amenaza de quienes animan y estarían encantados con una involución sigue latente.

Pareciera que ya ha alcanzado su techo la Agrupación Nacional (AN) de Marine Le Pen. Ya en la primera vuelta el retroceso fue notorio y aunque entonces la enorme abstención fue le ganadora hasta batir récords, no es menos cierto que la derecha clásica, los Republicanos, vencieron y empujaron al abismo a la AN.

Faltaba la segunda vuelta y aquí recibió la puntilla, de modo que no ganó en ninguna región en medio de una nueva ola abstencionista que superó el 65 %. Un frente republicano, apoyado por formaciones conservadoras, centristas y de izquierdas, conformaron un auténtico “cordón sanitario” acabó con los mensajes y las propuestas de Le Pen, bien es verdad que tampoco salió muy bien parado República en Marcha, el partido del presidente francés, Emmanuel Macron, que tampoco ganó en circunscripción y obtuvo unos resultados mediocres, calificados de decepcionantes por el portavoz del Gobierno en su comparecencia ante los medios.

Las elecciones regionales galas, pues, han servido para volver a constatar las dificultades que tienen la Agrupación Nacional y la señora Le Pen a constatar las dificultades de transformar todo su apoyo popular en cargos de responsabilidad en las instituciones. Los franceses, está demostrado, no quieren ese extremismo de derechas. Pese a que, desde hace años, las encuestas elevan las expectativas y sitúan al Frente Nacional –antigua denominación de la organización, cuando era encabezada por el padre, Jean Marie Le Pen-, estos comicios del pasado domingo vuelven a poner en evidencia las limitaciones del partido. La supuesta moderación de Marine Le Pen -¿es que hay moderación en esa opción o ideología?- favorecería –eso decían los analistas- más respaldo electoral, un respaldo ampliado. En realidad, se trataba de sumar a los descontentos. Sin embargo, pese a que el partido ha sido capaz de atraer a más votantes, lo cierto es que su líder no ha hecho más queacumular derrotas año tras año. Cierto es que consigue encabezar las encuestas e incluso puede llegar a ser la organización política más votada en las primeras vueltas, pero en la práctica alcanzar las instituciones es una quimera porque todas las opciones del abanico electoral francés, desde la derecha tradicional hasta la extrema izquierda, están comprometidas en evitar que la Agrupación Nacional (AN) gobierne.

El cordón sanitario ha hecho retroceder a la ultraderecha que no se rinde, seguro. Ahora revisarán estrategias y hasta es posible que insistan en la moderación como línea de trabajo político. Pero la terquedad, salvo que los partidos de ese frente republicano cometan errores de bulto y los votantes se disparaten, hará ver a Le Pen y los suyos el muro que no podrán franquear.

El asalto al poder tendrá que aguardar. Para desespero, por cierto, de algunos observadores y medios españoles que aún creen en las involuciones.

Pero, bueno, los demócratas franceses tendrán otro frente del que ocuparse: esa abstención que galopa sin control. La democracia es aburrida, dijo un día Felipe González. Algo habrá que hacer y agitar para movilizar a la ciudadanía y hacer que sus convicciones no sigan menguando.

Que no se conformen con los fiascos ultraderechistas.

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