FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | El peaje | Francisco Pomares

El Gobierno Sánchez ha dado un primer paso en una dirección por la que el socialismo español no había transitado desde su refundación en Surennes. No es la primera vez que Sánchez y su Gobierno se arriesgan a transitar caminos inexplorados, pero nunca habían ido tan lejos: es verdad que los indultos a los condenados por distintos delitos realizados durante la campaña del referéndum ilegal de 2017 no han sorprendido a nadie. Estaban más que anunciados (y advertidos). Y el lunes de vísperas, el propio Sánchez –recibido entre silbidos e insultos a su llegada al Liceu, como si fuera un monarca cualquiera– dejó claro que sólo se trata de «un primer paso», aunque no dijo cuáles van a ser los pasos siguientes.

No saber lo que viene ahora es todo lo contrario a un alivio, es la mayor preocupación que nos embarga: ¿Será el federalismo asimétrico? ¿Más concesiones presupuestarias a costa de las regiones y las personas con menos? ¿Un concierto catalán, al estilo del que tienen los vascos? ¿La mesa de diálogo bilateral como escenario de nuevas genuflexiones? ¿La convocatoria ahora pactada de otro referéndum? ¿La independencia programada en dos o tres legislaturas?

Ante esta decisión que Sánchez ha querido revestir de serena grandeza y generosidad, la única evidencia de grandeza –más allá del estudiado tono teatral que acompaña el vacío de propuestas presidenciales– es que si esto responde a algo grande es al enorme deseo de Sánchez de mantenerse en el poder, tenga que compartirlo con quien sea o tenga que hacer lo que sea para no perderlo.

Sánchez quiere ahora vendernos que para él los indultos suponen un sacrificio electoral, que asume en pos del encuentro con Cataluña. Se ofrece al país como cordero que sana los pecados del mundo, decidido a su propia inmolación para frenar la radicalidad insaciable de los independentistas, dándoles parte de lo que quieren, aunque ni siquiera le vayan a dar las gracias. Pero todo eso es un truco de prestidigitación sobre fondo oscuro –como el de la foto del Palau– que le ha montado su mago privado. Detrás de toda esta palabrería sobre la concordia, la democracia y el futuro en paz que nos merecemos, lo que manda es la perseverancia de alguien que sabe que sin Iván Redondo y el Falcon, su vida sería bastante irrelevante.

Pero… aceptemos siquiera provisionalmente su explicación para vender los motivos del indulto: el indulto parcial y condicionado que Sánchez ha aprobado cumple la ley, es una prerrogativa política del Gobierno que preside y que sólo persigue la concordia y reconciliación de los catalanes entre ellos, y –sobre todo– de los catalanes con el resto de España. Resulta difícil creer que un indulto sin propósito de enmienda nos acerque a la concordia y trabaje por la reconciliación. Para muchos catalanes, y para muchísimos españoles, este indulto (estos nueve indultos, por hablar con propiedad) supone el reconocimiento por parte del Gobierno de la nación de que en este país las leyes no son las mismas para todos. Para algunos, las leyes son el marco que define derechos y deberes iguales, que los españoles debemos cumplir. Para otros, las leyes están para ser obviadas, y cualquier respuesta de quienes deben hacerlas valer, puede ser considerada venganza y opresión.

Es verdad que desearía equivocarme. Desearía que este fuera el camino para recoser la piel devastada de Cataluña, un bálsamo sanador para sus calles incendiadas por los CDR, una señal de regeneración y cambio para las instituciones saqueadas por años de pujolismo. Pero estos indultos son sólo un peaje que Sánchez ha decidido pagar para poder seguir, y además un peaje que va a durarnos bien poco: lo justo para sostener a Sánchez hasta el final de la legislatura, no hasta el infinito y más allá.

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