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OPINIÓN | Román en modo campaña | Francisco Pomares

Dos años justos, la mitad de la legislatura, es lo que ha tardado Román Rodríguez antes de activarse en modo campaña. Parece que los sondeos que maneja su gente del sociobarómetro alertan sobre la pérdida del escaño en Fuerteventura (era un escaño prestado, lo perdió de hecho en la última crisis majorera, cuando la diputada Sandra Domínguez abandonó el grupo parlamentario de Nueva Canarias) y de la posibilidad de perder uno más en Gran Canaria frente al empuje de Vox, que aspira a dos en la isla. Pasar de cinco a tres escaños no sería precisamente una buena noticia para Rodríguez, no le queda tiempo para muchos intentos más: para 2023, cuando empiece la nueva campaña estará ya oficialmente en la tercera edad…

Quizá por eso, mientras el presidente Torres se mantiene en un tono bajo, casi huidizo, amargado por haber tenido que sumar los votos de los diputados del PSOE a los del resto de los partidos en el asunto del REF (Sánchez tiene tendencia a pasar factura por el más mínimo desliz), Rodríguez se descubre como el principal beneficiario de las últimas crisis a las que se enfrentado el pacto de las flores.

Consiguió convencer a Torres para que rompiera el acuerdo suscrito para la elección de la Junta de Control de la Radiotelevisión Canaria, y de pasó aisló a Curbelo, que fue el único que mantuvo el acuerdo con los partidos de la oposición. El error cometido por Torres, al permitir que Román ganará la pelea por los contratos de la tele –Nueva Canarias llegó a votar en contra de su propia candidata, la periodista Rosi Morera, para que Rodríguez se saliera con la suya– le dio alas al vicepresidente para evitar pagar los platos rotos por la chapuza socialista en la reforma del REF. El informe elaborado por su departamento ha servido de base para la propuesta conjunta de todas las fuerzas políticas del Parlamento –sin excepción– en contra de las pretensiones de Madrid de pasarse el REF por el arco de triunfo. Si las cosas ocurren como está previsto, la oposición de la Cámara a la reforma forzará la creación de una comisión bilateral entre el Gobierno de la nación y el de Canarias, en la que Rodríguez tendrá sin duda –como consejero de Hacienda– un papel determinante. Lo usará para presentarse como el político providencial que consigue al final un acuerdo en el que el Estado reconozca que el REF no es papel mojado –el fuero–, favorable además a los intereses del sector audiovisual de Canarias –el huevo de este asunto–; y podrá hacerlo cuando partidos, empresarios y sindicatos daban ya todo por perdido.

Y luego está su estrenada autonomía de criterio en la autocrítica: mientras Torres defiende en el Parlamento y con apasionada entrega la penosa gestión de su consejera de Derechos Sociales, Rodríguez señala la gestión de esa concreta consejería como punto débil del Gobierno. Es significativo –a pesar de resultar previsible– que quién más utiliza Podemos las guerras que él no quiere dar, se haya finalmente desentendido de la gestión de Santana.

Es sin duda la gestión más abochornante y deficiente del pacto floral, y la que más desgaste puede llegar a producir al Gobierno, al menos hasta que pasen los meses y decenas de millares de autónomos y pequeñas empresas de Canarias sigan esperando que los fondos europeos cumplan la función para la que fueron creados, que es la de salvar personas en dificultades económicas, dar liquidez a las empresas y ayudar a que la economía se recupere sin dejar a centenares de miles de personas en el camino. Román Rodríguez no miente cuando señala la consejería de Santana como el agujero negro del Gobierno. Pero también en eso está entrando en campaña, con un partido que –en Gran Canaria, al menos– es su competencia real.

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