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OPINIÓN | Ciudades educadoras | Salvador García Llanos

Más de medio millar de ciudades de treinta y cuatro países diferentes se han adherido a la Carta de Ciudades Educadoras que, desde 1990, con una asociación internacional que la impulsa, propugna un modelo de ciudad integradora, innovadora, participativa, solidaria y abierta a los demás. Un modelo que la haga celosa de su patrimonio a la vez que respetuosa con su historia y sus costumbres. Propiciar el bienestar de su ciudadanía, el desarrollo de sus vecinos y el empleo para sus generaciones más jóvenes es un triple objetivo en el que todos deben esmerarse. Como se puede comprobar se trataría de una ciudad dinámica, inclusiva y en permanente diálogo entre la institucionalidad y los agentes sociales. La Carta, a lo largo de estos treinta años, al igual que las propias ciudades, ha registrado cambios pero conserva intactos valores como los anticipados. En síntesis, a través de la educación, mejores lugares para vivir.

Pero fabricar o confeccionar ese modelo equivale a invertir en educación para enriquecer la capacidad crítica de la ciudadanía. Esa frase tan repetida, mejorar las condiciones de vida de los habitantes, debe responder a las características de ese modelo. La meta solo será posible si se educa adecuadamente, con programas y sistemas apropiados, motivadores y accesibles a gentes de toda condición social, dispuestas a aprender y a convivir en pos de una mayor dignidad y, si se quiere, y de una mayor seguridad colectiva.

Porque en cada plaza, en cada avenida y en cada rincón se enseña. Y es que la educación trasciende los muros del colegio o del instituto e invade toda la ciudad. El profesor Manuel Pérez Castell, licenciado en Filosofía y Teología, alcalde de Albacete entre 1999 y 2008, con quien compartimos algunos foros cuando ambos pertenecíamos a la Federación Española de Municipio y Provincias (FEMP), escribió que “el derecho a una ciudad educadora es un proyecto para ser compartido, un reto para la ciudad y su transformación en fuente de educación. En general, hay más preguntas que respuestas dadas. El aprendizaje es permanente; siempre hay un instante para aprender, cómo conseguir aquello que generalmente se pretende: el bienestar, el bienestar de la conciencia, la felicidad. La construcción de las respuestas requiere del conocimiento de las cosas y de las historias, y muy principalmente, de lo dicho sobre la historia de las cosas. Lo dicho sobre cuanto acontece o pasó es lo que permite que sea verdad que haya ocurrido, es decir, que haya historias”.

En este sentido, toda la actividad municipal tiene que contribuir a educar, tiene que ser formativa. Y los vecinos tienen que aprovecharla. Porque habrá ofertas plurales y al alcance de todos los públicos. De paso, se contribuye a neutralizar esos poderes ‘deseducadores’ que existir, existen; y se afanan en minar las capacidades críticas de los ciudadanos mientras alimentan vicios, inutilidades y sustratos de abandono o inactividad. Un viejo amigo, alto funcionario de la Administración, cuando irrumpió el fenómeno de las emisoras de televisión local, empleó un término contundente, muy similar al anterior: “Estas televisiones desaprenden”. No ha perdido del todo su vigencia.

El proceso de cambios sociales solo será factible desde núcleos bien dotados de educación. Si se quiere que la ciudadanía pueda comprender el momento social, político, económico y hasta ecológico, sobre todo con las consecuencias de la emergencia sanitaria, si se quiere mantener un mínimo espíritu crítico y una autonomía para decidir con criterio ante los excesos incontrolados de información y desinformación, solo hay un camino: la educación. Se trata, pues, de pasar de aquella carta a la acción. Es el momento para tratar un nuevo horizonte de futuro.