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OPINIÓN | Conservadores y progresistas | Pablo Zurita Espinosa

Barricadas. Ser de derechas está de moda gracias al desparpajo de Díaz Ayuso y su conducta contestataria. Como en las buenas series, la presidenta de la Comunidad de Madrid encontró unos antagonista de peso a los que enfrentase e interpretó el papel de enfant terrible con excelentes resultados. De política no habló ni falta que hace. Confieso cierta satisfacción por el triunfo del espíritu revolucionario dada mi propia condición, más si cabe por la simplicidad del mensaje: brillante reclamar libertad en un país en el que disfrutamos de ella, tan potente es el propósito que no admite contestación. Demuestra la importancia de definir y explicar el propósito en cualquier aventura que iniciemos.

Insostenibilidad. En una sociedad con tantos millones de personas mayores, una posición política aparentemente conservadora siempre tendrá éxito: la edad nos vuelve miedosos y nos induce a defender aquello que sea que hayamos conseguido, sea bueno o no tan bueno. Si hemos tenido éxito en la vida, virgencita-déjame-como-estoy, y si hemos llegado a la jubilación con cierta estrechez, idéntica reflexión, más vale malo conocido. Ya quedan muy pocos de los que vivieron las penurias de postguerra y la mitad de ellos padece una enfermedad degenerativa que le impide discernir. Los mayores de ahora nacieron con el milagro español, protagonizaron el destape, la movida, la explosión de la democracia, con trabajos bien remunerados y pensiones máximas. Derechos acordados en épocas de altísimo crecimiento que una economía normal no es capaz de soportar.

Egoísmo. La situación social es muy preocupante. La insensibilidad con los jóvenes demuestra un egoísmo intergeneracional vergonzoso. A lo mejor es cosa mía y exagero, podría ser que la realidad incomode y que convenga obviar la demografía como ciencia exacta. Trabajos precarios, sueldos de risa, imposibilidad de crear una familia propia. “Queremos que nos suban las pensiones para ayudar a nuestros nietos”, defendía un simpático y aburrido abuelete, sin entender que su pensión la pagan vía impuestos los amigos de su nieto con sus míseros salarios. La incapacidad para observar lo que ocurre, la concepción del estado con un ente protector ajeno a ellos mismos. Esto no tiene solución a corto, en unas urnas cualquier iniciativa que pretenda corregir esta situación será aplastada por una mayoría que se sentirá perjudicada. Por eso ningún partido político habla abiertamente de ello, un temor fundado.

Engaño. Confieso que me sorprende el apoyo que recibe la derecha. La que votó en contra de las leyes del divorcio, del matrimonio homosexual y de la eutanasia, por poner un par de ejemplos paradigmáticos, una oposición conservadora por sistema. Leyes que eran necesarias para el funcionamiento de la sociedad, como el paso del tiempo ha demostrado, de las que sus propios militantes y dirigentes hacen uso habitual como no podría ser de otra manera. Me sorprende el tirón de la derecha en un país con una clase media depauperada y con el éxito de la implantación universal -que a la derecha parece molestar- de las grandes políticas públicas de cohesión social: sanidad, dependencia, exclusión, educación e infraestructuras. Y también el arraigo y la permisividad del capitalismo de amiguetes y la practica clientelar, entiendo que como consecuencia del ejercicio del poder y que poco tienen que ver con una política conservadora.

Esperanza. El reto de la izquierda, a la que se le presupone progresismo, implica necesariamente garantizar la continuidad de las políticas sociales y que se entiendan como un logro del conjunto de la sociedad. Que la privatización no conduce necesariamente a un mejor servicio público (los trabajadores son los mismos) y que el pago de los impuestos resulta necesario para garantizar esa cohesión social.

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