FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | La hipótesis de Puigdemont | Francisco Pomares

Después de dos días de tensión extrema, el dispositivo policial desplegado por Marruecos en su frontera logró ayer frenar el éxodo masivo desde los poblados cercanos a la vecina Ceuta. Miles de jóvenes llegados desde todos los rincones del país, algunos desde más lejos, deambulan sin rumbo por las calles y plazas de la antigua ciudad de Castillejos, hoy Fnideq, pero sin acercarse al puesto fronterizo marroquí, donde la gendarmería ha desplegado un enorme dispositivo antidisturbios que repele sin contemplaciones a quienes intentan acercarse al espigón vallado.

Parece que –tras la casi unánime respuesta europea ante el chantaje de Marruecos- la intención es evitar que nadie cruce del lado sur al lado norte de la playa del Tarajal, esos escasos metros que en la imaginación de millones de magrebís separan África de Europa. Mientras, España ha llevado a cabo la devolución ‘en caliente’ –una práctica considerada ‘inmoral’ por el PSOE hasta hace poco- de algo más de la mitad de los que lograron entrar en Ceuta, mientras intenta a toda prisa dar una solución a la presencia en la ciudad de un millar largo de adolescentes que no pueden ser legalmente devueltos a Marruecos, pero que Ceuta es completamente incapaz de atender.

La crisis, iniciada con la reacción española al desafortunado cambio en la posición estadounidense sobre la soberanía de Marruecos en el Sahara, adoptada en las últimas semanas del mandato de Trump, se desató en última instancia por la torpe decisión del Gobierno español de acoger secretamente al presidente de la RASD para ser atendido de Covid en Logroño.

La hospitalización por motivos humanitarios de Brahim Ghali es una decisión que comportaba riesgos, advertidos a Sánchez por su ministro de Interior. Pero eso no justifica el comportamiento chantajista y matón de Marruecos, sólo explica el rechazo a lo que no deja de ser “una decisión soberana de España”. Los países tienen derecho a adoptar una decisión soberana y asumir sus consecuencias.

Después de varios días con la prensa de Rabat indignada por el acogimiento de Ghali, y preguntándose cómo habría reaccionado España si Marruecos hubiera hospedado al prófugo Puigdemont, el ex presidente catalán, pidió ayer a Europa que no respalde “la inflamación nacionalista española”, y cuestionó sin ambages la españolidad de Ceuta y Melilla “dos ciudades africanas, que forman parte de la UE solo por herencia de un pasado colonial”.

Puigdemont proporcionaba así munición diplomática a Marruecos en un momento de enorme dificultad del Gobierno español para recomponer las relaciones con nuestro vecino: ayer mismo, el principal socio del PSOE en el Gobierno, Podemos, insistía en su apoyo al Polisario. No se trata de pedir a Podemos que no defienda la legalidad internacional, pero quizá sería conveniente aceptar que en medio de una crisis impredecible, es mejor no echar leña al fuego.

Y un dato: pocos meses antes del referéndum independentista, Puigdemont intentó visitar oficialmente Marruecos en compañía de uno de sus valedores europeos, el ministro-presidente de Flandes, para promocionar su agenda independentista. Marruecos rechazó recibirlo, respondiendo lealmente a una discreta petición del Gobierno Rajoy. Eso ocurrió en 2017, pero en este contexto de creciente desentendimiento entre el Gobierno español y el de Mohamed VI, habría que preguntarse por qué los medios de Rabat –tan permeables a las instrucciones de palacio- meten en los mismos titulares a Puigdemont y Ghali. ¿Estarán advirtiendo de otra ‘decisión soberana’?

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