FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | Lágrimas | Francisco Pomares

“Tenía dos años. Descanse en paz.” Así concluye Ángel Víctor Torres su mensaje sobre la muerte de la pequeña que llegó el martes a Canarias, con una parada cardiorrespiratoria producida por frío, de la que fue reanimada en el muelle de Arguineguín. Torres recuerda que son ya 19 los inmigrantes cuya muerte puede ser certificada por las autoridades canarias, en lo que va de este año de 2021, aunque reconoce que pueden haberse producido centenares, incluso miles de muertos intentando cruzar el mar, de los que nunca llegaremos a saber sus nombres.

Todos tenemos derecho a sentirnos concernidos por la absurda muerte de un niño. Todos podemos lamentar el sufrimiento inútil de una vida truncada en la infancia. El presidente Ángel Víctor Torres también. Pero las declaraciones y los golpes de pecho no suelen resolver nada: ni ayudan a evitar nuevas muertes, ni mejoran las precarias condiciones de vida de quienes llegan a diario a las costas de Europa.

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Ya deberíamos saber para qué sirve nuestros lamentos, porque no es la primera vez que ocurre. Aunque nos volvemos olvidadizos: la muerte del pequeño Aylan Kurdi, fotografiado como dormido en una playa del Egeo un septiembre de hace cinco años, pesó durante días en nuestra conciencia, espoleada por la televisión y las redes sociales, dos tecnologías de la comunicación basadas en la imagen y la repetición de axiomas muy simples, que son las que deciden hoy lo que nos entristece, nos avergüenza o enfurece. Pero después de la foto de Aylan ahogado en la orilla, después de los ‘willkommen’ del septiembre anterior y los abrazos de Europa a los primeros refugiados que huían de la masacre de Libia, el recuerdo de esa imagen no sirvió para agilizar la burocracia y los trámites de acogida, lo que logró fue acelerar el blindaje de las fronteras y convertir el derecho de asilo en Europa en una entelequia. El pago de millones de euros a Turquía para evitar el colapso de las fronteras balcánicas quizá redujera las muertes en el Egeo, pero no resolvió la mayor crisis de refugiados en Europa desde la Segunda Guerra Mundial, y desveló la cara más insolidaria del club de los países ricos. La Comisión Europea fracasó estrepitosamente en su compromiso de repartir 160.000 refugiados entre los Estados miembros para aliviar la presión sobre Grecia e Italia. La Unión no llegó a asumir ni la cuarta parte de ese cupo. Y España, que aceptó un cupo de 18.000 refugiados y recibió 16.000 solicitudes de asilo, sólo acogió algo menos del cinco por ciento de su compromiso… las lágrimas derramadas sobre la foto de Aylan dieron paso a un endurecimiento de las medidas de acogida. Y ahora ocurrirá lo mismo: algún discurso, alguna propuesta sin hilvanar, palabras de condolencia en los medios y las redes y luego nada de nada. Mientras lloramos la última víctima catódica de este drama recurrente e imparable, en Líbano -un pequeño país que hoy ostenta el record planetario de ser el territorio con más refugiados por habitante, 18 por cada cien- siguen refugiados casi medio millón de personas. Dos millones de sirios se encuentran hacinados en campos en Turquía, el país con más refugiados del mundo, vertedero de la mala conciencia europea. Y una cifra indeterminada de supervivientes al salto del Atlántico, alrededor de diez mil personas privadas de todo derecho, desesperan en los campos de internamiento de Canarias.

¿Lágrimas por Nabody? Quizá nos tranquilicen la conciencia. Pero con nuestras lágrimas no se paga el peaje de su viaje desde la miseria a la nada.

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