Marisol Ayala

OPINIÓN | Nadie controla | Marisol Ayala

Muchos Rafael Amargo, muchas amarguras soterradas. Viendo estos días al brillante bailarín huyendo – ¿o no? – de la prensa, arropado por quienes más sufren en esos casos, la familia, cuando la droga toca en la puerta memoricé a los jóvenes que conocí en los puntos negros de la ciudad especialmente entre las chabolas de Martin Freyre, metidos en ese mundo en la creencia de que saldrán cuando quieran. Falso. A principio de los noventa la droga corría por las zonas marginales de la ciudad como Pedro por su casa.

En aquellos años mis jefes de La Provincia me encargaron contar lo que pasaba en la calle, en esos puntos malditos y lo que pasaba era mala cosa; jóvenes que comenzaron a coquetear con la heroína hasta meterse de cabeza en el pozo negro del que salieron muy pocos.

Así que estos días viendo a Rafael Amargo más gordo, caminando a saltos de mata buscando una percha para frenar la justicia que le pisa los talones recordé a esos muchachos que llegaban a Martín Freire a comprar sus dosis. Todavía podían ocultar la adicción pero por poco tiempo. El deterioro físico no tarda nada en llegar.

En ese ambiente de carreras conocí a un joven alto, elegante, de ojos marrones, atrapado por la droga. Se llamaba Robert. Yo iba a la zona a contar lo que veía. Me sentaba en la guagua de la Metadona y desde allí veía como los traficantes captaban a sus clientes, primero gratis, luego pagando. Muchos días con Robert cimentó amistad y confidencias. Tenía una hermana compartiendo infierno.

Por entonces mi familia estaba reformando un edificio y allí lo metimos para que ganara algo, gran error. El día que tuvo que desalojar los escombros de la azotea entendió que era mejor tirarlos desde arriba, no mató a un obrero de milagro. Seis años después lo encontraron sin vida.

Tenía la cabeza al revés, como Amargo.

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