FIRMAS Marisol Ayala

OPINIÓN | A veces perder es ganar | Marisol Ayala

Ya lo sabemos todo de las herencias, esas herencias que carga el diablo, herencias que se otorgaron por gratitud, por amor, pero que de pronto la ambición se cuela entre los legajos y la podredumbre lo salpica todo.

Lo que se hizo como un acto de justicia se convierte en una ruleta rusa, disparando sin puntería. Les cuento. Hace dos semanas asistí a un acto judicial en el que la familia de un matrimonio amigo, enamorados desde que tenían 20 años, uno de ellos fallecidos hace año y medio, se han sentado a pelear por dos viviendas de la que se beneficiaría uno de ellos.

El vivo, claro. Pero la otra familia entiende que el reparto beneficia a los hermanos del fallecido de manera que lo que todos conocimos como una pareja enamorada hoy avergüenza a los amigos que vivieron con ellos la generosidad de su relación.

Asistir a un acto judicial por una herencia, con familiares que tiran y aflojan es bochornoso. Las dos viviendas que están en litigio fueron adquiridas por la pareja es decir, creo, poco que pelear.

Ellos no se merecen semejante espectáculo, al contrario, discretos hasta decir basta. La familia de ambos ha tratado de evitar los juzgados pero en este caso la codicia y alguien influyente ha sentado sus reales y todos andan de abogado en abogado. Pero la ambición no sabe de respeto a quienes adquirieron esas propiedades para garantizar el futuro del otro.

En estos asuntos siempre aparece quien sabe de todo y todo lo envenenan. La familia del fallecido es cercana a mi vida. Están desolados porque perder a un hijo ha sido el dolor que se imaginan pero están tan apenados con lo que ven y escuchan que quieren cerrar el pleito y renunciar, no desean volver a vivir el dolor de verse entre abogados negociando la propiedad de un hijo fallecido.

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