FIRMAS Salvador García

OPINIÓN | Hacer con menos | Salvador García Llanos

En el caso de que la población mundial alcance en 2050 los nueve mil seiscientos millones de personas, se necesitaría el equivalente a casi tres planetas para proporcionar los recursos naturales necesarios para mantener los estilos de vida actuales, vaticina la ONU. Ello nos da idea de una realidad presente muy compleja. La producción mundial y el consumo están vinculados a la utilización del medio ambiente y de los propios recursos naturales, de modo que su explotación sigue teniendo efectos destructivos sobre el planeta. Esto se explica a partir de que el progreso económico y social producido a lo largo del último siglo ha devenido acompañado de una degradación medioambiental que está poniendo en peligro los mismos sistemas de los que depende nuestro desarrollo futuro.

Por todo ello, la misma ONU incluyó, con el número 12, la producción y el consumo responsables, entre los diecisiete Objetivos de Desarrollo Sostenibles (ODS). Por cierto, en una reciente entrega del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), se señala que apenas un 30 % de la población de nuestro país conoce lo que son los ODS y la Agenda 2030, lo cual refleja la insensibilidad de amplias capas de la ciudadanía hacia sus contenidos, los métodos de corrección que se sugiere y las alternativas para materializar tales objetivos.

El caso es que el Gobierno español, desde el Ministerio de Derechos Sociales y Agenda 2030, considera que la sensibilización es esencial “para generar cambios estructurales en los patrones de producción y consumo, buscando que tanto la demanda como la oferta se orienten hacia productos y servicios que tengan el menos impacto ambiental”.

De la producción y el consumo responsables surge la ya célebre frase ‘hacer más con menos’ que, en todo caso, parece no haberse implantado del todo a la hora de ser traducida en la práctica. Por eso, entre los requisitos del Objetivo 12, se detalla que es preciso “ayudar a los países en desarrollo a fortalecer su capacidad científica y tecnológica para avanzar hacia modalidades de consumo y producción más sostenibles”. Porque el propósito, de aquí a 2030, es asegurar que las personas de todo el mundo dispongan de la información y los conocimientos pertinentes para el desarrollo sostenible y los estilos de vida en armonía con la naturaleza.

Se trata, pues, de reducir la huella ecológica. ¿Cómo? Es indispensable para ello producir un cambio sustantivo en los métodos de producción y consumo de recursos. No queda otra si se pretende asegurar el crecimiento económico y el desarrollo sostenible de las ciudades. Eso significa implementar las prácticas sostenibles en todos los ámbitos, en los estilos de vida, así como promover el uso eficiente de los recursos naturales y reducir, por un lado, la generación de residuos, y por otro, el desperdicio de alimentos, independientemente de fomentar la gestión ecológicamente racional de los productos químicos.

Esto, de alguna forma, tiene que ver con otro concepto que cobra relieve después de la pandemia. En efecto, se viene hablando –y mucho- del denominado turismo sostenible, el cual precisa, ciertamente, de elaborar, adaptar y emplear instrumentos eficientes. Esa concreta sostenibilidad debe caracterizar la creación de puestos de trabajo, además de promover la cultura y los productos locales. Los destinos turísticos ya deberían estar definiendo o diseñando esos instrumentos. Para ‘hacer más con menos’.

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