FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | La respuesta a la desinformación | Francisco Pomares

Un buen amigo mío anda enfadado conmigo: cree que debería haber sido más contundente respondiendo a las portadas del Diario y Canarias 7. Le he intentado explicar que Lucas Fernández y Juan Francisco García son los dueños de sus periódicos, y yo no lo soy de este. Ellos pueden elegir llevar a primera dos días seguidos (quizá tres, contando hoy) las andanzas de un profesor asociado que –dicen ellos– falsificó dos certificados para conseguir una plaza, y que casualmente es partidario de implantar un modelo de gestión pública en la televisión canaria, que podría dar al traste con sus contratos multimillonarios. Yo no soy dueño de este periódico, apenas un periodista viejo que cobra la mitad desde que empezó la pandemia –porque las cosas están mal– y que ejerce a diario la libertad de escribir en una esquina donde me dejan decir lo que quiero decir. Ese ya es un privilegio en el mundo del periodismo actual: decir lo que se piensa. Para mantener ese privilegio, también hay que pensar lo que se dice: no puedes castigar a los lectores todos los días con la letanía de tus cuitas, por más que tus cuitas se hayan convertido en cuatro vistosas portadas y un montón de páginas de información construida con precisión de orfebre y materiales de desecho. Para dedicarse a esto del periodismo, tienes que tener cierta humildad: entender que el periódico (o el medio de comunicación en el que trabajas) no puede ceder su espacio a tus explicaciones de una forma infinita, sobre todo si es un medio serio, de los que creen que diecisiete emigrantes muertos y a la deriva en una patera, es más noticia que el que a ti (a mí) te pongan de capirote y medio una banda de periodistas matones.

Ya les dije ayer que todo lo que han contado estos días es mentira, y lo he dicho poniendo yo las comillas donde quiero ponerlas, no dejando que sean los matones quienes lo hagan. Por desgracia, las campañas basadas en la falsedad –al contrario de lo que piensa mi amigo enfadado– no se resuelven haciendo declaraciones a los medios que difaman, ni a sus cómplices. En la sociedad de la difamación, una falsedad lo suficientemente destructiva es trending topic en muy poco tiempo. Circula bien guiada por las redes, envenena los discursos, calcina los prestigios y luego tiende a languidecer entre hipos hasta ahogarse en sí misma. Los periodistas lo sabemos, sabemos cómo se hace, e incluso algunos presumen de haberlo hecho, de haber cazado en el río revuelto de las mentiras prefabricadas alguna que otra cabeza astada que colgar en la pared de los trofeos. No tiene mucho sentido defenderse del linchamiento usando las armas de David contra Goliat, porque con la honda de David podía reventársele un ojo al gigante de una pedrada, pero es imposible cegar al infinito ejército de gnomos que se ocultan por las redes bajo falsos avatares.

Por eso, lo que cuenta en esta sociedad perdida ante la difamación es mantener la dirección: no perderse en las miserias de la red, no gastarse en explicaciones menudas, no enterrarse en los guasap de los amigos (te sorprende descubrir que estarían contigo incluso si hubieras asesinado al Dalai Lama), no prestar más atención que la justa a las trapisondas anejas a la gran trapisonda de presentar como verdadero lo que es falso, y centrarte en lo único que nos deja esta evidente desigualdad entre los cañones de la primera y la tiradera de la última, que es encontrar un abogado adecuado. Uno que vaya al grano, que acelere el procedimiento, que sepa organizar las pruebas y presentarlas. Uno que disfrute sacándole el cuajo a esta panda de bucaneros de primera. Y a sus despreocupados secuaces.

 

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