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OPINIÓN | Ñito, el portero solvente | Salvador García Llanos

Al primer portero que vimos llegar a una meta tras saltar al campo y trazar con la pierna una línea de tierra (una suerte de divisoria del área pequeña) desde la línea de gol de la portería hasta el punto de penalty, fue a Cipriano González Rivero (Ñito), fallecido el jueves pasado cuando ya había cumplido ochenta y un años. Fue en El Peñón (Puerto de la Cruz). Aquello era una especie de ritual. Lo hacían más arqueros de diferentes categorías, al menos en aquellas canchas terrosas con irregularidades en su superficie y hasta pequeñas piedras.

Venía del San Andrés y se incorporó al Tenerife, en principio para ser suplente de Andrés Gómez (Cuco), pero luego la alineación memorizada y tarareada cambió, como se encargaba de recordar el maestro Juan Cruz Ruiz en el título de una de sus entradas: “Ñito, Colo, Correa, Álvaro…”. Con los albiazules iniciaba una estimable trayectoria futbolística. Jugó setenta y seis partidos. Luego completó trescientas actuaciones como profesional del Valencia, Granada, Linares y Murcia.

Fue el portero de uno de los ascensos, el primero del Tenerife a Primera División, en 1961, cuando Heriberto Herrera depositó en él su confianza. Ya destacaba en el marco, no solo por una tez morena inconfundible sino por su aptitud para el riesgo, en los despejes de puños y en el juego con los pies, cuando a esta faceta aún no se la concedía la importancia que hoy ha cobrado.

Claro que coleccionamos cromos de Ñito, de su paso por el Valencia –con el que, tras fichar por un millón de pesetas, llegó a jugar una Copa de Ferias, antecesora de la UEFA Champions League- y por el Granada, donde coincidió con algunos estudiantes tinerfeños y donde conoció a Diego Domínguez León, que cursaba Derecho y que terminaría en la Fiscalía de la Audiencia provincial de Santa Cruz de Tenerife. Allí, de rojiblanco, también lució junto a otros dos futbolistas canarios, Vicente y José Antonio Barrios. Luego contemplaría con satisfacción la internacionalidad olímpica del ‘Tigre’ y su incorporación al FC Barcelona.

Linares y Murcia, sus últimos destinos peninsulares. Al retornar, había atesorado suficientes conocimientos futbolísticos como para afrontar cometidos técnicos en distintas secciones del Club Deportivo Tenerife. Ahí fue cuando le conocimos más a fondo, los tiempos de Mariano Moreno como entrenador, uno de los mejores que se han sentado en el banquillo albiazul. Ocupó su puesto de forma interina, por una cuestión disciplinaria, pero su función primordial era examinar en la península a los equipos que a la jornada siguiente eran rivales del Tenerife. En alguna ocasión, en el hotel Mencey, nos anticipó el contenido de algunos informes. Por supuesto, hizo de entrenador de porteros, ejerció como ojeador en campos insulares y entrenó al juvenil ‘B’, uno de los filiales. Ñito estaba allí, donde se le necesitaba, fiel a su militancia albiazul.

Era discreto y reservado, pese a aquella apariencia de galán de cine que le caracterizaba. Trabajaba en la sombra y en ella se movía con solvencia para cumplir con la encomienda asignada. El arquero por muchos motivos sobresaliente fue uno de los protagonistas, en el verano de 2016, junto a Toño Hernández, José Luis Martí y Cristo Marrero recordando los cuatros ascensos a la máxima categoría del conjunto albiazul en la campaña de abonos de la temporada 2016/201, según informa el departamento de Comunicación del club. El pasado 11 de noviembre, Cipriano González Rivero protagonizó su último acto como tinerfeñista de honor en una recepción celebrada en la sede del club a la que asistió junto a Juan Padrón y Santiago González. Los tres recibieron de manos del presidente del Club Deportivo Tenerife, Miguel Concepción, una reproducción del Roque Cinchado como protagonistas del ascenso a Primera División de 1961 y de la serie leyendas blanquiazules.

Ñito seguirá encabezando una memorable alineación, desde luego.

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