FIRMAS Marisol Ayala

OPINIÓN | Los niños | Marisol Ayala

En Canarias sabemos bien de niños desaparecidos, especialmente de la tragedia que viven dos familias de Gran Canaria, la de Sara Morales cuya madre, Nieves Hernández, ha sido devastada por esa desaparición en julio del 2006, en el día a día, en el mes a mes, en el año a año, Nieves ha ido asumiendo que la aparición de su hija es ya casi un milagro; y la de Yeremy Vargas, otro menor cuya madre, Ythaisa Suárez, espera desde hace 14 años una buena noticia que la ayude a vivir. La desaparición de Yeremy ha consumido a una familia entera, a una sociedad entera. Muchos hicimos nuestro el dolor de Nieves, por ejemplo, sé bien de su dolor, de la rabia, de la desconfianza y del hundimiento personal. Alguno debe saber, lo he contado, que la desaparición de Sara me acercó a una tragedia de la que sin entender nada asumí la responsabilidad de acompañar a una madre muerta en vida, agarrándose a cualquier papel mojado que pierde su consistencia. Aprendí mucho de Nieves, de su familia, pero no sabía que ese dolor de segunda división, el mío, aconseja alejamiento.

Comienzo así la columna de hoy porque la desaparición de los niños de Tenerife me ha devuelto el dolor de Nieves. El último comunicado que ha difundido la madre de Anna y Olivia, de 1 y 6 años, deja entrever el conflicto de una relación fracturada y dolorosa. Le pide a Tomás, el padre de las niñas, que “desista” y no les haga sufrir, porque “ellas no tienen culpa de nada y estarán deseando verla desesperadamente”. Hasta ahora ni una señal de los niños. No hay una persona que hable mal de Tomás, ni una, pero ya sabemos que en ocasiones los maltratadores suelen ser los más educados del barrio, bajan y suben la escalera y siempre saludan. No me fio de Tomás ni de sus amigos, tanta bondad y perfección mosquea.

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