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VIAJES | Lisboa (Más allá de la realidad…)

Lisboa. El Tajo fundiéndose en el Océano. FOTOS: Guillermo Ariza

EBFNoticias | Willy Sloe Gin

Con los recuerdos aun frescos de Oporto, de Magallanes, de Elcano, de sus descubrimientos y penalidades, acabo por llegar a Lisboa.

Lo hago con la necesidad de conocer más cosas sobre otro navegante insigne.

Vasco de Gama.

Nacido en Sines, algunas leguas al sur, fue el descubridor de las Rutas de Oriente, Virrey de las Indias, amén de otras muchas cosas más…

Vasco de Gama.

Pero no es esta la historia que me impactó sobre esta ciudad hermana.

Que lo fue el terremoto que la asoló en 1755 y su posterior incendio.

Más de noventa mil muertos en seis minutos de incomprensión y pánico. Y las consecuencias que en las costas portuguesas y andaluzas tuvieron aquellas montañas de agua que todo lo anegaron. Tsunamis llaman ahora a esas olas mortales.

Rayando las nueve de la mañana se quebró la Tierra.

Se rompió trescientos kilómetros mar adentro o afuera según lo cuenten gentes de la mar o de tierra.

Y lo hizo un primero de noviembre, día de Todos los Santos.

Aniversario del descubrimiento de aquel Estrecho lejano por Fernando de Magallanes.

Así que este día es en Portugal una fecha plena de dichas y miserias, de felicidades y tragedias, de Mares y Tierras rotas.

Medianía entre el gozo y la tristeza.

No alcanzo a determinar si esta nueva frontera roza la perfección o es imperfecta hasta el tuétano.

Reinaba en Portugal José I.

Tiempos en que algunos reinados se delegaban en terceras personas, sirvieran o no para llevar a buen término semejante cometido.

Lisboa. Puente de Vasco de Gama.

Validos que cargaban con la responsabilidad de sus monarcas. Reyes agotados por tanto pensar y reventados de tanta corte, caza, fiestas, pelucas y ácido úrico.

En esta ocasión sí sirvió el delegado.

Sebastiao José de Cravalho de Melo, a la sazón Marqués de Pombal.

Valido válido, Señor íntegro y competente, que empezó parando los pies a la Casa de Távora y al Duque de Aveiro, para luego lidiar con la tragedia lisboeta de la manera más pragmática posible.

Dos frases definen la forma de pensar del Marqués.

Preguntado tras la tragedia por lo primero que debía hacerse, contestó:

“Cuidar a los vivos, enterrar a los muertos.”

Mucho más tarde y ya iniciadas las labores de reconstrucción de la ciudad, fue inquirido de nuevo. No acababan de entender sus paisanos la anchura de aquellas nuevas calles.

Sin inmutarse y adelantándose a su tiempo respondió:

“…un día serán pequeñas”.

Lisboa. Asando castañas.

Cambiaron muchas cosas aquel primero de noviembre.

Terremoto calificado de nueve sobre diez en escalas de hoy día.

Olas que en su avance crecían en altura, aumentaban su velocidad y se dirigían sin remedio hacia el Este y el Sur, hacia el Oeste y el Norte.

La sacudida se sintió en toda Europa, en África y en todas las islas del Atlántico, pero fueron dos las olas que sobrecogieron primero y aniquilaron luego a cientos de miles de personas.

Una primera de quince metros y creciendo hacia el Oeste. A pesar de su lejanía se dejó sentir en las costas de Canarias y América.

La segunda, de treinta metros y engordando por segundos, se dirigió hacia las costas de Portugal, Huelva y Cádiz.

Siete mil muertos hubo en Cádiz a pesar de haber cerrado las Puertas de Tierra. Mucho tiempo hacía que no se cerraban.

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Dos ciudades protagonistas en la desgracia. Lisboa y Cádiz. Actores principales o de reparto. ¡Quién sabe!

Así que por estas tierras plenas de luz, me acompañó Vasco de Gama.

Tuve que buscar otras luces.

Estas de fuego y mares, que a fuerza de olas gigantes apagaron ascuas y vidas en Portugal y España.

 

Willy Sloe Gin – Entre Mpas y Candiles.

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