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OPINIÓN | La política de los hechos | Pablo Zurita Espinosa

Elegir. En el colegio elegíamos delegado de clase, un avance de aquella España de la libertad recién estrenada. Aprendíamos a designar a uno de nosotros como representante de todos. Como de pequeños somos muy prácticos y no había consecuencias, normalmente el más payasete acababa proclamado entre vítores. No sé si ahora ocurre lo mismo, a lo mejor la polarización trasciende a las aulas de primaria y la votación a delegado deriva en intensos debates sobre ideología propia o traída de casa. En cualquier caso, como dicen que la infancia determina nuestra vida adulta pues será por eso que nos gusta -o no nos molesta- determinado perfil de candidato que sabemos de antemano que no tiene nada que aportar. Es un hecho que nos enseñan a delegar desde muy pronto.

Acertar. Elegir para delegar, la esencia de la democracia. Elegimos representantes ante la imposibilidad técnica de alcanzar acuerdos colectivos respecto a cuestiones cotidianas que atañen a la sociedad. Delegamos en esos representantes la elaboración de las normas de convivencia y la toma de decisiones, grandes y pequeñas. Ser extrovertido o carismático dejan de ser características útiles cuando se trata de cosas serias con importantes repercusiones. Resulta habitual y frecuente arrepentirnos de nuestros políticos. La delegación ocurre en todos los niveles: en los diputados en Cortes delegamos el futuro de nuestras pensiones, en los parlamentarios autonómicos el funcionamiento de la sanidad, en los consejeros del cabildo cómo resolver los atascos en nuestras autopistas y en los concejales municipales la recogida de la basura.

Procrastinar. La inacción reiterada frente a cuestiones esenciales las transforma, evolucionan como los Pokemon, cambian de categoría: de asunto a resolver, a incómoda contrariedad hasta terminar como grave problema cuya resolución trasciende el plazo temporal de una legislatura. Nos ha parecido normal y aceptable, por ejemplo, que los coches invadan el espacio público en nuestros barrios y que las aceras tengan medio metro por las que resulta imposible pasear, un modelo que no es casual, decisiones de personas reales con nombre y apellido -en Santa Cruz alcaldes de una misma formación política durante décadas-. El resultado catastrófico demuestra ineptitud sobrevenida o la defensa de intereses inconfesables. Revertir la situación obliga a proyectar aparcamientos subterráneos, redefinir la movilidad, ampliar el espacio para el peatón, incorporar arbolado y mobiliario urbano, buscar el dinero y ejecutar las obras.

Supervisar. En el mundo de los negocios el empresario crece cuando delega. Las organizaciones funcionan cuando el proceso de delegación se realiza correctamente, no basta con nombrar a alguien para determinadas funciones, requiere de ese procedimiento, cuya eficacia distingue a unas entidades de otras. El trabajo en equipo ocurre cuando todos aceptan las reglas del juego, qué se delega, quién es el responsable, cómo ha de desarrollarse esa tarea, con qué medios, en qué plazos, como primera fase ineludible. Pero no es suficiente, también necesita que se fije un sistema de supervisión de las tareas encomendadas, una pauta y unos indicadores. Y el tercer paso, el más importante, es que esa supervisión se realice, que la persona en la que se delega perciba que aquello que hace es importante para el propósito de la organización, que interesa, que se quiere saber cómo va, que es trascendente.

Comunicar. Para aportar a la política hay que tener ideas respecto a cómo resolver problemas complejos, la simpatía puede que sume, en todo caso, a la habilidad para involucrar a los implicados en la solución: a los adversarios políticos para que no la saboteen, a los funcionarios para que la encajen en el procedimiento administrativo y a los ciudadanos para que entiendan el por qué y el cómo.

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